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Blog - Al Alba

por Mariano Gistaín

Una idea, una ilusión

El gobierno era el primero que creía en la inminencia del fin del mundo. Por eso no ha solicitado el rescate. Aún cree.

La monserga independentista es una ilusión. Un algo. Cuando no hay más que espanto y tijeretazos y pedir para pagar las nóminas, una ilusión, por muy descabellada que sea, tiene un valor de futuro: los futuros no solo son productos financieros, aunque en los últimos años han monopolizado el significado.

La única forma de combatir una ilusión es con otra ilusión mejor, más seductora, más brillante. En eso falla el Frobierno español, que no está para ideas ni futuros. Lo contable es incontable. Y por eso no se dice: se asesta.

A la crecida independentista habría que alternativizarla con algo mejor, pero la idea tarda en aparecer. Aparesoir. Es verdad que cualquier idea no recaudatoria enseguida se ve como un residuo tóxico de aquel innombrable ZP, pero hay que superar ya esa época y sus delirios.

Hay que alumbrar una idea de futuro, pero los focos nutricios de los partidos se han adormecido a fuerza de dinero fresco: todo el esfuerzo se les ha ido en blindarse. ¿Qué tal convocar un concurso de ideas? Salve usted a España y le damos un bono de Zara, que es lo único que se ha salvado del antiguo efímero esplendor.

Una ideíca que no sea resistir y oponer. Una ilusión española que no sea el anuncio caspa total que encarna Fofito: parece un spot del Sareb.

Ha de ser algo que pueda entusiasmar al populacho (la idea de ciudadanía ya cae a desmano, por Andrómeda). ¿Algo relacionado con el ejercicio de la democracia? Caliente caliente. ¿Algo que pueda dar una esperanza a un mundo manejado por vivales que no se presentan a las elecciones? Todo esto es peligroso, pero es rentable, vendible, exportable. Se llama democracia. Y, con las prisas y las deudas, la hemos olvidado.

La propuesta de CIUERC se supera con argumentos de futuro entre todos. Ya que la crisis no lo ha sido, el independentismo podría ser un buen pretexto para ponerse a pensar. Uf.

La idea, para seducir al gentío ha de ir al hueso. Un ejemplo inverso: la ley de transparencia está pensada para blindar la opacidad. No sirve.

La idea, si va al hueso, ha de ir en el sentido de ampliar la capacidad y la frecuencia de decisión de la ciudadanía. O sea, ha de limitar el poder satrápico de los gobiernos en todos sus cinco o seis niveles. Ha de utilizar la tecnología de su tiempo: para la transparencia y para el voto por smartphone. Certificado digital fácil y seguro.

Claro, qué gobierno va a hacer eso.

El primero que lo haga pasará a la historia y rentabilizará el único subsector (o nicho) que aún no está en el mercado, y que es el único que puede salvar al planeta: la democracia.

Parece que los gobiernos solo quieren jubilarse en una multinacional hereditaria y opíparamente.

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