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Amaral, el disco

Matías Uribe 03/10/2011 a las 01:09
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Un disco cálido, transparente, con un depósito de matices guitarreros tan abultado como increíble, con bellas letras y melodías y con la imprescindible y mayestática voz de Eva. Así suena el nuevo álbum de Amaral, 'Hacia lo salvaje'. El dúo en estado puro. Su álbum más homogéneo y sólido.

Aun a fuerza de ser reiterativo y de que se me acuse de 'la voz de mi amo amaraliano',  a petición de algún lector del blog, que siente interés por mi opinión sobre el disco, voy a transcribir el texto que le dediqué en el Heraldo el mismo día de su aparición en las tiendas, el pasado 27 de septiembre. Podría añadir algún detalle más, pero creo que es suficiente. Una de las cosas que me alegra es que a través de este texto, y por la alusión que hago a William Ackerman, alguno, incluso guitarristas de mucho fuste, han descubierto a este genial y sensible púgil norteamericano de las seis cuerdas. Desde luego, quien ame la guitarra –en la modalidad que sea- no debe perdérselo. He aquí el texto.

“Metallica con voz de Amaral", bromea uno con Eva sobre lo que esperaba de su nuevo disco, 'Hacia lo salvaje', que hoy sale a la venta con su propio sello, Antártida, y ya completamente fuera de la multinacional EMI. Ella sonríe como colegiala traviesa. Sabe que 'nos la ha colado', porque, pese a lo que pueda sugerir el título del disco y pese a las diversas declaraciones del dúo en meses pasados, en el sentido de que este iba a ser un disco de 'guitarras crujientes', no. No es un disco metálico, salvaje, ni tan siquiera 'hard rock', como ella también bromea. Nada pues de murallón de guitarras, de guitarrazos asesinos, de explosiones atronadoras para machacar al oyente al estilo de  esas películas de efectos sonoros 6.1.

A lo que se refería el dúo era a que estaba haciendo un disco basado exclusivamente en las guitarras, que es distinto; es decir, un disco pilotado por las multicolores guitarras de Juan Aguirre y obviamente por la mayúscula voz de Eva. Se esquinaban pues violines o efectos electrónicos, por ejemplo, como antaño, para tender un colchón a la voz de la cantante a base de sonidos procedentes de las seis cuerdas y todas sus variantes, amén del bajo y la batería. Un disco hecho al modo más clásico, pero no por ello austero ni exento de energía.

Pasado pues ese efecto de sorpresa, de decepción dirán algunos, por no ajustarse el disco a lo que parecía venir, lo que hay que hacer -consejo amigable- es aplicar atentamente el oído a las canciones, centrarse en ellas, sin pensar si tenían que ser de una forma u otra…, y, entonces, ¡alehop!, surge de nuevo el chispazo, la magia: Amaral en estado puro.

Doce canciones de un melodismo inmaculado, de unos estribillos que calan, de unas letras elaboradísimas, de unas canciones de pop cálido y transparente y con un florilegio de sonidos de guitarra verdaderamente sorprendentes. Si cada uno de esos sonidos ha salido de una guitarra distinta, por la variedad tan apabullante de la paleta, Aguirre, sospecha uno, debe tener un almacén. Mas no llega a tanto, que son 'solo' unas cuarenta, matiza el mismo Aguirre sin apenas darle importancia.

En esa línea guitarrera y de sonidos procedentes de las seis cuerdas, la gran canción es 'Antártida'. Ese sonido de guitarra es inédito, imposible de encontrar en disco alguno de ahora y de antes, lo cual refleja la gran personalidad de Aguirre y su obsesiva búsqueda de sonidos.

La base en las guitarras, aunque por momentos suena un piano y hasta un viejo mellotrón setentero, hace también de 'Hacia lo salvaje' que nos encontremos ante el disco más homogéneo de Amaral, el más uniforme en contenidos y espíritu sonoro, como podrían serlo tantos discos insignes de la historia del rock -desde 'My Generation' a 'Rust Never Sleeps' o 'Achtung Baby'-, lo que no significa en absoluto que sea reiterativo o machacón, bien al contrario, suena fresco, cristalino,  ligero, confortable. No hay, digamos, esas salidas de vía, de 'marcianada', que se plasmaron en discos pasados con, por ejemplo, el experimentalismo de 'En solo un segundo', el house de 'Estrella de mar' o las levitaciones flamencas de Morente. Aquí, todo tiene una "unidad de destino en la  universalidad del pop", aunque la expresión roce el repugnante léxico de tiempos muy pretéritos.

Hay un grupo de canciones enérgicas: 'Esperando un resplandor, con punzadas de guitarra como si fueran alfileres y un 'nada de nada' gritado con rabiosa euforia por Eva (evoca a Pretenders); 'Hoy es el principio del final', con contundente base de ritmo; la canción que da título al álbum, de arquitectura sonora ascendente hasta desbocarse en el ritmo y cierto poso dance, y 'Van como locos', desaforada, eufórica.  Frente a estas piezas más enérgicas, hay otro grupo de medios tiempos refulgentes, como es el caso de 'Riazor' y sus seis guitarras de doce cuerdas sonando al unísono; 'Montaña rusa', con un curioso guiño, al inicio, a 'Chica de ayer'; 'Cuando suba la marea', muy folk-rock americano entre Bob Seeger ('Still The Same'), Byrds, Tom Petty y Springsteen; 'Como un martillo en la pared', o esa cadenciosa 'Si las calles hablaran', con un ritmo medio swing que evoca a Gabinete Caligari.

En el extremo más sutil están las dos canciones más intimistas y hasta acústicas del disco. 'Robin Hood' se abre con delicadísimas notas de guitarra de cuerdas de nylon que parecen arrancadas a un disco de William Ackerman, el fundador de Windham Hill, esas cuerdas que no solo arrojan las notas al aire sino que chasquean al pulsarlas. Podía haber quedado sin batería y bajo y hubiera sonado igualmente deliciosa, pero el dúo prefirió meterle un ligero colchón rítmico y guitarra eléctrica que la levanta de su nido acústico. De este palo, del acústico, es plenamente la canción más delicada e intimista del disco, 'Olvido', dedicada a la madre de Eva, con un subfondo de mellotrón muy a lo King Crimson'. Y también con un curioso juego de solapamiento de la voz de Eva, que no da tregua de un verso a otro.

En suma, un disco que rebosa sutileza, que trae una vez más aire fresco al tan depauperado pop nacional, que mantiene al dúo en primera línea creativa y popular de la música española -binomio harto difícil de conjugar- y que asegura unos meses de mucha trepidación tanto para el dúo como para sus numerosos fieles.





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