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Blog - Los desastres de la guerra

por Gervasio Sánchez

Desesperación, muerte y abandono

Gervasio Diapo 22 RET
Gervasio Diapo 22 RET

Los días de aquel infernal junio de 1992 pasaban lentamente bajo continuos bombardeos. La desesperación comenzaba a hacer mella en los ciudadanos. La ONU tiraba la toalla y retiraba a sus soldados del aeropuerto de Sarajevo. Los escasos convoyes humanitarios que atravesaban el cerco apenas servían para dar de comer a unos centenares de residentes.

Una mañana abandoné muy decaído un centro de desplazados situado en el centro de la ciudad. Había visto a niños y mujeres con las miradas perdidas que temblaban cada vez que se escuchaba una explosión. Era 16 de junio, el cumpleaños de mi mujer, y no había podido felicitarla. Los teléfonos habían dejado de funcionar.

Paseaba por el desolado barrio turco cuando me paré a la entrada de un café. Observé que una pareja estaba descorchando una botella de Freixenet. Me hizo gracia: la ciudad ardía, las víctimas morían sin saber por qué y allí había un hombre y una mujer en plena celebración. Puro surrealismo bélico.

Era el cumpleaños de la chica. Con señas y mostrando una fotografía de mi mujer que llevaba en la cartera les hice entender que aquel día también era importante para mí. Me ofrecieron un vaso de plástico y me lo llenaron hasta el borde. Llevaba dos semanas sin tomar una gota de alcohol. Me lo bebí casi de golpe.

Las noticias desde el exterior eran confusas. Se estaban produciendo combates entre croatas y musulmanes en la ciudad de Travnik. En teoría combatían juntos contra los serbios. Aquella situación demostraba la complejidad del conflicto bosnio en el que ya participaban grupos paramilitares que defendían sus propios intereses.

Unos meses después la rotura de esta coalición croata-musulmana provocó una nueva guerra que desangró Bosnia-Herzegovina y multiplicó el número de desplazados y refugiados.

Cuando llevábamos dos semanas en Sarajevo llegó un paquete desde Belgrado enviado por la agencia Associated Press a su fotógrafo Santi Lyon. Lo abrimos excitados. Había queso y chocolate. Mi mujer me comentó semanas después en Zaragoza: “Pensé que el hambre te haría comer queso”. No lo llegué a probar, pero acabé odiando el chocolate. Pasé un año sin probarlo después de abandonar la ciudad cercada.

Un hombre yace muerto en el suelo alcanzado por la carga de un proyectil. Fotografía de Gervasio Sánchez tomada el 22 de junio de 1992 en Sarajevo

Nunca olvidaremos el lunes 22 de junio. Nos levantamos más tarde que ningún otro día. El cansancio nos amarraba a la cama. Era difícil conciliar el sueño. Sin desayunar nos montamos en el coche y empezamos a recorrer las calles. Los transeúntes caminaban nerviosos. Era uno de esos días que te dan mala espina.

Paramos el coche en la calle Mariscal Tito y nos situamos en un cruce a cubierto. Los bosnios estaban disparando contra las colinas. “No me gusta nada. Hay mucha gente en la calle. Si los serbios disparan será una matanza”, le comenté a Santi. Él asintió.

“Esperando los muertos”, nos gritó un transeúnte. Yo le dije de todo. Dos periodistas extranjeros ya habían muerto desde el inicio del cerco y media docena habían sido heridos muy graves. Allí no estábamos para divertirnos. Había muchas posibilidades de no salir vivos de aquel infierno.

Minutos después escuchamos un largo silbido y una tremenda explosión a dos centenares de metros. Vimos a un hombre y a una niña aterrorizados que se encontraban en una zona batida por francotiradores. Una esquirla se había incrustado en el tobillo del hombre que sangraba profusamente.

