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Blog - Los desastres de la guerra

por Gervasio Sánchez

Memoria y cinismo

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VIAJE A LOS BALCANES Y RUMANIA (2) 

He viajado a los Balcanes y Rumania durante este verano. Miles de kilómetros en coche desde Zaragoza para redescubrir en Croacia, Bosnia y Serbia aquellos parajes donde se desarrollaron sus guerras civiles y para recorrer por primera vez Rumanía, un país desconocido a pesar de casi el millón de rumanos que viven en España. Este es el segundo capítulo de una serie durará hasta el próximo domingo

Sarajevo (Bosnia-Herzegovina)

Piensen en Siria. Verán diplomáticos cínicos cambiando el muestrario declarativo a golpe de impacto mediático. Si hay niños desparramados por los suelos, destrozados por los proyectiles o asfixiados por gases tóxicos es hora de incrementar la condena. La moda durará unos días hasta que, de nuevo, se imponga el silencio. Como si matar de uno en uno fuera menos pernicioso que matar de cien en cien.

Cuando los veo en la televisión hablando con su discurso pomposo y cínico siempre recuerdo la guerra de Bosnia-Herzegovina. Son los mismos diplomáticos de pandereta que nunca se remangan en situaciones límite. En los Balcanes garantizaron la ceremonia de la confusión y su supuesta neutralidad agigantó a los asesinos. Resultado: un matadero que duró años y cuyas consecuencias son todavía visibles dos décadas después.

De eso hablaba con Alfonso Armada cuando estábamos a punto de atravesar la frontera croata-bosnia después de disfrutar de bellas ciudades adriáticas como Sibenik y Trogir. El atasco era kilométrico en el lado de entrada a Croacia, el nuevo país de la Unión Europea desde el 1 de julio. “¿Son las nuevas responsabilidades fronterizas del nuevo socio europeo?”, le pregunté a un policía bosnio. “Siempre nos han tratado igual. Ahora ya tienen la excusa perfecta para pisotearnos”, respondió muy enfadado.

Mostar son dos ciudades separadas por un muro de resentimiento. Los puentes están reconstruidos, pero las relaciones entre las comunidades musulmanas y católicas siguen rotas. Desde que acabó la guerra a mediados de los noventa hay un concurso permanente de ostentación y verticalidad en la construcción de mezquitas e iglesias, demostración palpable del discurso incendiario de algunas confesiones religiosas.

Decidimos pasar la noche en una ciudad donde nunca pudimos dormir durante la guerra. Encontramos una pensión muy cómoda y cenamos en un buen restaurante al lado del puente otomano reconstruido después de que fuese volado a cañonazos en noviembre de 1993. El puente peatonal, símbolo de la ciudad desde el siglo XVI, mide 28 metros de largo y 4,5 de ancho.

A principios de setiembre de 1992 salimos de Sarajevo después de semanas de duros bombardeos. La biblioteca de la capital bosnia había sido arrasada por bombas incendiarias y la guerra se eternizaba. Cuando llegamos a Mostar nos quedamos de piedra. La ciudad estaba mucho más destruida que Sarajevo a pesar de que la guerra entre serbios y una coalición musulmana-croata fue de corta duración.

La antigua avenida de los francotiradores de Sarajevo en la actualidad. Fotografía de Gervasio Sánchez

En los combates habían muerto varios centenares de soldados y civiles. En un pequeño parque las estelas musulmanas y las cruces católicas estaban mezcladas. Aunque el gobierno español ya había aprobado la misión española todavía faltaban dos meses para que llegaran los primeros cascos azules a la ciudad. Nuestra sorpresa fue cuando nos topamos con una unidad mercenaria internacional en la que había tres españoles. Uno de ellos nos dio el titular para el reportaje: “Somos tan fascistas y católicos como los croatas de Herzegovina”.

Salimos de Mostar después de caminar unas horas por sus calles y nos dirigimos a Jablanica bordeando el río Neretva. Íbamos a un buen ritmo pero disfrutando del paisaje. Durante la guerra tuvimos que hacer varias veces el viaje entre Split y Jablanica, donde estaba uno de los cuarteles de los cascos azules españoles.

Nos levantábamos muy temprano y recorríamos los centenares de kilómetros durante horas de conducción a velocidades arriesgadas a pesar de que las carreteras estaban poco transitadas.

