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Blog - Los desastres de la guerra

por Gervasio Sánchez

70 años del fin de la Segunda Guerra Mundial

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Durante los próximos días, coincidiendo con los 70 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, viajaremos a través de un serial literario y fotográfico por algunos de los escenarios de la última gran contienda europea y mundial y del ascenso y caída del régimen nazi. También nos detendremos en acontecimientos posteriores a la rendición de Alemania.

CONOCER LA HISTORIA Y LA GUERRA

Entre los meses de noviembre y marzo he realizado decenas de visitas guiadas a mi exposición Antología en el Museo Pablo Serrano de Zaragoza. Algunas mañanas he dedicado cuatro horas a explicar a estudiantes de institutos lo que hay en la trastienda de las imágenes que he tomado en el último cuarto de siglo en más de una veintena de conflictos armados.

Me ha sorprendido su interés por conocer. Las visitas empezaban con las chicas y los chicos colocados a media docena de metros de distancia como si desconfiasen de las explicaciones que iban a recibir, y acababan a menos de un metro intentando absorber toda la información posible y preguntando de manera insistente.

Durante los últimos meses también he recibido reflexiones escritas muy intensas sobre los sentimientos que surgen ante imágenes que desnudan la brutalidad de los seres humanos y recalcan nuestra incapacidad para vivir sin matarnos desde los tiempos inmemoriales.

También me ha sorprendido su desconocimiento de la historia y, especialmente, de la violencia de la historia. Algo falla en los planes de estudios cuando no son capaces de enganchar a los alumnos. No es un problema de hoy ni de ayer. Ya pasaba en mi época de estudiante.

Estudiantes alemanes visitan el crematorio del campo de concentración y exterminio de Buchenwald. Fotografía de Gervasio Sánchez

Recibimos contenidos inservibles y prescindibles en nuestras vidas y, en cambio, dedicamos muy poco tiempo a lo trascendental. Es como si creciéramos huérfanos de los contextos que nos permitan entender las zonas oscuras del mundo en que vivimos.

Creo que un adolescente entre 14 y 18 años tiene que aprender a ponerse en el lugar del Otro. Conocer las razones por las que millones de seres humanos abandonan sus hogares y familias y se arriesgan a caminar miles de kilómetros aun a costa de morir durante el duro viaje. Conocer que la mayoría huyen de situaciones catastróficas, de guerras letales que duran décadas o de situaciones de miseria que rigen los destinos familiares desde hace generaciones.

A los alumnos les he explicado cómo una joven prostituta nigeriana me resumió memorablemente por qué huía de su país y arriesgaba la vida para luego tener una vida lamentable vendiendo su cuerpo por un puñado de euros. “Señor, mis bisabuelos, mis abuelos, mis padres, mis hermanos y yo hemos vivido y seguimos viviendo en la miseria. Me prostituiré 10 ó 15 años para devolver la deuda, pero mis hijos tendrás los mismos derechos que los suyos y, por fin, un miembro de mi familia habrá roto el ciclo injusto para siempre”, me dijo. Les he contado que me quedé mudo y pensé que estaba ante una gran heroína.

He tenido que explicarles que hace 70 años acabó la última gran guerra mundial y europea con sesenta millones de muertos, un tercio de militares y dos tercios de civiles. Un número significativo porque suma la población de España y Portugal.

Que nosotros, los europeos, ensimismados hoy en la idea absurda de que ya hemos superado nuestro comportamiento guerrero, nos matábamos con ferviente brutalidad hasta hace pocas décadas. Que somos los inventores de los sistemas ideológicos más brutales de toda la historia y que hemos desarrollado formas de producir el dolor más profundo y gratuito. Sin los europeos quizá no existiría el fascismo, el nazismo, el totalitarismo, el genocidio o la esclavitud.

Explicarles que han tenido la suerte de nacer, crecer y vivir en una época pacífica, pero que no existe una vacuna contra la intolerancia y la violencia. Que si en vez de nacer en 1998 ó 1999 lo hubiesen hecho a principios de los años veinte del siglo pasado en España, algunos hubieran formado parte de la quinta del biberón, los últimos reclutas menores de edad llamados a filas durante nuestra guerra civil.