Se apoyó en el hombro de Santi mientras yo intentaba calmar a la cría que gritaba histérica. Tuve que darle un sonoro bofetón para que atendiera mis indicaciones. La niña me miró petrificada. La cogí de la mano y corrimos hasta el coche. Los llevamos al hospital.

No habían transcurrido diez minutos cuando empezaron a llegar ambulancias cargadas de heridos. Los médicos los dividían según la gravedad. Uno de los doctores tapó con una sábana el cuerpo destrozado de un hombre de edad mediana y ordenó que lo trasladaran a la morgue.

Regresamos a la calle Mariscal Tito. La artillería serbia disparaba sin cesar. Unos compañeros nos indicaron donde había caído el último proyectil. Nos cruzamos con cuatro hombres que pedían a gritos un coche para trasladar a un herido que llevaban en volandas.

Muchas veces he pensado en lo que pasó unos segundos después. Y siempre he llegado a la misma conclusión: no sé cómo seguimos vivos. La explosión se produjo a menos de 30 metros. Caí al suelo por la onda expansiva y me levanté aturdido con un zumbido constante en el oído. La nube de polvo comenzó a diluirse. La escena dantesca se hizo  más nítida.

Vi a un hombre muerto boca abajo y lo fotografié. Otro hombre herido estaba doblado como si fuera un muñeco. En un pasadizo cubierto había dos muertos más y un joven que se sujetaba las piernas destrozadas como si se hiciese un torniquete. Miraba aturdido sin dar crédito a lo que acababa de pasar.

“Vamos a buscar el coche y los llevamos al hospital”. El comentario de Santi me devolvió a la realidad. Me di cuenta de que estaba temblando. Disparaba la cámara mecánicamente sin precisión.

El resultado de aquella cosecha de muerte y desesperación en apenas 15 minutos de intensos bombardeos fue terrible: ocho muertos y más de ochenta heridos.

Por la tarde después de enviar las crónicas y las imágenes que volverían a ocupar las portadas de todos los diarios del mundo al día siguiente nos relajamos. “¿Qué pensará aquel tipo que nos gritó esta mañana cuando se enterase de la matanza?”, me preguntó Santi. “Pues creerá que tenía razón: que estábamos esperando los muertos”, le contesté sin ganas de buscar otros argumentos.

Aquella tarde también decidimos abandonar Sarajevo. El fotógrafo que tenía que relevar a Santi estaba en camino. Llegó al día siguiente por la tarde. La jornada del miércoles 24 de junio la dedicamos a enseñarle los puntos más peligrosos de la ciudad y las calles más seguras que había que utilizar para evitar ser alcanzado por los francotiradores. Fuimos a varios entierros y visitamos la sala de urgencias del hospital.

No nos pudimos integrar en un convoy humanitario de la ONU que abandonó Sarajevo ese mismo miércoles en dirección a Belgrado, nuestro punto de destino.

Habíamos entrado solos en Sarajevo casi tres semanas antes y tendríamos que salir solos. El jueves 25 de junio iniciamos el peligroso viaje de salida sobre las nueve de la mañana. Atravesamos las líneas, la peor situación que se vive en una guerra, y nos dirigimos al aeropuerto cuya pista de aterrizaje inutilizada teníamos que recorrer para llegar a un camino rudimentario que nos permitiría abandonar, por fin, Sarajevo.

“Juro que nunca volveré a esta ciudad”, grité cuando comenzamos a ascender por una trocha carrozable. La panorámica de la capital bosnia era espectacular. No podía imaginar que volvería muchas veces a Sarajevo durante los tres siguientes años. El viaje hasta Belgrado apenas duró seis horas.

Una vez en la capital serbia hablé con HERALDO para que me preparasen el regreso a casa. Dos horas después supe que tendría que viajar por la noche hasta Budapest en tren y coger un vuelo temprano hasta Madrid. Pero antes nos dimos un gran atracón en el restaurante del hotel.

"La ciudad se llenó de desesperación"  (Portada de Heraldo de Aragón) Martes 23 de junio de 1992

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