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Blog - Los desastres de la guerra

por Gervasio Sánchez

El horror ruandés

Gervasio Diapo 34 RET
Gervasio Diapo 34 RET

Muchas veces me han preguntado cuál ha sido la situación más horrible que he tenido que documentar.  A pesar de que nunca me ha gustado comparar un conflicto con otro, a pesar de que he visto morir a muchas personas en guerras de diferentes continentes y épocas, he de reconocer que la cumbre del sufrimiento, mi particular  corazón de las tinieblas, fue Goma durante el verano de 1994.

Literalmente tuvimos que pisar cadáveres para movernos en los campos  de refugiados. Los enfermos de cólera, disentería o malaria miraban a la cámara, agonizaban y morían. En tres disparos imprimías el tránsito entre la vida y la muerte. Podías elegir los muertos o esperar la mejor luz porque casi nadie se quejaba o te molestaba.

Fue un largo viaje desde Madrid a Goma, en el antiguo Zaire, con escalas en Bruselas, Kinshasa y Kisangani. Viajaba de nuevo junto a Alfonso Armada.  Aunque llegamos muy cansados  buscamos un hotel, un coche y un traductor y nos pusimos a trabajar. Lo primero que hicimos fue acercarnos al orfanato de Nyundo. Había muchos periodistas y fotógrafos, pero nosotros éramos los primeros españoles. Un amigo nos había dicho: “Si queréis presenciar el caos total iros a ese lugar”.

Los camiones repletos de niños enfermos de cólera llegaban a las puertas del orfanato y los trabajadores cogían a los pequeños y se los llevaban al interior. El lugar estaba preparado para asistir a unos centenares de niños, pero había más de 4.000. Muchos estaban a la puerta de la muerte. El cólera y otras enfermedades habían aniquilado sus defensas. Se les lavaba, se les tumbaba en unas colchonetas verdes y se les suministraba suero. Las bolsas eran clavadas en la pared y allí se quedaban hasta que se vaciaban.

Enfoqué mi cámara a un grupo de niñas al borde de la muerte y una ellas hizo un gran esfuerzo para levantar su brazo y golpearme débilmente. Apenas podía emitir un simple gemido, pero sentí que aquella criatura me estaba diciendo: “¿Por qué no me dejas morir tranquila?”

Varias niñas ruandesas agonizan víctimas de cólera en el orfanato de Nyundo. Fotografía de Gervasio Sánchez

Estuve deambulando por las diferentes habitaciones. Muchos niños lloraban, otros apenas se movían. Los enfermeros iban sacando a los que morían y a los pocos segundos los huecos eran ocupados por otros moribundos.

Apenas llevábamos unas horas en Goma y habíamos contando centenares de muertos. Ante la falta de agua y ayuda humanitaria, los ruandeses esperaban la muerte tumbados en sus esteras.

Visitamos el campo de Ngangi donde las monjas españolas Sabina Irigui y Encarna Fernández intentaban contener a los enfermos que se agolpaban en el dispensario. “Hace dos días enterramos a seis personas, ayer a treinta y hoy a cien”, nos resumió una de las religiosas.

Sólo un ciego no podía ver que la situación estaba fuera de control, pero la ONU seguía mintiendo en sus informes e impedía que se diese la voz de alarma para que llegase ayuda internacional a gran escala y frenase la catástrofe. Hubo varias ruedas de prensa en las que los periodistas llamaron irresponsables a los funcionarios del organismo por esconder la verdad.

A primera hora tarde teníamos información para escribir muchas crónicas. Francia había desplegado centenares de soldados y habían montado un centro de prensa decente donde había un par de teléfonos satélites. Había que hacer cola para mandar las crónicas, pero se podía transmitir con relativa facilidad.

Cuando llegamos al hotel cenamos algo rápido y nos fuimos a dormir. La primera jornada había sido agotadora, pero apenas habíamos visto una minúscula parte de aquel gigantesco desastre. Antes de apagar la luz en la habitación le dije a Alfonso: “Tenemos que hacer una comida decente al día si no queremos enfermar”.

La segunda jornada fue abrasadora para nuestras conciencias. Nuestros ojos no daban abasto. Era imposible sintetizar lo que ocurría porque la muerte corría más deprisa que el pensamiento. Lo que ayer te impresionó, hoy era un triste recuerdo lejano ante la magnitud de la tragedia.

La ONU seguía mareando la perdiz. Hablaba de un muerto cada minuto, es decir casi 1.500 al día, pero nuestras cuentas (los periodistas visitábamos diferentes campos y luego nos juntábamos para hacer un balance más general) triplicaban las suyas.

Munigi era llamado el campo de la muerte. Médicos sin Fronteras hacía una tarea titánica para detener el cólera. “Si llegas al principio de la epidemia de cólera, puedes controlarla. Si no es el desastre”, nos resumió Isabel Subirats de 26 años mientras intentaba encontrar la vena a un niño que agonizaba.

Miles de cadáveres hinchados seguían pudriéndose en las cunetas y en los campamentos. El hedor era insoportable. Hasta que, por fin, un enviado especial de la ONU, que se había paseado unas horas por Goma y alrededores, reconoció que la situación humanitaria estaba fuera de control poniendo en evidencia a los portavoces del organismo sobre el terreno.

La uruguaya Mercedes Sayagues, portavoz del Programa Mundial de Alimentación, admitió que nunca se había producido un éxodo masivo como aquel en tan pocos días, pero tampoco se mordió la lengua a la hora de criticar a la ONU por carecer de un plan piloto de emergencia. “Cada vez que hay una emergencia hay que poner el sombrero entre los países ricos para recoger el dinero”, ironizó durante una entrevista con Heraldo de Aragón.

El gobierno israelí dio una gran lección de dignidad al mundo desarrollado y, especialmente a Estados Unidos y Francia, que se habían dedicado a hacer shows declarativos para las televisiones. En apenas 48 horas de la toma de la decisión un gran hospital militar de campaña, trasladado en ocho aviones Hércules, ya funcionaba a pleno rendimiento y sus 15 médicos y sus decenas de enfermeras y auxiliares estaban salvando a centenares de personas diarias de una muerte segura.

El ministro de Medio ambiente israelí me comentó que estábamos ante la mayor tragedia de la humanidad de último medio siglo. “Había visto imágenes por televisión, pero la realidad es mucho peor. Esta tragedia no se puede describir con palabras”, afirmó.

A los pocos días de regresar de Goma viajé a Siria de vacaciones con mi mujer. Me sentía muy triste y me costaba trabajo expresar lo que rondaba por mi cabeza.  Durante tres días no dejé de enfocar  y disparar contra las ruinas de la bellísima Palmira a 40 grados a la sombra.

Las imágenes de Goma supuraban mi conciencia. Necesitaba sanearla con otras fotografías más bellas. Aquellas secuencias horribles que había presenciado en directo tenían que ser sepultadas en las profundidades del subconsciente para siempre. Una batalla perdida porque las imágenes nunca dejan de perseguir a sus dueños.

Imágenes del suplicio ruandés (1) Publicado el domingo 7 de agosto de 1994

Imágenes del suplicio ruandés (y 2)

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