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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

Quiniela eurovisiva 2013

Imagino la cara de sorpresa, y puede que de otra cosa peor, que pondrán algunos de los habituales de este blog al ver esta entrada… Pero de nuevo se destapa en mí esa atávica y patógena devoción por el Festival de Eurovisión y ante la nueva edición del sábado próximo, como TVE las tiene en su web, ordenaditas y con sus vídeos correspondientes, me he dado una vuelta por las 39 canciones que este año concursan, sí, en el festival de festivales, en esta longeva cita que, pese a los cañonazos que se le pegan cada año, no solo mantiene la audiencia sino que la eleva de edición en edición, siendo millones los espectadores los que lo siguen.

No se olvide: es un simple espectáculo-concurso televisivo en el que quizá lo que menos importe sea la música y sí los modelitos, las hechuras de los participantes, las caras bonitas, la geopolítica, los efectos especiales, la fastuosa puesta en escena tecnológica... En esto ha quedado aquel festival de los 60-70 donde, entonces sí, primaban las canciones y de donde salieron inolvidables canciones y participaron grandes artistas. Y donde tocaban grandes orquestas y la música era en directo, que es lo peor que le ha podido ocurrir al festival en los últimos tiempos: quedarse sin música en directo. ¡Qué paradoja! Un festival musical sin música en vivo. Solo las voces son en directo. Pero aún con estas taras, es el acontecimiento que más espectadores reúne delante del televisor en Europa, por encima del partido de fútbol de mayor categoría. La razón es bien simple: participan 39 países, mientras que en un partido de champions solo son dos.

Consideraciones al margen, tras la vuelta por las 39 canciones, que para la final se reducirá, luego de las semifinales, a una veintena aproximadamente, la conclusión principal de quien suscribe, ya en términos musicales, es que no hay ni una sola canción que vaya a quedar para el recuerdo. No diría que son bodrios, ni desmerecería a gente que le ha echado ilusiones a manta, pero el nivel, volviendo de nuevo a los viejos tiempos, ay, es bajito, bajito.

Priman las solistas femeninas, un total de 17, por 10 solistas masculinos, 5 dúos, un trío femenino y seis grupos. Y prima la balada frente al chumba-chumba festivalero, 18 a 11, respectivamente. Hay un rock albanés, cinco canciones más o menos pop y varias en las que asoma el perfil étnico de cada país participante, incluida España, que va a dejar a cuadros a los europeos cuando oigan gaitas celtas y no la typical guitarra flamenca. No tiene muchas posibilidades la pieza de El Sueño de Morfeo, pero a saber en un concurso como este donde entran en juego tantos factores.

Nunca acierto en los pronósticos y supongo que una vez más fallaré en el dictamen final sobre la ganadora. La favorita, según encuesta entre 'eurofans', es Dinamarca, y es posible que así sea: la chiqueta es guapita y dulce, canta bien y la canción, con flauta incluida, es pegajosa y bailona. Me temo, no obstante, que no ganará. En plan disco-bailongo, igual Alemania o Serbia tiene más posibilidades. Mi favorita es la francesa, pop cuasi indie y sugerente, sin músculo alguno de festival, por lo que se la cargarán a las primeras de cambio.

Pero no sé por qué me da que este año será una baladita la que se lleve el gato al agua. La de Rusia, clásica, con cuerdas y en inglés (ay, si las mesnadas bolcheviques levantaran la cabeza), la rockera en plan AOR de Armenia, la de Estonia, también clasicista, Italia o Moldavia, podrían estar dentro de la quiniela de ganadoras. No, la veterana Bonnie Tyler, como el año pasado Engelbert Humperdinck, me temo que se irá al garete. El Ruayan Uni, con todo lo que es y representa en la música, no le coge el paso al festival ni de coña, va como pollo descabezado edición tras edición. A este paso, no extraña que al año que viene saquen del baúl a Cliff Richard…

Bueno, son todo lucubraciones de un melómano con raras desviaciones patológicas, que seguramente proceden de la niñez de mi generación, de aquellos tiempos de privaciones tecnológicas y pocos divertimentos, amén de las consabidas ataduras del franquismo, en que el festival se seguía como la Copa de Europa de fútbol -menudo petardazo de autoestima el de Massiel- y las canciones se convertían, incluso no ganando, en hits imperecederos. Si hay alguien por ahí, que siga la fiesta actual de Eurovisión, como el que sigue un trivial programa de entretenimiento televisivo, o volcado como si el club de sus amores jugara una final, o incluso el más furibundo detractor, diga algo o calle para siempre. Hagan apuestas. ¿Adónde irán los points?

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