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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

La voz de mi amo

La falsa luna de Pink Floyd

La gran obra maestra del grupo británico, ‘The Dark Side Of The Moon’, no se basó en aventuras espaciales sino en la presión de la vida moderna.

Foto de archivo
Foto de archivo de Pink Floyd.
HA

Cualquiera que coleccione ya más de medio siglo en sus carnes recordará aquella fecha del 21 de julio de 1969 como un día histórico… O, por mejor decir, una noche histórica, porque fue ya de madrugada cuando los televisores en blanco y negro de la época emitieron las primeras pisadas del hombre sobre la luna, con el inolvidable Jesús Hermida retransmitiendo semejante acontecimiento global.

Un hecho inaudito que remitía a las grandes gestas de la historia del mundo. Pero en la incrédula España, por no recurrir a vocablos más crudos, no faltaron los escépticos, los que desde el primer momento dudaron de la realidad de aquella hazaña. 

Personalmente, en los albores de mi primera juventud, seguí el acontecimiento en la televisión de un bar –entonces aquellos aparatos no estaban al alcance de todas las economías- y ya sabe cómo son y eran las tertulias de tasca, más ante un acontecimiento de aquella envergadura y trascendencia.

-¡Mentira, mentira!, gritaba un parroquiano que entraba y salía del bar constantemente para contrastar las imágenes de la tele con la de la luna llena de aquella calurosa noche.

-Allí arriba no se ve a nadie, ni hay cohetes, ni naves, ni se mueve nada. Salid y mirad. ¡Es mentira!, vociferaba el parroquiano entre las risotadas de la clientela.

La estampa era una paletada más de la España profunda. Lo preocupante fue cuando el escepticismo subió a esferas de inteligencia más altas. Poco tiempo después, recuerdo, el alcalde de un pueblo persistía y persistía para convencerme de que aquello fue una patraña. Y más grave, fuera de Paletonia, fue cuando surgió en el mundo un gran círculo de escépticos que adjudicaban aquellas imágenes a una teatralización hollywoodiense de los americanos para mostrar músculo tecnológico y político ante los rusos en plena ‘guerra fría’ y en plena carrera espacial.

Estos días se están emitiendo documentales televisivos sobre la llegada del hombre a la luna hace 50 años, con alguna incidencia en el famoso círculo escéptico, defensor de una conspiración yanqui, y nada en aquella tropa iletrada española, que fue más extensa de aquel parroquiano incrédulo; algo sin importancia, cierto, pero que retrataba todavía la clase de país en que vivíamos. Un pedazo de sociología de la España palurda y profunda para analizar.

Como fondo de estos documentales e incluso de tertulias suenan canciones relacionadas con la luna, que nada tuvieron que ver con la “maravillosa decepción” que sintió uno de los astronautas al poner sus pies en la superficie lunar, pero son motivo ilustrativo para acompañar la hazaña. Desde Bowie (Moonage Daydream) King Crimson (Moonchild), REM (Man On The Moon), Van Morrison (Moondance), Sinatra (Fly Me To The Moon), Cat Stevens (Moonshadow), Mike Oldfield & Maggie Reilly (Moonlight Shadow), la Creedence (Bad Moon Rising), The Doors (Moonlight Drive), Henry Mancini (Moon River), Echo & The Bunnymen (The Killing Moon), Police (Walkin’ On The Moon) o Television (Marquee Moon), la lista es interminable, máxime con el simbolismo romántico que despierta el satélite lunar en las canciones populares.

Sin embargo, el disco más recurrido es The Dark Side Of The Moon, de Pink Floyd, que nada o muy poco tiene que ver con la luna y menos aún con su descubrimiento físico. Es cierto: se trata de un disco conceptual embutido en una suite musical, pero con correlación mínima con el título, con una hilazón narrativa en torno a algo completamente distinto a la elegía selenita. Trata concretamente de las presiones de la vida moderna.

Nadie mejor que Nick Mason, batería del grupo, para explicarlo, como lo hizo en sus memorias del año 2004 (en España, Ma Non Troppo/2007): “A pesar de esta estabilidad [cada miembro del grupo vivía felizmente instalado en sus respectivas casas de campo y sin agobio alguno después de las largas giras por el Reino Unido, Estados Unidos y Japón, amén de la grabación de la banda sonora de ‘La Vallée’ (‘Oscured By Clouds’) y su insólita colaboración en vivo junto al ballet de Roland Petit] hicimos una lista de las dificultades y presiones de la vida moderna que podíamos reconocer en especial: las fechas límite de entrega, los viajes, el estrés de volar, el aliciente del dinero, el miedo a morir y los problemas de inestabilidad mental que podían desembocar en locura… Armado con esta lista, Roger se fue para continuar trabajando en las letras”.

Nada pues de aventuras espaciales. El título definitivo del disco salió de la penúltima pieza del álbum, Brain Damage, dedicada a Syd Barret, ya gravemente afectado por su enfermedad mental, que después de la frase I’ll see you on the dark side of the moon terminaba con una frase pronunciada por ¡el portero! de los estudios Abbey Road, Gerry O’Driscoll (“No existe ninguna cara oculta de la luna, de hecho, toda es oscura” acompañada de una sonora carcajada), según un curioso experimento ideado por Roger Waters para que empleados y gente que pululaba por los estudios soltaran ante un micro lo que les viniera en gana. Hasta el mismo Paul McCartney y su esposa Linda aportaron sus reflexiones aunque luego ni una sola palabra de ambos se empleó en el montaje final.

Da igual, en todo caso, la temática del disco, de este gran disco, una de las obras capitales del rock, que en los inicios de los setenta –siguiendo el patrón del Sgt. Pepper, que tanto adoraba Roger Waters y bajo la producción del entonces novato Alan Parsons y las mezclas que hizo también otro cuasi novato, Chris Thomas, aunque había trabajado esporádicamente junto a los Beatles en su álbum blanco- elevaba el género a la cima de la experimentación melódica y de la música conceptual, sino, eso: su maestría, su melodismo, su intensidad emocional, su ruptura de formas, su claridad de sonido pese al abigarramiento de sonidos, la voz estratosférica de Clare Torry, los fundidos y el enlazado de piezas, su laboriosa confección técnica acudiendo no solo a los instrumentos propios del grupo sino a las voces femeninas, el saxo y toda una panoplia de efectos especiales obtenidos del archivo de Abbey Road o confeccionados rudimentariamente por ellos mismos como el tintineo de monedas de Money...

Una historia, en fin, larguísima que ha generado docenas de libros. Mi equipo de música de entonces, autofabricado con un amplificador Clarivox de marca zaragozana y un giradiscos Dual, tiritó meses y meses nada más publicarse el disco en España (en el inolvidable verano del 73…, cosas del amor) absolutamente estremecido por lo que aquel disco llevaba en sus entrañas y por la música que estaba reproduciendo para mí solo. Todavía sigue siendo mi álbum favorito de la historia del rock (aunque no hable de la luna) y Pink Floyd mi grupo más venerado junto a The Beatles y los Rolling (¡y eso que han pasado miles de discos por mis oídos!, pero nadie es perfecto).

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