Un día casi nos estrellamos contra una barricada colocada a la entrada de un puente. Pudimos matarnos pero la suerte nos custodió. Unos meses después cuatro soldados españoles cayeron en el Neretva con su vehículo en el mismo punto y murieron ahogados.

La avenida de los francotiradores de Sarajevo en una imagen tomada en febrero de 1994. Fotografía de Gervasio Sánchez

Aquellas locuras nos permitían ver con nuestros ojos lo que estaba pasando y mandar la crónica antes del cierre de las ediciones.  Menos mal que siempre acabábamos la jornada laboral con una buena mariscada en la ciudad adriática. Otros de nuestros puntos culinarios eran los restaurantes a la entrada de Jablanica, donde siempre se come un cordero magnífico.

La guerra entre musulmanes y croatas a partir de abril de 1993 arrasó todo el centro de Bosnia. Con Alfonso Armada viajé en junio de aquel año por aquella zona rota en pedazos por los combates entre los antiguos aliados. Era tan peligroso como transitar por las calles de Sarajevo.

Prozor, Gornji Vakuf, Bugojno, Vitez, Zenica, Visoko, Kiselkak, pueblos y ciudades a los que sólo se podía acceder si atravesabas lo que se llamaba tierra de nadie, territorio comanche formado por centenares de metros con francotiradores parapetados en cualquier escondrijo, que disparaban contra todo lo que se movía.

Veinte años después el centro de Bosnia se ha homogenizado. Muchos serbios se han marchado para siempre. Los enclaves croatas están rodeados de pueblos musulmanes. La guerra destruyó la convivencia. Muchos civiles tuvieron que participan en los desmanes por miedo a sufrir las represalias de los paramilitares, que se fortalecen cuando empieza el caos. Expulsaron a sus vecinos con los que habían vivido durante generaciones, a los que invitaban durante fiestas tradicionales como la Navidad y el Bairam.

Buscamos en Vitez la casa donde vivimos durante algunos días en verano de 1993 mientras cubríamos aquella locura, pero no la encontramos. Una tarde fuimos asaltados por paramilitares croatas a punta de fusil y nos quitaron el coche. Lo conseguimos recuperar cinco días después sin papeles ni matricula. Cuando regresamos a Trieste, la policía fronteriza italiana nos dejó pasar sin muchos problemas. Ya se habían acostumbrado a ver cómo regresaban los coches alquilados en Italia después de semanas o meses en la guerra balcánica. Al menos nuestro coche no estaba acribillado a balazos.

A Sarajevo llegamos por una autopista que abandonamos en Vogosca en cuya pensión Sonia fueron violadas y asesinadas decenas de mujeres musulmanas. El serbio Borislav Herak fue enjuiciado en Sarajevo en marzo de 1993 por crímenes de guerra y acusado de 32 asesinatos, entre ellos los de una decena de mujeres a las que violó antes de matar. Fue primero condenado a muerte y después se le conmutó por cadena perpetua.

La cosecha de terror es explícita y contundente. En Bosnia-Herzegovina murieron 200.000 personas y otras 250.000 fueron heridas durante los tres años y medio que duró la guerra. Más de un millón de bosnios tuvieron que refugiarse en países extranjeros. Unos 20.000 niños quedaron huérfanos de uno de sus padres y 1.500 de los dos.

El cerco de Sarajevo duró 1.260 días, entre el 6 de abril de 1992 y el 15 de setiembre de 1995. Más de 10.600 personas murieron, de los que 1.600 fueron niños, y otras 60.000 fueron heridas. El 85% de las víctimas fue civil.

Los cementerios son visibles desde cualquier punto de la ciudad. Crecieron los de toda la vida y se utilizaron campos de fútbol y parques para enterrar a las víctimas cuando aquellos se llenaron.

Tumba de Nalena Skorupan. Vivió 73 días. Fotografía de Gervasio Sánchez

Lo primero que hice con Alfonso Armada a la mañana siguiente de nuestra llegada fue visitar cementerios. Nos paramos ante tumbas que nos retrotraen a historias que nunca desaparecerán de la memoria. “Habrá dos fechas en tu tumba. Todos tus amigos las leerán pero lo relevante será ese pequeño guión entre ellas”, dijo un día el cantante country Kevin Welch. Mi tumba en Sarajevo pertenece a Nalena Skorupan (1993-1994). El guión cuenta que murió el 8 de enero de 1994 por las heridas sufridas en un bombardeo contra su casa ocurrido dos días antes. Tenía 73 días.

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