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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

la voz de mi amo

Mecano, que siga el descanso

Un disco de tributo al trío madrileño muestra que la ‘mecanitis’ sigue viva, incurable, aunque a más de uno le adormezca ahora y entonces

Nacho Cano, Ana Torroja y José Mª Cano, miembros de Mecano, en 1998, año de la disolución del grupo.
efe

Doce de octubre de 1989. Estadio de La Romareda. No cabía ni un alfiler. O no existía el rigor actual de Protección Civil o al Ayuntamiento se le fue la mano vendiendo entradas. Un agobio. Más de 40.000 personas en las gradas y en el césped, embutidos en una camisa de fuerza de cemento y hierba de un estadio que no daba, ni da, para tanto. Y delante de ellas, en un escenario colocado en la parte lindante a la antigua feria de Muestras (hoy Auditorio) un trío pop que rompía récords de audiencias y venta de discos: Mecano.

Fui cruel, lo reconozco, con mi crónica del día siguiente, que titulé ‘Mecano y las piruletas’, pero realista. De aquellas 40.000 personas se diría que la mitad eran adolescentes y niños, en muchos casos (servidor incluido) con padres de acompañantes. De ahí lo de las piruletas. Siempre me pareció un grupo simplón y blandengue, sobrevalorado, pero en el reino de la infancia y la adolescencia, sobre todo femenina, tenían sus mejores agarres.

Escribía en Heraldo, en el inicio de mi crónica: “Estaban los niños más sus «papis», lo que significó duplicar por lo menos la demanda de localidades. Es un mercado, el infantil, de gran voracidad para el consumo, por lo que cualquier producto destinado al sector es negocio seguro. Lo saben bien los fabricantes de piruletas, barbies y álbumes de cromos.

Y lo saben bien los chicos de Mecano. Ellos también, en forma de canciones, tienen sus piruletas infantiles. Son canciones de impacto rápido, digestivas, de consumo facilón que lo mismo encajan en las apetencias infantiles que en las de sus progenitores, por un acto de identificación filial y hasta de recuperación de infancias que fueron menos felices que las actuales. Todo ello envuelto en lujoso papel de celofán explica gran parte del éxito de Mecano”.

Puede que esta, la de aquellas audiencias infantiles, hoy ya bien creciditas, sea una de las razones por las que se encumbró al trío madrileño en los ochenta y por la que todavía siga habiendo una gran veneración, como hilo atávico a aquella infancia feliz (que la nostalgia es una segunda piel imposible de extirpar del cerebro).

Y de ahí que recientemente aquella infancia, ahora ya frisando o rebasando los cuarenta, sea la protagonista del disco tributo al grupo que acaba de salir al mercado con nombres como los de Reyko, Veintiuno, Elefantes, Nancy Rubias, Love Of Lesbian Iván Ferreiro, Conchita… y un largo etcétera hasta quince intérpretes, unos de época (vaya, de niños entonces) y otros de ahora, también afectados por la ‘mecanitis’, la mayoría completamente desconocidos.

Y todos, obviamente, versionando a Mecano, y más concretamente su álbum Descanso dominical que el pasado año cumplió sus treinta años y que en 1988, desde que salió en julio de aquel año, se mantuvo en los primeros puestos de superventas semanas y semanas, hasta el punto de ser uno de los primeros grupos, si no el primero en saltar la barrera del millón de discos vendidos, una proeza entonces y hoy un imposible que de hacerse real alcanzaría ribetes siderales.

Un disco, el original, de arreglo sintético minimalista, excepción hecha de Mujer contra mujer y ‘Eungenio’ Salvador Dalí, (además de Fábula y Laika, ambas no incluidas en el LP, sí en el CD) y sus arreglos de cuerdas, y la voz de clavelina, como diría Umbral, de Ana Torroja. Nunca pude digerirlo, como los anteriores, cargados de sirope y ñoñez, lo que me valió el veto de Ana Torroja en uno de sus primeros conciertos por estas tierras, en Gallur concretamente. Qué le vamos a hacer. Cada cual tenemos nuestros propios parámetros para calibrar discos y canciones. Loquillo, de lengua rápida e incontenida, los sentenció soltando una frase lapidaria y más o menos literal: “Para esto no hicimos la revolución”.

Concierto de Mecano en la Romareda, en 1989.
Concierto de Mecano en la Romareda, en 1989.
Guillermo Mestre

En la misma crónica de aquel concierto, recordado por las dos horas de espera resignada por culpa de la ruptura de un generador, razonaba por qué, entre otras cosas, el rechazo que me producía Mecano y su música de piruleta: “Inocentes canciones de corro y excursión, sin ninguna molécula de pop arriesgado y de calidad.

A los hermanos Cano se les llena la boca cada vez que hablan de Peter Gabriel. Pero nada, o muy poco, del genial autor de «So», si acaso un rasgo apuntado en la puesta en escena de «50 palabras», se rastrea en las canciones del trío. Por ahora, en términos musicales, Gabriel, que para eso tiene también nombre de arcángel, está en el cielo y el trío en el suelo. El título del anterior LP de Mecano era un símbolo ajustado de esta situación”.

El susodicho álbum de tributo, calzado muy mucho obviamente por la electrónica, no me cambia en absoluto aquella visión. Sigo sin paladear las canciones de Mecano, me siguen pareciendo tan cursis como moñas. Pero algo tendrá el agua cuando la bendicen, cual dice el añejo refrán castellano. Y eso quizá explique que la ‘mecanitis’ siga tan viva que, si hoy los dos hermanos Cano hicieran las paces, cosa ya harto improbable, y volvieran junto a Ana Torroja a los escenarios sería el boom musical del año. Lo que daría cualquier promotor por conseguir la reunificación…

Y eso, esta ‘mecanitis’ incurable, explica la aparición de discos tributo como el mentado. Uhmmm… que siga el descanso.

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