Que si hubieran nacido en Alemania a principios de los años treinta, hubieran militado en las juventudes hitlerianas y defendido las trincheras de Berlín ante el empuje aliado mientras se desmoronaba el régimen nazi y Adolf Hitler se suicidaba.

Adolf Hitler acaricia a un niño soldado enrolado en las juventudes hitlerianas cuarenta días antes de suicidarse en su bunker de Berlín

Que si hubieran nacido en Sierra Leona en 1985 muchos hubieran sido secuestrados para ser convertidos en máquina de matar con apenas 10 años o en esclavas sexuales.

Recuerdo que uno de los jóvenes se enfureció cuando le mostré el retrato de un niño soldado sierraleonés que tuvo que matar a su padre en su primera misión. “Yo me negaría a matar a un ser querido”, dijo. “¿Aunque te maten por desobedecer una orden?”, le pregunté. “Aunque me maten”, respondió con gran seguridad. Le contesté que he conocido a muy pocos héroes en la guerra que acepten morir antes que matar.

No hay nada más expresivo que el rostro de un adolescente conmocionado ante una imagen del horror de la guerra. Los adolescentes de hoy en día han aprendido a leer imágenes antes que palabras. Con cuatro años, antes de que sepan escribir la m con la a es ma y dos ma forman mamá, ya son capaces de entender una película con un argumento relativamente complejo. Por eso es fácil embaucarlos con fotografías e interesarles por situaciones que se producen a miles de kilómetros. A pocos se les atragantarían las matemáticas si se enseñasen en un sistema basado en imágenes.

Durante las dos últimas semanas he visitado algunos escenarios de la Segunda Guerra Mundial en Francia, Bélgica, Holanda, Italia. He recorrido los lugares donde empezó el nazismo y varios campos de concentración y exterminio en Alemania y Austria.

En Dachau, en la hora de apertura, grupos muy numerosos de estudiantes se apelotonaban en la entrada. Me explicaron que los planes de estudios del estado de Baviera incluye la visita al campo situado a una veintena de kilómetros de Múnich. El número de visitantes anuales a Dachau es de casi 900.000 personas, la mayoría estudiantes.

Estudiantes entrando en al campo de exterminio de Dachau. Fotografía de Gervasio Sánchez

Aprender la historia y conocer sus aspectos más violentos en lugares como Dachau, Bergen Belsen, Bunchewald no tiene precio. Los bulliciosos grupos estudiantiles llegaban muy locuaces a los campos y regresaban a sus casas con una actitud distinta.

En Dachau, se puede ver un documental de 22 minutos que es un mazazo directo a la conciencia. Centenares de alumnos silentes abandonaban la sala como si acabasen de ver la peor película de terror imaginable.

Alemania fue el campo de experimentación de uno de los sistemas más siniestros de toda la historia en los doce años que duró la dictadura nazi entre 1933 y 1945. Sus brutales consecuencias han tardado décadas en superarse.

En Bunchewald, acompañé a unas decenas de adolescentes en su visita a los crematorios del campo. Muy pocas veces en mi vida he visto rostros tan impactados por la desolación que transmite los hornos y las cámaras de gas.

Son visitas que obligan a encarar la historia desnuda y sus escenas más dramáticas. Han oído hablar muchas veces de Hitler y sus de secuaces, de sus divisiones policiales siniestras, de su política de exterminio. Han podido escuchar testimonios, justificaciones, pero todo se diluye cuando te enfrentas sin filtros a la dolorosa historia de tu país.

Durante los próximos días viajaremos a través de un serial literario y fotográfico por algunos de los escenarios más importantes de la última gran guerra mundial y del ascenso y caída del régimen nazi y también nos detendremos en los acontecimientos ocurridos después de la rendición de Alemania.

¿Cuándo acabó la Segunda Guerra Mundial? En mayo de 1945. ¿Seguro?  Porque millones de seres humanos murieron o fueron asesinados en los años siguientes.

