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Blog - Los desastres de la guerra

por Gervasio Sánchez

Conjugar la paz y la guerra

Pareja en Zadar
Pareja en Zadar

VIAJE A LOS BALCANES Y RUMANIA (1)

He viajado a los Balcanes y Rumania durante este verano. Miles de kilómetros en coche desde Zaragoza para redescubrir en Croacia, Bosnia y Serbia aquellos parajes donde se desarrollaron sus guerras civiles y para recorrer por primera vez Rumanía, un país desconocido a pesar de casi el millón de rumanos que viven en España. La serie, que empieza hoy, durará hasta el próximo domingo

Zadar (Croacia)

Siempre he querido viajar. Pensaba cuando era un niño que los periodistas viajaban. Uno de mis sueños es dar la vuelta al mundo. Conocer los cien países que no conozco, conocer mejor los cien países que conozco. Cuando recibí la invitación para dar un taller en Srebrenica (Bosnia-Herzegovina), durante el funeral masivo que celebra el 11 de julio de cada año desde el 2003, decidí que iría hasta allí con mi coche.

No era la primera vez que viajaba desde Zaragoza hasta los Balcanes. En 2002 hice uno de mis viajes más queridos (6.696 Kilómetros) con mi mujer y mi hijo que tenía entonces cuatro años. Visitamos todas aquellas ciudades donde había trabajado durante las guerras balcánicas y aquella experiencia inolvidable la plasmé en un serial en Heraldo de Aragón.

Cuando Alfonso Armada, uno de los mejores periodistas que he conocido en toda mi vida, se enteró de mi intención, decidió que me acompañaría. Durante los meses anteriores me había comentado que quería publicar los diarios que escribió durante sus viajes profesionales en 1992 y 1993 a Bosnia para cubrir los acontecimientos del matadero balcánico. No había vuelto desde entonces. Era una de sus asignaturas pendientes, una ocasión ideal para resolver muchos enigmas que pululan durante años por la conciencia de los que nos hemos enfrentado a la violencia total.

Salimos de Zaragoza el 3 de julio a las 8,30 de la mañana. Nuestra intención era parar lo menos posible mientras recorríamos el primer millar de kilómetros por autopistas españolas, francesas e italianas. Desde que estuvimos en la guerra de Liberia en 1996 no íbamos a pasar juntos tanto tiempo.

Alfonso Armada en Gospic (Croacia). Fotografía de Gervasio Sánchez

La distancia (fue corresponsal en Nueva York durante años y hoy vive en Madrid) y el ritmo frenético de vida que solemos llevar nos impide disfrutar de conversaciones sin tiempo limitado. Una pena porque tendríamos que ser capaces de pararnos de vez en cuando y rellenar nuestro interior de carburante anímico con encuentros con aquellas personas a las que podemos transmitir nuestras dudas más ocultas.

La primera jornada la dedicamos, como no podía ser de otra manera, a hablar de periodismo. De la crisis económica y de identidad, de las  traiciones a los principios básicos de nuestra profesión. Alfonso Armada trabajó muchos años en El País. Estuvo al frente del inolvidable Temas de nuestra época que se publicaba semanalmente. Todavía guardo decenas de aquellos dosieres que me han servido para introducirme en países y temas con más solvencia.

Lo conocí en Sarajevo el sábado 29 de agosto de 1992, día de mi cumpleaños. Era su primera cobertura en zona de guerra. Escribió piezas inolvidables. Los siguientes años los pasamos viajando juntos a los Balcanes y a diferentes crisis africanas. Arturo Pérez Reverte nos llamaba Zipi y Zape. Me pareció increíble que El País dejase escapar a su mejor periodista a finales de 1998. Había recibido una oferta de ABC, pero él hubiera continuado en su diario de toda la vida si el director hubiese sido más dialogante.

Una vieja amiga nos hizo un hueco en su bellísima casa genovesa y nos pusimos las botas en una pizzería de gran calidad. No había vuelto a esta ciudad desde 1981. Ya he apuntado su nombre en mi agenda de ciudades a las que regresar lo antes posible.

Me encanta el servicio de peajes de las autopistas italianas. Coges el ticket en Génova y pagas en Trieste, 500 kilómetros después. Más barato que en España aunque la gasolina está mucho más cara. El francés es insufrible. En las autopistas del Mediterráneo tienes que parar más de una docena de veces para coger los tickets y pagar el coste. También me gustan las autopistas italianas porque en sus restaurantes sirven cafés muy buenos. Nuestra experiencia nos ha confirmado que el café de las españolas y las francesas es imbebible.

