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La encajera más querida de Aragón

Mariano García 06/04/2011 a las 23:58
Madurga


Volvamos a los personajes irrepetibles. Uno de los más populares en la Zaragoza de los años 60 fue Feli Madurga, máximo exponente de una artesanía que poco a poco se ha ido perdiendo. Esta entrevista se le hacía en 1968:

Doña Feli Madurga es una de las poquísimas encajeras, blondistas, que hay en España. Estudió en el colegio de las Esclavas del Corazón de Jesús de Bilbao. Tuvo una monja de profesora que era una maravilla haciendo encaje. De ahí tomó verdadera ilusión doña Feli. Tanta que no quiso otro camino en su vida que no estuviera bordado. ¡Y qué categoría de bordado!
-Sí, desde que me lancé al público he vendido muchas cosas buenas, pero me he reservado otras.
De las que se ha reservado, doña Feli tiene la amabilidad de mostrarme unas cuantas piezas, que pueden anchamente calificarse de únicas. Entre ellas, una mantilla auténtica de guarnición o gran gala con casco de glacé, terciopelo y azabache. Otra mantilla completa de chantilly, otra de encaje tipo castañuela.
-Todo esto ya no se hace, ¿sabe? No compensa el inmenso trabajo que lleva. Figúrese que hay que trabajar con cuatro docenas de palillos.

Doña Feli Madurga me enseña un maravilloso abanico de chantilly negro, montado sobre un varillaje de concha. Quita el sueño. Es una de las creaciones que doña Feli ha reservado para ella.
-Antes estaba mejor pagado todo esto. Las encajeras fueron siempre gente distinguida. Se dedicaba mucho tiempo al trabajo. El servicio estaba en mejores condiciones.
El encaje se apreciaba más antes. La inmensa mayoría de las señoras de ahora no saben apreciarlo en todo lo que vale, me va diciendo doña Feli. Aunque las grandes señoras sí saben ver su valor.
-Mire usted, todavía por el Norte las grandes señoras no salen por las mañanas sin su mantilla, aunque sea con una sola greca de encaje auténtico.
Hay señoras, cargadas de alhajas, que a lo peor llevan encima encaje mecánico, como llama doña Feli al hecho a máquina.
-Eso es no saber respetar el encaje. En cambio, con poca alhaja y un buen encaje ya es gran señora.
-¿Entre las señoras jóvenes se respeta el encaje?
-Por el Norte, sí. Y en Pamplona. También hay una minoría en Zaragoza. Yo trabajo para toda España, porque hoy en día una sola capital no daría de sí...
Doña Feli me muestra un manto nupcial tipo imperio que es una verdadera maravilla.
-¿Y qué precio tiene esto, doña Feli?
-Alrededor de las cincuenta mil pesetas.
Indudablemente, el encaje está destinado a grandes señoras, pero que, además, dispongan de esa cantidad para gastarlo dentro del capítulo de atuendo personal.
Ahora, doña Feli y sus tres hijas, porque mi interlocutora ha hecho de sus hijas sus tres colaboradoras, sólo trabajan por encargo: mantos nupciales, cortinones, grecas, restauración.
-Sí, restauramos todo lo que merezca la pena. Buenas mantillas, a las que faltan trozos... Cosas buenas, desde luego.
Mi interlocutora ha trabajado en alguna ocasión para la Corte, aunque no directamente. Ha confeccionado pañuelos para la reina doña Victoria Eugenia.
-Dentro del encaje, ¿qué prefiere usted?
-Pues, para mí, el de Bruselas. Su dibujo es único. Todos son muy hermosos, porque el de Chantilly es un encanto, el de Lyón. Dentro de España hay cosas muy buenas en
Almagro...
En todas las exposiciones del extranjero donde ha participado doña Feli ha vendido cuanto expuso. En Nueva York, en Francia, en Alemania...
-Doña Feli, usted tendrá innumerables anécdotas en su vida, ¿quiere contarme alguna?
-Sí, sí. Voy a contársela. No hace mucho tiempo que vino una señora a mi casa recomendada por una tienda. La tienda me la envió para que tasara una mantilla. Tenía una ilusión que era algo grande. "Mire usted, me dijo, aquí le traigo una mantilla que hemos recibido en herencia, todos los primos estamos pendientes de ella. Debe de valer mucho, pues ya a mi abuela le ofrecieron treinta mil pesetas, figúrese, ¡en aquellos tiempos!...". Mire, a mi ver encajes me priva, me dicen dónde hay y voy corriendo a verlos. Conque estaba ilusionadísima, emocionadísima por verla. Abrimos la caja y dentro había otra caja. "Aquí debe haber algo grande", pensaba yo. Hasta tres cajas había delante de la mantilla.
Por fin, salió doblada. ¡Virgen santa! "Huy, perdóneme, exclamé, perdóneme...". "Pero si no la ha visto usted, espere que la desdoble"... No me hace falta verla. ¿Está segura de que no le han cambiado la caja? Por esto, una que entienda, no le daría a usted cien pesetas...
Ni cien pesetas, ¡vaya herencia!...
-Figúrese, figúrese -dice doña Feli, con santo horror- era una mantilla de Lyón mecánica, mala, de agujero ancho...




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