70 AÑOS DEL FIN DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL (1)

LA BARBARIE CONTRA LOS CIVILES

Oradour-sur-Glane (Francia)

El 10 de junio de 1944, cuatro días después del inicio del desembarco de Normandía, se produjo en la aldea de Oradour-sur-Glane una de las mayores matanzas de civiles perpetradas por unidades especiales alemanas de las SS. 642 personas, incluidos 193 niños y 254 mujeres, fueron asesinadas en uno de los episodios más brutales de barbarie contra civiles ocurridos en Francia durante toda la guerra.

Los cadáveres de niños y mujeres fueron quemados en el interior de la iglesia. Entre las víctimas había 18 españoles pertenecientes a tres familias que habían huido del régimen de Francisco Franco, diez de los cuales eran niños, varios menores de tres años. También había un pequeño grupo de judíos.

Decenas de mujeres y niños fueron asesinados y quemados en el interior de la iglesia de Oradour-sur-Glane Fotografía de Gervasio Sánchez

Los cadáveres de los hombres fueron agrupados días después, cubiertos de cal y quemados. Todos los edificios del pueblo fueron sometidos al pillaje, quemados  y destruidos por los soldados asesinos.

Sin relevancia desde el punto de vista militar, aquel día se habían concentrado en la aldea una gran afluencia de vecinos de los alrededores y refugiados porque se iba a celebrar una visita médica y una distribución de tabaco.

Sobre las dos de la tarde una columna nazi compuesta de 150 soldados llegó a la aldea y cerró todas las entradas. El oficial de mayor rango obligó al alcalde a convocar a toda la población en la plaza principal y acusó a la aldea de apoyar a los partisanos. Como el alcalde se negó a seleccionar a 30 vecinos, las SS separaron a hombres de mujeres y niños y comenzaron la matanza.

Una semana después, la revista estadounidense Time publicó un relato de lo ocurrido, identificó al regimiento responsable y especuló sobre la posible confusión de esta aldea con otra de nombre parecido, Oradour-sur-Vayres, a treinta kilómetros, donde sí existía un depósito de armas de la resistencia francesa.

Niños y niñas de Oradour-sur-Glane posando en su escuela poco antes de la masacre perpetrada por las SS.

En enero de 1953 fueron juzgados 65 militares supervivientes de la unidad implicada en la masacre. La mayoría en rebeldía, en un juicio que apenas duró un mes y que provocó una profunda división en Francia al estar implicados alsacianos de origen francés. La región estaba gobernada por el gobierno colaboracionista de Vichy.

Se dictaron dos penas de muerte, conmutadas por cadenas perpetúas, y los reos quedaron libres seis años después. Los juzgados en rebeldía nunca fueron perseguidos salvo Heinz Barth, uno de los jefes de las tropas de asalto alemanas, que fue procesado en 1983 siendo condenado a cadena perpetua en Alemania y liberado por motivos de salud en 1997.

Barth también había participado en otra gran matanza nazi en Lídice (actual Republica Checa) en 1942. El general Heinz Lammerding, máximo responsable de la división de las SS a la que pertenecía el regimiento, murió tranquilamente en 1971 en Alemania tras una exitosa carrera empresarial.

La Francia colaboracionista fue juzgada muy superficialmente después de la guerra. El mariscal Philippe Petain , el gran héroe de la Primera Guerra Mundial en la batalla de Verdún y que dirigió el gobierno filonazi, fue condenado a cadena perpetua, desterrado a la isla de Yeu, enclave de la costa atlántica, y despojado de todos sus honores donde murió demente, según recuerda Ian Buruma en su magnífico libro Año cero. Historia de 1945.

Otro hombre importante Pierre Laval, el ministro más influyente de Vichy, fue condenado a muerte y fusilado en octubre de 1945 “después de que fracasara su intento de suicidarse con cianuro por haber perdido el veneno su eficacia con el tiempo”.

El comité de depuración que se creó con jueces y antiguos integrantes de la resistencia francesa penalizó a unos 11.000 funcionarios del millón que trabajaron bajo el gobierno de Vichy. Pero como explica Buruma era difícil que se pudiera hacer justicia si antes no se purgaba la propia judicatura “ya que sólo un juez francés se había negado a suscribir el juramento de lealtad al mariscal Petain”.