Trieste era la ciudad donde empezábamos nuestras aventuras balcánicas. Llegábamos en avión, recogíamos el coche alquilado, firmábamos los papeles por los que nos comprometíamos a no viajar a los Balcanes, y veinte kilómetros después, la distancia entre la ciudad italiana y Eslovenia, nos aventurábamos por carreteras desiertas que nos  acercaban a los escenarios más horrorosos de aquellas guerras civiles.

Nunca había tiempo para darse un chapuzón en las hermosas playas de piedra que aparecían después de cualquier curva en aquellas carreteras de asfalto rugoso y peligro permanente.  En los últimos años los croatas, como la mayoría de los balcánicos, han madurado en la conducción y las carreteras han mejorado, pero en aquellos años había que conducir sin un segundo de relajación sino querías acabar en una cuneta o saltar por un precipicio.

Casa destruida en Gospic (Croacia) durante la guerra de 1991. Fotografíoa de Gervasio Sánchez

Después de un baño y una comida rápida decidimos abandonar la carretera principal de la costa y dirigirnos a Gospic. Era mi tercera visita para recibir las mismas respuestas. Nadie quería hablar de las casas quemadas que todavía hay en el pueblo. Nadie recordaba lo que había pasado. La memoria se había desvanecido con la misma fortaleza con la que había crecido el nacionalismo croata.

Gospic estaba habitada por nueve mil habitantes, un 40% serbio cuando estalló la guerra. En el otoño de 1991 el ejército croata me impidió el paso. Lo volví a intentar en 1992 con el mismo resultado. La tercera tentativa, el domingo 27 de junio de 1993, la hice con Alfonso Armada. El pueblo parecía una copia pequeña de Vukovar, ciudad croata arrasada por la aviación y artillería yugoslavas. Había barrios enteros destruidos. 

Nos encontramos a un tal capitán Bulic que sólo contaba los muertos de su lado. Nos dijo que los serbios abandonaron voluntariamente el pueblo. Pero fueron obligados a marcharse. Los que se quedaron fueron asesinados.

La masacre de Gospic ocurrió entre el 16 y el 18 de octubre de 1991. Una unidad militar del ejército croata asesinó a unos 100 civiles locales, la mayoría serbios. Los asesinatos continuaron después. Los vecinos aprovecharon el caos y la confusión para robar las propiedades de los vecinos muertos. Años más tarde fueron condenados el comandante de la unidad, Mirko Norac, y otros cuatro de sus miembros.

La noche la pasamos en Zadar, una ciudad que habíamos conocido con sus hoteles llenos de refugiados croatas que huían del terror impuesto por las milicias serbias. Fue relajante cenar y dormir en una ciudad turística con centenares de personas paseando por su hermoso paseo marítimo.

Una pareja observa el paso de una embarcación en el puerto de Zadar. Fotografía de Gervasio Sánchez

Si Gospic fue la patria de los criminales croatas, Murvica fue la hecatombe de los civiles croatas. 200 casas fueron arrasadas por milicianos serbios. Le pedí a Alfonso que me acompañara a esta aldea cercana a Zadar. Quería reencontrarme de nuevo con María Zilic. En febrero de 1993 la acompañé a su pueblo. Regresaba después de casi dos años. Su casa estaba completamente destruida. Apenas se había salvado un par de tazas y una tetera. La vi llorar sin quejarse. Como si ya supiera lo que se iba a encontrar.

En agosto de 2002 me reencontré con ella. Su marido Ivo acababa de morir. Una de sus hijas hizo de traductora. Le presenté a mi familia. Todavía la recuerdo acariciando a mi hijo de cuatro años que corría por el jardín de su casa reconstruida. Pensé que se iba a mostrar huidiza y, en cambio, nos sacó un buen jamón de Dalmacia, un licor de uva y unos tomates con sabor auténtico.

Esta vez saludé a una Maria sin memoria como si el pasado pesase demasiado en el ocaso de su vida y con un pie hinchado por culpa de la mala circulación, con la que no me pude comunicar al no tener traductor. Me dio pena que ya no me identificase. Pero siempre la recordaré como una mujer que simboliza la fortaleza de los supervivientes.

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