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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

Adiós al verano del amor... de hace cincuenta años

El tiempo cronológico y hasta el meteorológico anuncian el final del verano de 2017, de este verano musicalmente insulso, olvidable y amorfo, sin discos espectaculares ni canciones recordables, al menos en mi caso, que habrá quien haya llenado la mochila con más tino y caudal que un servidor. Mucho menos, un verano sin agitación juvenil y movimientos de liberación aún perdurables.

No fue así hace cincuenta años. En su hermoso y privilegiado libro, 'El verano del amor', George Martin escribe: “Cómodamente respaldados por un clima de prosperidad y un nivel de desempleo prácticamente nulo, la gente joven tenía el lugar, el tiempo y los ingresos para permitirse experimentar sin límites con la persona. Y si no podías hacerlo en plena calle, podías hacerlo en el mundo de la contracultura, alimentado por el combustible de las drogas, el sexo, la filosofía oriental y la música rock”. El insigne productor de los Beatles describía de esta manera el paisaje juvenil que en el verano de 1967 se vivía en San Francisco, cuna de la psicodelia y el hippismo, y con los Beatles y su reciente 'Sgt. Pepper' –venía a decir él- como mascarón de proa.

Un verano ciertamente fecundo y socialmente revolucionario, aunque por estos pagos –vivíamos, ay, en la reserva espiritual de occidente- no se respirase aún (llegaría luego) la más mínima brizna de aquella revolución que se dio en llamar hippismo. Tiempos de utopías y transformaciones sociales que cambiaron el mundo y aún pendulean sobre él. ¡Casi nada comparado con este vacuo verano que se va y del que para cientos de miles de jóvenes del mundo lo que más presente quedará en su memoria musical, y no sé si vital (bufff), serán los acordes de una innombrable cancionceja reggaetonera que cual virus infecto ha envenenado playas, radios y fiestas discotequeras!

Mario Maffi, en su ensayo sobre la cultura underground, señala que el escenario de la música pop en aquellos años finales de la década de los sesenta fue el escenario de la rebelión, con las mismas características que marcaron el escenario político: anarquismo, rebelión cotidiana, autodestrucción, exaltación del placer, mitología, virulencia, fraternidad de los débiles, agitación, frenesí, inconformismo… Un escenario con unos nuevos centauros que, como afirmaría uno de los grandes estudiosos del fenómeno contracultural, Theodore Rozack, arremetieron contra el templo de Apolo e hicieron saltar en astillas todos los convencionalismos de una época de máxima pasividad adulta en la que los viejos –por miedo y acomodamiento- habían perdido el control de las instituciones políticas y los jóvenes –por la peligrosidad de la incertidumbre y la guerra fría- vivían con la amenaza de verse un día tomando un baño de napalm en Vietnam o sepultados por una tormenta de misiles nucleares, si no, más a pie de calle, sometidos a los preceptos moralizantes y estrictos de padres, familias y profesores. Contra todo aquel tanque de opresión, nació el hippismo, aquel sonoro latigazo, envuelto en olores a pachuli y marihuana y consignas de paz y amor, contra la sociedad establecida.

Permitan la fotografía que en el libro 'Zaragoza60's' hice en 2016 de aquella floración contracultural:

“Este nuevo frente juvenil irrumpía en el mundo armado de consignas contra la guerra y el sistema establecido y de defensas públicas hasta entonces impensables y nunca vistas: el amor libre, las drogas, la revolución sexual, los anticonceptivos, el feminismo, la comuna, la rotura del concepto tradicional de familia, la fraternidad universal... Entre olor a pachuli, posters de Jimi Hendrix y canciones mesiánicas de Los Beatles o la Jefferson Airplane, los chicos se dejaron unas barbas y unos pelos de kilómetro, se horadaron las orejas con pendientes, se calzaron chancletas y se cubrieron con vaqueros raídos y chalecos pintados de flores y símbolos pacifistas. Ellas se colocaron flores en el pelo y descubrieron sus cuerpos, tirando al río el vallado de fajas y sostenes que oprimieron –en todos los sentidos- a las generaciones pasadas. Lo ascético del hippismo consistía en bañarse en mugre y barro, y el placer supremo hacer el amor a cualquier hora, en comuna o en dormitorios destartalados bajo la foto de unos Beatles barbudos o del Che Guevara. Algunas quinceañeras, las llamadas 'runaways', se escapaban de casa en busca de aquella nueva tarta de libertades que les ofrecía el hippismo. El viejo mundo de convenciones sociales y sumisión paterna se desplomaba definitivamente para siempre. Fue una revolución social atípica y nueva, sin armas, en silencio mediático y mucho trasfondo musical. El rock ha cambiado el mundo más de lo que lo recogen las enciclopedias y los mismos sesudos tratados sociológicos”.

Esto fue lo que trajo aquel verano que hace medio siglo excitó a la gente joven en San Francisco y cuya semilla voló, como esporas agitadas por el viento de la rebelión, lo mismo al Quartier Latin de París que a las escaleras de la Trinitá dei Monti. El famoso decálogo de Farson no llegó a realizarse pero lo cierto es que el hippismo no fue producto insustancial de la fantasía, vómito de la imaginación y el ensueño, sino algo, aunque breve (con la venia, ya dedicaré otra entrada a su incubación y muerte súbita) totalmente tangible e influyente que no solo cambió los modos de vida de miles de jóvenes de aquel verano y posteriores sino que dejó como poso musical un género tan reverencial hoy mismo como la psicodelia y una pléyade de grupos de rock míticos, desde la Jefferson Airplane a los Grateful Dead, Moby Grape, Country Joe & The Fish, Quicksilver Messenger Service y tantos y tantos otros, incluso los no adheridos al movimiento pero sacralizados entonces, como The Doors, los Byrds, Zappa, Fugs o Love, por no olvidar a grandes como Hendrix o Janis Joplin.

No me digan que aquello no eran veranos musicales y sociales con miga y no el amorfismo que nos rodea, estos dos meses estivales que se van sin pena ni gloria musical ni social, salvo que alguien tenga argumentos en contra que serán bien recibidos... Por cierto, un par o tres de discos para acompañar (si hay paciencia) la lectura de este texto o meterse en aguas rockeras de época, o sea, en aquel mismo 1967: 'Surrealistic Pillow', de Jefferson Airplane, 'Grateful Dead', de los idem, y 'Moby Grape' también de los idem.

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