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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

Réquiem por R.E.M.

Acabo de enterarme ahora mismo de la noticia: un mazazo. Que R.E.M. desparezca del mapa musical es un golpe casi mortal a lo poco grande que nos quedaba con crédito y    categoría. En su web han escrito: “A cualquiera que alguna vez se sintiese tocado por nuestra música nuestras más profundas gracias por escucharla”, y a continuación la despedida personal de cada uno de los miembros del trío. Con ello, cierran 31 años de carrera, despidiéndose, como aseguran, con la buena amistad que siempre reinó entre ellos y tras las dudas creativas que les asaltaron de cara al futuro. Antes que verse como unos zombies en el espacio sonoro, interpreto, han decidido poner fin con la cabeza alta. Una pena, pero seguramente una sabia decisión si no tenían claro el futuro, o como Stipe dice en la web: “Un hombre sabio dijo en una ocasión que lo inteligente de acudir a una fiesta es saber el momento en que debes dejarla”.

La discografía de R.E.M. es un paraíso de formidables canciones mientras que disco a disco ejemplifican la evolución consecuente de un grupo, inconformista con la repetición y ferviente devoto del hedonismo y de la belleza musical. Su 'Losing My Religion', por citar el canto más simbólico y más hermoso que compusieran, es una de las cimas de su arte, pero ese arte ya venía desde muy atrás, desde el mismo y primigenio momento en que soltaron en el mercado su EP 'Chronic Town', en 1982, resucitando el rock americano, entonces aplastado por la new wave y el tecno.

Siendo del sur de los Estados Unidos, y en concreto de Georgia, lo que correspondía, treinta años atrás, pese a la apabullante invasión de la new wave británica, era tocar  rock hippioso sureño, seguir los pasos de la Allman Brothers y The Outlaws. Sólo que las convenciones están para saltárselas y en cualquier lugar hay siempre un 'raro' dispuesto a  hacer añicos la norma establecida.

En Athens, capital universitaria de Georgia, los raros del lugar, en efecto, eran Peter Buck y Michael Stipe,  dos foráneos llegados a la ciudad por su fama de lugar bohemio y su ambiente estudiantil. Ninguno, sin embargo, hizo carrera, y eso que Stipe era brillante e imaginativo para las Bellas Artes, donde se matriculó. En cambio, se dejaron impregnar del punk inglés en la tienda de discos donde se conocieron y junto a un ya consolidado tándem de ritmo, compuesto por Bill Berry y Mike Mills, formaron R.E.M.

Desde el principio dejaron volar su imaginación y sus rarezas. En lo musical, y a contracorriente, sus ídolos eran los Sex Pistols, la Velvet Underground y Patti Smith. Nada de blandenguerías nueva-oleras. En lo cotidiano, cuatro desarrapados que vivían, ensayaban y actuaban en una vieja iglesia cerrada al culto. Y en lo profesional, cuatro tipos con los huesos duros para meterse en una vieja furgoneta y tragar kilómetros sin rumbo fijo en busca de actuaciones. Más de una vez tocó dormir en el maletero.

No, no es que fueran héroes en busca de gloria y por tanto sumisos al sufrimiento que a veces  acaba transformándose en placeres y lujos rockeros, horizonte bajo el que muchos grupos jóvenes luchan para disgusto de padres y alegría de las cuentas corrientes de los psiquiatras cuando los sueños se rompen. Los cuatro R.E.M. eran raros a su manera y llevaban aquel modo de vida porque simplemente les encantaba: la vida bohemia, las fiestas con finales orgiásticos en su iglesia alquilada, la cerveza, las drogas..., el carpe diem diario. Nunca, el dinero.

Ocurrió, sin embargo, que jugaban con ventaja: eran músicos de gran talento. Y la bolita de la ruleta de la fama, pese al hartón de los sintetizadores, acabó cayendo en su agujero cuando pusieron en el mercado, 'Murmur' (1983), un primer elepé con cierto resabio punk entre las gruesas líneas de pop diáfano con que estaba escrito. El disco despachó un millón de copias, la mayoría a estudiantes de 'colleges' y universidades, que les encumbraron. Además, reabrían las puertas del rock americano y, junto a Dream Syndicate y Violent Femmes, le devolvían el orgullo de los viejos tiempos.

Desde el principio, R.E.M.,  parafraseando su nombre, tuvo el ojo rápido y clínico no solo para cazar grandes canciones pop, cuando no perfectas, caso luego de las inmensas 'Everybody Hurts', 'Losing My Religion' o 'Imitation Of Life, sino para metamorfosearse en sus discos de manera natural y libre, al margen de las discográficas y huyendo obsesivamente de la comercialidad (ellos mismos no se perdonaron nunca la divertida 'Shiny Happy People', con sus paisanos B-52's, la canción, según Stipe, más hortera que hayan escrito nunca). Así que a lo largo de su discografía lo mismo han disparado pop inmaculado (casi todos sus elepés) que funk nuevaolero ('Fables Of Reconstruction'), noisy-pop ('Monster'), electrónica ('Up'), canción ecológica ('Green') o han hecho de la melancolía un arte ('Automatic For The People'). Y todos los discos, con un nivel de calidad altísimo, aunque se siga percutiendo en la cantinela de que los últimos trabajos ya no valían.

Eso sí, comercialmente, R.E.M. no fue R.E.M., es decir, el grupo  de éxito mundial, hasta que en 1991 llegó 'Losing My Religion'. Hay un antes y un después de esta canción.  El antes es la historia de grupo de culto que grababa sus discos en un sello modesto, IRS. El después es un grupo, que sin perder un gramo de sus viejos principios y de su rarismo, editaba sus discos en una de las grandes multinacionales, WEA, y ascendía a la categoría de grupo de estadio, aunque conceptualmente nunca lo fuera. Quince discos en estudio, amén de vídeos y recopilatorios, quedan para seguir disfrutando del legado que deja este grupo, grande entre los grandes. Todo tiene su fin, cantaban Los Módulos, y ahora lo repite Stipe en su despedida. Da pena, duele este réquiem, pero hasta para despedirse hay que tener clase.

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