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Blog - Los desastres de la guerra

por Gervasio Sánchez

Guerra civil en Yugoslavia

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El Muro de Berlín cayó en noviembre de 1989 unos días antes de que la guerrilla salvadoreña lanzase una gran ofensiva armada y meses antes de que los sandinistas perdiesen el poder en Nicaragua. Aquellos episodios formaban parte de los últimos coletazos de contiendas  civiles que se habían activado en plena Guerra Fría. Los estadounidenses y los soviéticos ponían las armas y los salvadoreños, nicaragüenses, guatemaltecos u hondureños los muertos.

La década de los noventa empezó con gran optimismo. Sin tensiones entre las grandes potencias muchos soñaban con el fin de múltiples guerras locales o regionales y algunos  periodistas especializados en conflictos armados pensaron que se iban a quedar sin trabajo.

Es difícil encontrar otra época de la historia en la que se pudiese desterrar para siempre la guerra de nuestro planeta como durante los primeros años de la última década del siglo pasado.

Pero la desintegración de la Unión Soviética y las tensiones en la antigua Yugoslavia provocaron el inicio de numerosos conflictos con centenares de miles de muertos y desaparecidos y millones de refugiados.

El inicio de las guerras de Eslovenia y Croacia me cogió trabajando en la que sería mi última temporada en un restaurante de playa situado en la capital tarraconense. Desde el verano de 1975, el año en que murió el dictador Francisco Franco, aprovechaba las vacaciones estudiantiles para trabajar como camarero y recolectar el dinero necesario para continuar mis estudios y realizar mis primeros viajes.  Llevaba 17 años realizando este trabajo que tanto influyó en mis decisiones profesionales  cuando Yugoslavia saltaba por los aires.

La guerra de Eslovenia apenas duró diez días. Pero en Croacia los combates fueron muy virulentos.  Seguí las primeras escaramuzas por televisión y nada más acabar mi contrato laboral llegué a Croacia dispuesto a cubrir los acontecimientos bélicos.

Centenares de periodistas se concentraban en Zagreb en los mejores hoteles. Lo primero que hice fue buscar una pensión acorde con mi bajo presupuesto. Mi obsesión era conseguir que los gastos de aquel viaje fueran menores que mis ingresos. Tenía 32 años y llevaba demasiado tiempo dando vueltas por el mundo para seguir dependiendo económicamente de la temporada estival. Sabía que debía escribir a diario y hacer fotografías para diferentes medios si quería sobrevivir.

Conocía Yugoslavia desde hacía una década. En octubre de 1981 había viajado en tren por las diferentes repúblicas con uno de mis mejores amigos. El país resucitaba después de la larga dictadura liderada por el mariscal Tito. En Sarajevo asistimos a un concierto benéfico realizado por los mejores grupos de rock yugoslavos a favor de las víctimas de unas terribles inundaciones que se habían producido en el sur del país.

Miles de policías se habían desplegado alrededor del polideportivo y en su interior. Jóvenes de largas melenas saltaban como locos al ritmo infernal de aquellos grupos que hacían el mejor rock de Europa después del británico. Nos encantó aquella ciudad, crisol de culturas y religiones. Nos entusiasmó la costa adriática, nos enamoramos de Belgrado y de aquellas jóvenes balcánicas de cabello azabache y ojos verdes que estaban por todas partes. O así nos pareció nosotros.

Aquellos yugoslavos eran más altos y guapos que nosotros, los españoles. Jugaban mejor al fútbol, baloncesto, balonmano o cualquier deporte de equipo. Nos habían expulsado de algún campeonato europeo a las primeras de cambio. Aprendían idiomas con gran facilidad y ya competían con España por el mismo turismo que frecuentaba nuestras costas. Si seguían por ese camino Yugoslavia podría convertirse en la potencia económica de la Europa oriental.

En el verano de 1990, un año antes de empezar la guerra de Eslovenia y Croacia, Yugoslavia  recibió nueve millones de turistas, muchos de los cuales habían sido arrancados de nuestras playas por sus mejores precios y servicio. Recuerdo que una de las razones para justificar la caída del turismo en España a finales de los años ochenta era la competencia yugoslava. Si alguien me hubiera dicho que aquel país tan sugerente iba a estallar una década después en mil pedazos no me lo hubiera creído.

Mi primera crónica se publicó el martes de 17 de septiembre de 1991 en Heraldo de Aragón y estaba fechada en Zagreb, la capital croata que apenas sufrió algún bombardeo esporádico.

Los aviones yugoslavos que obedecían las órdenes de Belgrado sobrevolaban la capital croata  provocando el pánico entre la población. Las alarmas se activaban y los civiles corrían a los refugios. Los tranvías dejaban de funcionar y todas las luces debían estar apagadas durante las noches. Las clases habían sido suspendidas. Había tiroteos esporádicos en la ciudad. Grupos de extrema derecha croatas competían con la policía y defensa territorial por el control de algunos cruces estratégicos.

Yo todavía escribía las crónicas con máquina de escribir y las mandaba por fax a la redacción de Heraldo. Por suerte las conexiones telefónicas todavía funcionaban y era fácil comunicarse. Aunque había días que tenía que dictar los párrafos o grabarlos vía telefónica.

Por la noche me trasladaba al hotel Explanade para cenar en uno de los pocos lugares abiertos.  Allí conocí a periodistas de gran prestigio centroeuropeo como Paco Eguiagaray y Hermann Tertsch. Comer con ellos era una delicia si los escuchabas con atención y no importunabas con tus comentarios carentes de valor. Sabían tanto de aquella zona que cada cena se convertía en una gran lección de historia.

Un día me dirigí a la costa adriática en el coche de Erick Hauck, un joven pero magnífico periodista del diario Avui, junto a Javier Carvallo, enviado especial de Diario 16. Nuestra intención era llegar a Dubrovnik, pero los serbios habían cortado todas las carreteras. Visitamos ciudades y pueblos fantasmas con los puertos repletos de yates de veraneantes italianos y alemanes.

Otra mañana nos encontramos a un grupo de milicianos que estaban cazando francotiradores serbios en una localidad llamada Vodice. Era sorprendente ver a aquellos hombres armados sin ninguna experiencia bélica buscar fantasmas como quien intenta encontrar una aguja en el pajar.

La guerra estaba a la vuelta de la esquina de la Europa de los privilegios, incapaz de frenar los  combates generalizados que se producían a una hora de avión de Zurich, el corazón bancario o enfrente de las costas italianas. El matrimonio de conveniencia que formaron serbios, croatas y eslovenos en 1918 estaba a punto de desmoronarse para siempre.

"Tengo mucho miedo" Crónica publicada el 17 de septiembre de 1991

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