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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

La frivolidad de los Grammy

Los Grammy no han sido especial santo de mi devoción nunca. Es más, siempre los he considerado como una gallofada, una celebración estéril de la música, una tómbola barata en la que prácticamente nadie se queda sin premio. Por supuesto, no son el reflejo de la música de un año. Abundan las medianías. Así que cuando las marcas, las discográficas, los mánagers e incluso los periodistas tratan de 'vender' a un artista porque ha conseguido no-sé-cuantos Grammy en una gala, como que me la trae al pairo. Ese no es el nivel que me sirve para medir su valía. Más bien, todo lo contrario.

En la gala del pasado domingo de madrugada, el grupo británico Mumford & Sons se llevaron el premio gordo, al conseguir el Grammy al mejor álbum del año por 'Babel'. Nada más ver el titular en Internet, ya se me vino todo abajo. ¿Mejor disco del año? ¿Y qué fue de otros jóvenes como The Vaccines, Howler, Beach House, The Walkmen…, por no recordar sagradas luminarias como Dylan, Neil Young o Leonard Cohen?

En su momento, despaché 'Babel' en el apretado espacio de la página de discos de Heraldo con tres estrellitas y estas líneas: “Son la nueva sensación del folk británico con solo un primer álbum, 'Sigh No More' (2009), que ahora tiene continuidad en este segundo. Lejos de seguir la tradición británica de los Fairport y compañía, los Mumford se van hacia el folk americano, con el uso de banjos y hasta haciendo versiones de Simon & Garfunkel. Agradable”. Simplemente eso, agradables, pero de ahí al mejor álbum del año…

El colmo vino cuando hace un par de sábados, o así, La 2 de TVE, emitió una hora de concierto del grupo en Londres. Tenía curiosidad por ver el 'fenómeno' en directo pero cuando a la segunda o tercera canción todo se resumía en ver cuando el violinista se soltaba y el personal se ponía a botar en plan fiesta de rodeo, ya estaba todo dicho. No había más que ver ni oír por mucho que se fueran agregando invitados y de lo acústico se pasara a lo eléctrico. Faltaba chicha por todos lados, sobraba repeticionismo a raudales.

Así que este galardón, por mucho que los Black Keys (creo que otro grupo sobrevalorado) se hayan llevado cuatro gramófonos, confirma mi percepción sobre estos premios: una frivolidad genuinamente americana (por no tacharlos más fea y crudamente).

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