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Blog - Los desastres de la guerra

por Gervasio Sánchez

Por fin la paz en El Salvador

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Durante los ocho años que viajé a El Salvador para cubrir su guerra civil siempre tuve muy claro que también regresaría el día en que se firmase la paz. Los últimos meses de 1991 sirvieron para acercar posturas entre el gobierno y la guerrilla y poco antes de Navidad se anunció que el minúsculo país centroamericano por fin alcanzaba el sueño de la paz. Preparé un reportaje para Heraldo de Aragón que se publicó el domingo 12 de enero de 1992 e hice el equipaje para regresar al país donde había empezado a trabajar como periodista meses después de finalizar mis estudios universitarios en 1984.

Muchos episodios dantescos de la guerra fratricida ocuparon un espacio estelar en mi memoria durante aquellas jornadas navideñas. Recordé combates sangrientos, matanzas terribles de campesinos estudiantes y sindicalistas, asesinatos de misioneros, amigos y amigas que habían muerto a lo largo de los años más sangrientos.

En El Salvador vi por primera vez a niños soldados y guerrilleros combatiendo y muriendo. Algunos eran tan pequeños que tenían dificultades para blandir su arma. Recordé que una mañana de marzo de 1989 llegué al cementerio de Chalatenango para fotografiar el resultado de los fuertes combates nocturnos. Media docena de guerrilleros adolescentes estaban alineados a la entrada. Sus familiares habían acudido a identificarlos, pero nadie se atrevía a relacionarse con aquellos niños muertos por miedo a sufrir represalias. Los cuerpos estuvieron horas allí tirados hasta que los soldados se marcharon.

Habían pasado más de 11 años desde que comenzó a hablarse de paz y todos los encuentros habían fracasado. Se estuvo más cerca que nunca en 1984 cuando el presidente democratacristiano Napoleón Duarte se reunió con el socialista Guillermo Ungo, el representante del brazo político de la guerrilla, pero ambos eran enemigos viscerales y fueron incapaces de encontrar una salida negociada.

Tuvieron que morir varias decenas de miles de salvadoreños y, sobre todo, producirse la caída del muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría para que se alcanzase la paz. La derrota de los sandinistas en Nicaragua en febrero de 1990 y las dificultades económicas en Cuba también influyeron.

En marzo de 1989 cubrí las elecciones que ganó el presidente Alfredo Cristiani, representante de los sectores más recalcitrantes y extremistas de la sociedad salvadoreña. Aquel triunfo anunciaba un incremento de la violencia.

Los dueños de El Salvador eran trece familias muy poderosas que controlaban todos los resortes del poder político, económico y militar y que actuaban como si todo el territorio fuese una hacienda particular. En los años treinta se habían producido  sublevaciones campesinas aniquiladas a sangre y fuego. La última reforma agraria, decretada por un gobierno cívico-militar en marzo de 1980, había provocado el inicio de la guerra y el asesinato de miles de campesinos.

Pero tuve ocasión de reencontrarme con el jesuita Ignacio Ellacuría, que sería asesinado meses después. Me dijo que la llegada de Cristiani podía ser una buena oportunidad para alcanzar la paz. Al ver mi cara de incredulidad me recordó que el nuevo presidente pertenecía a la exclusiva oligarquía conservadora, el verdadero poder político y paramilitar. A los verdaderos amos del país no les quedaban otro remedio que aceptar la negociación si no querían una guerra eterna.

Un soldado salvadoreño dialoga con su novia en Suchitoto. Fotografía de Gervasio Sánchez

Mientras preparaba mi nuevo viaje a El Salvador recordé aquella conversación. Al poco de iniciarse la guerra Ellacuría ya había dicho que la guerrilla salvadoreña no sería derrotada a no ser que hubiese cien mil o doscientos mil muertos. El jesuita de origen español convenció a los guerrilleros de la importancia de negociar con Cristiani para conseguir la paz. Siempre se ha especulado con la posibilidad de que esta actitud le costase la vida. Era un hombre muy peligroso para los sectores ultras que querían acabar con la guerrilla a cualquier precio y los enemigos de llegar a acuerdos políticos que produjesen reformas profundas en el país.

Llegué a El Salvador después de más de 24 horas de vuelos y retrasos, me alojé en mi hotel favorito (que seguía costando un puñado de dólares) y me metí en la cama con la intención de levantarme muy temprano y viajar a Suchitoto, una de las localidades más golpeadas por la violencia, uno de esos pequeños pueblos emblemáticos que cada guerra acaba creando.

Los escuadrones de la muerte tuvieron años muy productivos en Suchitoto. El ejército bombardeó con especial saña los barrios periféricos controlados por la guerrilla que intentó varias veces convertir el pueblo en una plaza liberada. Su control hubiese facilitado el paso de guerrilleros desde el norteño departamento de Chalatenango, donde se encontraba sus principales unidades de combate, y el volcán San Salvador, en los aledaños de la capital.

Cuando llegué muy temprano a Suchitoto ya había mucha gente en la calle a pesar de que era domingo. Siempre me ha impresionado esa capacidad laboral que tienen los salvadoreños, muy difícil de ver en países tan castigados por la climatología. Ese día hablé con decenas de personas e hice un buen puñado de buenas fotos que recogían escenas de posguerra en una población machacada por años de violencia. Daba gusto retratar aquella transformación.

Me quedé de piedra cuando visité el cantón de San Luis de Aguacayo, a tres kilómetros del centro. No había visto tanta destrucción ni en las ciudades más bombardeadas de Croacia. Había sido arrasado al principio de la guerra. Cien familias fueron diezmadas y sólo tres se habían atrevido a regresar. Victoria López había perdido a cinco de sus ocho hijos, tres de ellos asesinados por los escuadrones de la muerte. Estaba trastornada y apenas tenía momentos de lucidez. Sentía que llegaba tiempos mejores.

Unas jóvenes van a buscar agua a una fuente durante un alto el fuego. Fotografía de Gervasio Sánchez

Hablé con el alcalde derechista que reconoció los asesinatos de los escuadrones de la muerte. “Hubo muchas familias que fueron barridas completamente. Muchos querrán vengarse porque los asesinos son conocidos”, me confesó. Algunas cifras afirmaban que un millar de personas murieron en esa zona durante los 12 años que duró la guerra.

Hacía semanas que no se escuchaban disparos ni siquiera de forma esporádica. Como días después vería en los campamentos guerrilleros los soldados regulares ocupaban el tiempo en pasear relajadamente por el pueblo. Algunos aprovechaban los permisos para tontear con sus novias mientras los fusiles descansaban en el suelo. La muerte y destrucción habían sido sustituidas por el silencio y un sueño: la paz.

El sueño de la paz en El Salvador (1) (Reportaje publicado el domingo 12 de enero de 1992)

El sueño de la paz en El Salvador (2)

El sueño de la paz en El Salvador (y 3)

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