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En tierras de Alejandro Magno

Gervasio Sánchez 06/08/2015 a las 06:25
Pella ciudad natal de Alejandro

VIAJE EN COCHE DESDE ZARAGOZA A GRECIA ATRAVESANDO LOS BALCANES (11)

Pella (Grecia)

El odómetro del coche marca los 5.000 kilómetros a la entrada de Pella, la antigua capital macedonia donde nació Alejandro Magno. Me gusta esta coincidencia, pero pronto me siento una hormiguita cuando comparo mi proeza (en coche y con aire acondicionado) desde que salí hace casi un mes de Zaragoza con la del mayor conquistador de la historia y posiblemente uno de los principales asesinos.

En los once años que duró su conquista de Asia recorrió 25.000 kilómetros a pie y a caballo, cinco veces más que yo, y perdió 750.000 soldados, según se cuenta en un magnífico artículo de Harald Eggebrecht, publicado en octubre de 2013 en National Geographic.

Ruinas de Pella, la antigua capital macedonia donde nació Alejandro Magno. Fotografía de Gervasio Sánchez

El especialista alemán dice lo siguiente del gran rey macedonio: “Alejandro ordenaría quemar ciudades, saquear aldeas, crucificar hombres y violar mujeres, pero movido por su ambición de poder y una curiosidad insaciable también allanaría el camino al comercio con Oriente, difundiría la cultura griega y llevaría la civilización europea a tierras lejanas, fundando más de 70 ciudades”.

La violencia y la cultura se unieron en la expedición bélica de Alejandro Magno que hizo temblar las fronteras del imperio persa y de su gran rey Dario III, al que derrotó en batallas espectaculares, filones para la historia de la estrategia militar.

Tanto Alejandro como su padre Filipo II querían vengar derrotas del pasado ante los persas, los bárbaros para los griegos y, especialmente, la destrucción de la Acrópolis ateniense ocurrida decenios antes.

Las conquistas son siempre violentas y no hay piedad para los perdedores. Desde que existe la guerra, posiblemente desde que existe el ser humano, la venganza ha dado alas a muchas campañas bélicas.

Los soldados carecen de piedad aunque sean mandados por un gran estratega como Alejandro Magno. Y cuando las líneas militares del enemigo se desmoronan empieza la rapiña y los más débiles son las primeras víctimas. No hay humanidad en las proezas bélicas. Pocas veces existe la generosidad o la compasión.

Mosaico muy bien conservado en Pella. Fotografía de Gervasio Sánchez

Entro en las ruinas de Pella y siento que piso la historia con mayúsculas, la historia de la vida y la muerte, la historia de las artes y las ciencias y, también, la historia de la violencia gratuita.

Aquí nació “en julio o en agosto del año 356 a.C.”, hace la friolera de casi 2.400 años, Alejandro III, el Magno. Aquí paseó con su madre Olimpia, “una princesa del reino de Molosia que afirma descender del héroe mitológico Aquiles”, y con su padre, el legendario Filipo II, “que cuenta entre sus antepasados al legendario semidiós Heracles”, a quién nosotros conocemos como Hércules.

Aquí creció, estudió con los mejores profesores, entre ellos el imperecedero Aristóteles, y se hizo hombre un futuro osado rey cuyas hazañas bélicas fueron recogidas por los principales historiadores de su época.

Bajo el tremendo calor del mediodía las ruinas de Pella parecen difuminarse en su gran extensión. Se necesita al menos dos horas para recorrerlas con calma aunque los edificios más interesantes están concentrados en la misma zona.

Varias decenas de arqueólogos griegos, con la ayuda de algún extranjero (“hay un alemán”, me dice uno de los responsables con fina ironía), llevan meses desenterrando lo que queda del ágora y los principales edificios gubernamentales de la cuna del conquistador.

Sorprende que seamos los únicos turistas que paseamos entre las ruinas abrasadas sin misericordia por temperaturas de 40 grados. Apenas nos cruzamos con una docena de visitantes, incluidos los que encontramos en el magnífico museo.

Algo más al sur de Pella está Vergina, la primera capital del reino macedonio, conocida en la antigüedad por Aigal. Aquí fue asesinado Filipo II, el padre de Alejandro Magno, durante la boda de su hija Cleopatra. Fue enterrado muy rápidamente junto a ricas ofrendas junto a una joven, posiblemente su última mujer. La osamenta de ella, envuelta en un lienzo dorado, estaba guardada en una urna de oro.

La tumba de Filipo II fue descubierta intacta en 1977 y supuso un extraordinario acontecimiento para la arqueología y la historia. Un friso de 5,60 metros de longitud a la entrada de la tumba muestra una escena de caza en un bosque frondoso y está considerado como una obra excepcional del arte de miniaturas. Hace apenas dos semanas se confirmó que los restos encontrados en la tumba pertenecían a Filipo II.

Vale la pena visitar el norte de Grecia por muchas razones pero sobre todo por los yacimientos macedonios y, especialmente por esta necrópolis conocida por el Museo del Gran Túmulo o las Tumbas Reales.

Templo de Zeus en Dion utilizado por Alejandro Magno para hacer sus ofrendas antes de iniciar su campaña en Asia. Atrás el Monte Olimpo. Fotografía de Gervasio Sánchez

Más al sur, enfrente del Monte Olimpo, la antigua Dion se ha desvanecido por los efectos destructivos de los enemigos de los griegos. Pero activando la imaginación, y siguiendo las ruinas de algunos templos, aún se puede sentir la fascinación de Alejandro Magno cuando visitó este lugar y ofreció  sacrificios a los dioses antes de iniciar la conquista de Asia.

El Monte Olimpo, el  más alto de Grecia, la morada de sus catorce dioses reconocidos como olímpicos encabezados por Zeus y su esposa Hera, también su hermana, igual que  Poseidón, Deméter, Hestia y Hades. Hefeso, Apolo, Atenea, Artemisa, Ares, Afrodita, Dionisio y Hermes completaban la lista como hijos de Zeus.

Es imposible no dejarse influir por la historia mítica y pensar que todos estos dioses inmortales quizá fuera de carne y hueso hace varios milenios y que lucharon entre ellos para saber quién era el más fuerte. O todo fuera creado por la imaginación desbordada de un genio capaz de convencer a generaciones de griegos de que el Olimpo existía.

Monte Olimpo. Fotografía de Gervasio Sánchez

El Monte Olimpo se puede recorrer a pie. Me conformo con subir media docena de kilómetros en coche y bañarme en una cascada de agua cristalina y fría. No me queda ninguna duda de que fue utilizada por dioses olímpicos y simples mortales. Estoy seguro de que Filipo II trajo muchas veces a su hijo Alejandro Magno cuando eran un niño a esta misma cascada y aquí le enseñó los secretos de la guerra.




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