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Todas las crisis se juntan

Gervasio Sánchez Actualizada 05/08/2015 a las 18:11
Arco de Galerio

VIAJE EN COCHE DESDE ZARAGOZA A GRECIA ATRAVESANDO LOS BALCANES (10)

Salónica (Grecia)

La entrada en Grecia por Bulgaria es rápida y cómoda. Con controles de pasaportes a pesar de ser dos países comunitarios pero sin agobios. Eso sí: el griego más arisco, hasta el momento, es el policía fronterizo. ¿Por qué no ponen a los policías más simpáticos en estos lugares? ¿Por qué se parecen tanto los policías fronterizos de casi todos los países?

El coche empieza a dar botes desde el primer metro griego y hasta que no avanza 50 kilómetros no se encuentra con un piso asfaltado decentemente. Creíamos que ya habíamos pasado lo peor después de recorrer miles de kilómetros por Bosnia, Serbia, Kosovo o Bulgaria pero las carreteras griegas son tan irregulares como las demás. Está claro que hace años que no reciben mantenimiento.

La mayoría de los letreros suelen estar tapados por árboles que han crecido y que nadie ha podado en mucho tiempo. Eso sí: las indicaciones aparecen primero en griego y a los pocos metros en alfabeto latino.

Hay que cuidar la velocidad porque las indicaciones de radares se repiten con gran regularidad. Por lo menos no hay policías apostados a la salida de los pueblos como pasa en los Balcanes.

Salónica es la segunda ciudad griega con nombre de mujer en honor a la hija de Filipo II, rey macedonio y padre de Alejandro Magno. Hace 35 años me pareció un pueblo grande. Hoy es una urbe que se desliza por el tobogán de la profunda crisis económica y social que vive el país.

Arco del emperador romano Galerio en Salónica. Fotografía de Gervasio Sánchez

Desde el primer minuto se percibe la calamitosa situación que vive la ciudad sin apenas turistas a pesar de ser el lugar ideal para visitar los enclaves más importantes del imperio macedonio.

Mientras busco un hotel en una de las calles principales me doy de bruces con las consecuencias de otra crisis, más violenta e infernal, la guerra siria: los portales de los hoteles más baratos están repletos de corrillos de sirios muy jóvenes que intentan organizar su gran salto a la Unión Europea de los ricos, la del norte.

Saben que los griegos serán permisivos si solo se quedan unos días, que Bulgaria o Macedonia y luego Serbia los empujarán hacia el norte. A las puertas de Hungría empezarán los problemas más serios.

Duele ver a chicos tan jóvenes huyendo de una muerte segura en un país aniquilado por la guerra fratricida de los últimos cuatro años. Duele verlos durmiendo en las calles o en los parques. Duele ver a familias enteras, arrastrando a niños de corta edad, buscando un lugar para pernoctar. Duele el desastre humanitario que afecta a millones de sirios condenados a vagar por un mundo insensible al dolor lejano y sometidos a las decisiones políticas y policiales de nuestros gobernantes, obsesionados por impedir el tránsito de personas que no tienen dónde ir.

El paseo marítimo abre todo el casco urbano de Salónica al mar y lo rellena con una brisa agradecida bajo un sol plomizo que golpea la sien a las horas más bochornosas del día. Hay decenas de cafés, centenares de mesas, miles de sillas. Pero hay poca clientela y muchos camareros ociosos.

La crisis se observa muy bien en las zonas turísticas y en el comportamiento de los ciudadanos locales y visitantes a la hora de consumir. Cuando las comandas de los restaurantes se llenan de los platos más baratos es que algo grave está pasando o está a punto de pasar.

Museo Arqueológico de Salónica. Fotografía de Gervasio Sánchez

Trabajé 17 veranos de mi vida de camarero en un bar de playa. Entre los veranos de 1975 y 1991. Viví allí el fin del franquismo, los primeros años de la democracia y la gran crisis económica de finales de los ochenta.

El comportamiento de muchos clientes del bar cambió drásticamente. Pasaron de consumir todos los días de las vacaciones a sólo hacerlo algunos días específicos o dejar de hacerlo.

Recuerdo que algunos clientes dejaron de venir a la playa donde trabajaba porque se sentían avergonzados ante la imposibilidad de consumir con tanta alegría como en el pasado y tener que conformarse con desayunar, comer y cenar en el apartamento que habían alquilado con gran esfuerzo y sacrificio.

Salónica fue macedonia o griega, romana, bizantina, otomana. Filipo II y uno de sus generales, Kassandros, con quien casó a su hija Salónica, la engrandeció. El emperador romano Galerio, un impecable perseguidor de cristianos, la convirtió en la capital oriental de su imperio. Fue la segunda ciudad bizantina más floreciente después de Constantinopla y fue atacada por godos, eslavos y cruzados. Hasta que cayó en manos de los otomanos a mediados del siglo XV.

Mustafa Kemal, conocido como Atatürk (padre de los turcos) nació en Salónica. El lugar de su nacimiento, el hoy consulado turco de la ciudad, es un museo que muestra sus pertenencias personales y el mobiliario original. Una dotación policial vigila permanentemente el lugar.

Museo Arqueológico de Salónica. Fotografía de Gervasio Sánchez

La parte alta es un permanente muestrario del desastre económico griego. Innumerables negocios cerrados, calles muy sucias, cafés vacíos. Un señor, que aprendió español en Salamanca, nos comenta que los ciudadanos apenas llegan a final de mes con las pensiones miserables que cobran. El galopante paro ha obligado a muchos jóvenes a buscarse la vida en otros países europeos más ricos.

Por suerte Salónica tiene magníficos museos que ver, entre ellos el Arqueológico y el de la Cultura Bizantina. Al menos nos podemos contentar con recordar que esta ciudad vivió épocas gloriosas cuyos vestigios aparecen en cada esquina. Me imagino que la ciudad cambiará de ambiente con la apertura del año escolar ya que es el destino de 80.000 universitarios. Duele verla agonizar en este verano tórrido.




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