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Blog - Los desastres de la guerra

por Gervasio Sánchez

DESAPARECIDOS (EXHUMAR EN IRAQ)

Irak (Exhumaciones) 38
Irak (Exhumaciones) 38

Desaparecidos es un proyecto fotográfico realizado en diez países en los últimos doce años que se presenta en el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (MUSAC), el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) y La Casa Encendida de Madrid en tres exposiciones simultáneas y diferentes y en dos libros publicados por la Editorial Blume (www.blume.net).

La desaparición es más cruel que la muerte. La búsqueda se convierte en una obsesión. Durante años y décadas, los familiares revisan documentos, visitan antiguos centros de detención, cavan en supuestas fosas comunes, buscan a abogados dispuestos a enfrentarse al silencio judicial, presentan querellas criminales, presionan a los jueces. El compromiso es tan intenso que acaba por sacrificarse la vida personal.

En muchos de los familiares de los desaparecidos se reproduce un extraño sentimiento de culpa: hijos que creen que no ayudaron a sus padres lo suficiente y no aceptan como excusa su corta edad al producirse los secuestros y las desapariciones; mujeres que sienten que la necesidad de sus maridos de ver de nuevo a sus seres queridos mientras estaban en la clandestinidad hizo posible sus detenciones por miembros de los cuerpos policiales que vigilaban sus hogares; madres que hubiesen deseado tener más información sobre las actividades de sus hijos para ayudarles a escapar.

La búsqueda ha provocado serias divergencias con otros familiares y ha puesto fin a muchos matrimonios. La salud de muchas madres se ha quebrado en el largo camino. Algunos hijos nunca han perdonando a sus madres el que dedicasen todo su tiempo al hijo desaparecido y sacrificasen su relación con ellos. Otros hijos consideran que sus padres fueron muy egoístas al arriesgar sus vidas por defender sus ideas políticas sin tener en cuenta el dolor que produciría un desenlace trágico.

Al Mahawil fue la cumbre del horror del régimen de Sadam Husein. Los restos de más de 3.000 personas ejecutadas entre marzo y abril de 1991 fueron encontrados doce años después, en mayo de 2003, en una gran fosa situada a 90 kilómetros al sur de Bagdad. Los restos identificados se entregaron a sus familiares llegados de todo el sur de Iraq.

Durante semanas, las excavadoras cavaron gigantescos hoyos en busca de los miles de desaparecidos. La peregrinación al campo del horror empezaba con las primeras luces del día. Los centenares de bolsas de plástico transparente con los restos encontrados se ordenaban en las explanadas. Algunas personas examinaban bolsa por bolsa. Sacaban papeles arrugados y deteriorados, leían las pocas palabras o números legibles o miraban la foto descolorida, y los volvían a colocar en su interior.

Muchas de las víctimas, incluidas mujeres y niños, presentaban orificios de bala en el cráneo. Algunos prisioneros fueron ejecutados con los ojos tapados o con las manos atadas a la espalda. La impunidad permitió a los verdugos hacer su trabajo sin preocuparse de las pruebas. Ni siquiera vaciaron los bolsillos de sus víctimas.

La mayoría de las víctimas llevaba los documentos en sus bolsillos. Las fotos de muchos carnés habían desaparecido, pero el número de identidad se mantenía legible.

Gracias a ese desliz, o a la soberbia de los asesinos, muchos casos de desaparecidos fueron aclarados definitivamente.

Durante los meses posteriores a la caída de Sadam Hussein, concretamente en abril de 2003, miles de ciudadanos iraquíes investigaron los documentos secretos encontrados en los archivos de la policía política y descubrieron los lugares donde estaban enterrados los desaparecidos.

Amnistía Internacional denunció en ese mismo mes que en los mercados de Basora y otras ciudades se compraban y vendían documentos robados de las sedes policiales. Algunos expedientes sobre seguimientos de opositores posteriormente desaparecidos o sus familiares llevaban las firmas de los propios informantes utilizados por los antiguos servicios de seguridad.

Las exhumaciones se llevaron a cabo de forma muy básica. Los propios familiares ejercían de antropólogos forenses. Cavaban las fosas con picos y palas, sacaban los restos, los analizaban de forma manual y determinaban si pertenecían o no a los desaparecidos que buscaban. Esta ausencia de personal especializado provocó la destrucción de pruebas fundamentales para demostrar el carácter criminal y genocida del régimen de Hussein.

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