El pueblo de Oradour-sur-Glane fue quemado y destruido por las unidades de las SS

La minoría industrial y empresarial apenas fue juzgada y simpatizantes del régimen nazi de “tan infausta memoria como el fundador de la fábrica de perfumes L´Oreal salieron totalmente incólumes”.

Por fin a finales de marzo  de este año se ha inaugurado en París una exposición sobre el periodo de colaboración con los nazis donde se muestra como el régimen de Vichy prohibió a los judíos trabajar como banqueros, profesores, médicos o funcionarios, les obligó a llevar el triángulo y la estrella amarillas y permitió la deportación de 75.000 franceses de origen judío. Entre los documentos desclasificados hay miles de fichas de denuncias realizadas por franceses y de la imposición de un régimen de terror diario contra los judíos.

La matanza de Oradour-sur-Glene se asemeja a otras matanzas perpetradas por las SS en los países ocupados durante la Segunda Guerra Mundial en su mayoría para vengar la muerte de soldados alemanes caídos en emboscadas. En Tulle, otra localidad francesa muy vinculada a la resistencia, 120 habitantes fueron ahorcados después de ser torturados en el mismo mes y año y otros 150 hombres fueron deportados al campo de exterminio de Dachau, donde 101 perdieron la vida.

En Marzabotto, al sur de Bolonia (Italia), 771 civiles entre los que había 315 mujeres, 189 niños menores de 12 años, 30 jóvenes de 12 a 18 y 76 ancianos que superaban los 60 fueron asesinados entre el 29 de septiembre y el 5 de octubre de 1944 en represalia por el apoyo a los partisanos de la resistencia italiana.

En Santa Ana de Stazzema, una aldea a 600 metros a nivel del mar al norte de Pisa, 500 residentes y refugiados, en su mayoría niños y mujeres, fueron ametrallados y quemados por otra unidad de las SS. Entre las víctimas había ocho mujeres embarazadas y la esposa y los siete hijos entre tres meses y 16 años de Antonio Tucci, un oficial de la marina que prestaba servicio en otra zona.

Quizá la masacre más famosa fue ordenada por el propio Hitler en Lídice (Republica Checa) para vengar el asesinato de Reinhard Heydrich, el organizador de la solución final contra los judíos conocido como la “bestia rubia” por sus propios hombres de las SS. Los 350 civiles de Lídice, 192 hombres, 70 mujeres y 88 niños, fueron asesinados después del 4 de junio de 1942, fecha en la que murió el depredador nazi  por las heridas sufridas en el atentando de la resistencia checa en Praga. Las SS quisieron vengar la muerte de su líder al suponer que alguno de los organizadores era originario de Lídice.

Lápida con los nombres de los 18 españoles asesinados, entre ellos 10 niños, varios menores de tres años. Fotografía de Gervasio Sánchez

Otras matanzas ocurridas más recientemente tanto en Vietnam, Guatemala o Ruanda recuerdan las masacres cometidas por los nazis en lugares como Oradour-sur-Glane. En My Lai, tropas estadounidenses reunieron a los habitantes, los asesinaron a tiros y quemaron la aldea.

En el país centroamericano, paramilitares pertenecientes a las rondas campesinas, asesorados por el ejército regular guatemalteco, llevaron a cabo la política de tierra arrasada a principios de los ochenta, entrando en centenares de aldeas, asesinando en algunas de ellas a los civiles en las iglesias y luego quemando sus cuerpos. Durante el genocidio ruandés, miles de tutsis fueron asesinados por sus vecinos hutus cuando se encontraban refugiados en iglesias.

Las ruinas de Oradour-sur-Glane se han mantenido tal como quedaron tras la masacre. En marzo de 1945, el presidente Charles de Gaulle ordenó que el pueblo se convirtiera en el “símbolo de las desgracias de la patria”. En un discurso dijo que “conviene preservar su recuerdo pues es necesario que nunca más se reproduzca semejante desgracia”. Como se dice en el museo construido hace dos décadas  la masacre “no fue un crimen del delirio sino la lógica de un sistema”.

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