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Aphrodite's Child, la gloriosa prehistoria de Demis Roussos

Matías Uribe Actualizada 27/01/2015 a las 06:24
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Ha muerto Demis Roussos y, por supuesto, uno lamenta su adiós definitivo, pero obviamente no sería objeto de atención en este blog si no fuera por el pasado que tuvo en sus comienzos, en los sesenta, bien alejado de la comercialidad que desplegó después en solitario, especialmente durante la década de los setenta, en que se convirtió en gran figura del pop europeo con su estampa oronda, su larga pelambrera, sus túnicas imposibles, sus chalecos, sus altas botas y canciones como 'We Shall Dance', 'Velvet Morning' (la del 'Triki Triki Triki'), 'Forever And Ever', 'Goodbye My Love Goodbye'…, que sonaron abundantemente en discotecas, emisoras de radio y televisión. Material pop con toques griegos y mediterráneos, puro entretenimiento comercial.

Antes, sin embargo, fue completamente distinto, formando parte de Aphrodite's Child, grupo oriundo de Grecia, aunque él había nacido en Egipto, en Alejandría concretamente, un grupo que se convirtió a finales de los sesenta en una de aquellas gloriosas y escasas anomalías musicales que saltó fronteras europeas sin carnet británico, como fue el caso de Los Bravos, Shocking Blue, el mismo Miguel Ríos o posteriormente los afamados Abba.

Hay que señalar con rapidez para quienes no vivieron la época que Aphrodite's Child, en el militaban además de Demis Roussos, el batería Lucas Sideras y el luego famosísimo Vangelis, fueron alimento permanente y deseado de los famosos guateques de los sesenta en el tramo final de la década. Bombillas rojas y a buscar acercamiento y dermis femenina que las canciones de Roussos y su dulce, personalísimo y robusto falseto, junto a su colega Vangelis, cerebro compositor y genio avanzado de los teclados, mellotron incluido, invitaban radicalmente a ello, con el romanticismo y la sensualidad que derramaban. 'Rain & Tears', 'End Of The World', 'It's Five O'Clock', 'Spring, Summer, Winter & Fall' y 'Marie Jolie' formaron el repóker ganador con el que calentaron aquellos guateques. Repóker al que habría que añadir 'I Want To Live'. En los guateques y en las en las famosas sinfonolas, con este manojo de maravillosas canciones, cultivaron la fama que alcanzaron en la España del 68-71.

Lo que se desconocía entonces, porque solo llegaban los singles, era que aquellas amorosas canciones resultaban meras excepciones, brotes raros de una discografía atrevida e iconoclasta que apostaba básicamente por la psicodelia y la experimentación, por el rock progresivo que se diría después. Aún hoy, el primer álbum del grupo, 'End Of The World' (1968), que incluía la canción del título y la deliciosa 'Rain & Tears', cuesta digerirlo y no digamos entenderlo si en la mente queda, o quedó, solo el eco de aquella media docena de canciones.

Lo mismo ocurre con el siguientes álbum que el grupo griego grabó en 1969, 'It's Five O'Clock', donde al lado de la excitante canción que lo titulaba y de la magistral y romántica 'Marie Jolie', aparecían ejemplos de serrería psyco-experimental como 'Funky Mary' o una perla de pop barroco psicodélico que también saltó a la fama, 'Let Me Love Let Me Live', aunque bien lejos de la seda del repóker. Otro álbum más incómodo de lo que podían sugerir aquellas canciones de amoroso terciopelo.

No digamos el último álbum que los griegos publicaron en 1971: '666', una rara tableta doble y experimental, un disco conceptual basado en el Apocalipsis de San Juan, por el que circulaba un torrente de sonidos letánicos, extravagancias y exceso, como marcaba el reglamento del rock progresivo, desde canciones de rock a rezos, carreras de bajo y guitarra, soplidos caóticos de saxos, esquizofrénicos gritos moribundos si no sexuales de la actriz Irene Papas, delirantes epopeyas de 19 minutos ('All Seats Were Occuppied') o pasajes cósmicos con guitarras, sintetizadores y voces interestelares, vamos, lo que hicieron Tangerine Dream y luego Mike Oldfield. Un disco de difícil digestión, disperso, raro, sin embargo, hoy considerado como angular en el rock progresivo, que lo mismo se iba por ramas pinkfloydianas que pisaba terreno de King Crimson o Soft Machine y para el que el trío tuvo que ampliar plantilla, alquilando incluso al compositor Costas Ferris para que le echara una mano a Vangelis, un disco que deja atrás mucha experimentación, incluso actual. Aun con todo, y aparte del seductor nervio de 'The Four Horsemen', incluyó un hit europeo con aires blueseros: 'Break'.

Hay que añadir que el trío no hubiera logrado plasmar esta música ni alcanzar el éxito que alcanzó si no hubiera trasladado su base de operaciones a París, donde se empapó de los efluvios psicodélicos y progresivos del momento a la vez que permitió que Vangelis se abasteciera con la tecnología puntera del momento. Igualmente allí, en la ciudad francesa, encontró la plataforma adecuada para llevar todas sus grandes canciones al continente europeo: el sello Vertigo, filial de Phonogram.



En fin, también es casualidad que Grecia salte a los medios en un par de días por sus elecciones (por la fatalidad de Syriza, dicen algunos), por el accidente de un avión militar y por la muerte de uno de sus músicos más notables y populares junto a Nana Mouskouri, Mikis Theodorakis o el citado Vangelis. Conjunciones astrales, que diría la ministra aquella.

El repóker y su propina:





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