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Así fue la boda de Carmen Sevilla

Mariano García 17/01/2011 a las 00:45
Carmen1



Vuelve Tinta de Hemeroteca, y tal día como hoy, no podía ser de otra forma que con el reportaje original que se publicó en el periódico cuando se casaron en el Pilar Carmen Sevilla y Augusto Algueró, fallecido ayer. De paso, les  recuerdo que ayer publiqué en el periódico un reportaje sobre una 'Tinta' antigua, la del primer coche fabricado en Zaragoza. La biografía de quien lo inventó es sorprente. Pero, ahora, volvamos a la boda del siglo en el Pilar. Tuvo lugar el 23 de febrero de 1961:
"Si tuviéramos que volver a casarnos, lo haríamos en Zaragoza". Estas pueden considerarse como las últimas palabras de Carmen Sevilla, antes de abandonar la provincia con su esposo Augusto Algueró con dirección a Barcelona, donde pasaran unos días y de donde seguirán a Italia y a Francia, en viaje de luna de miel. La artista las pronunció, respondiendo a una pregunta nuestra sobre qué impresión le había causado la acogida del público zaragozano, cuando la pareja se asomó fugazmente a la ventana de su habitación del Hostal del Ciervo, una vez terminado el banquete nupcial. Esto era el final. El principio...
Carmen Sevilla se levantó ayer prontito y del Gran Hotel pasó a Santa Engracia, a la misa de ocho. Después, volvió a desayunar -té y bollos suizos, como siempre- ; más tarde, se acostó un poco y a las once comenzó a arreglarse, según puntual información de su doncella, en su habitación (la 411). Con ella estaban la peinadora y la modista. Enseguida comenzaron a entrar las amigas, familiares... mientras en el pasillo esperaban una legión de periodistas, en su mayoría gráficos, y en la calle una verdadera multitud. Cualquiera que estuviera allí, coincidirá en que la "chambre" 411 del Gran Hotel parecía ayer por la mañana la habitación de un torero. Llegan Nati Mistral y Ana María Olaria y, por fin, la puerta que escondía a Carmen Sevilla se abre. Estallan los "flash"...
A las doce menos cinco, la popular actriz de cine subió al Cadillac que había de llevarla hasta el Pilar. Momentos antes salió el novio que, acompañado de su madre y madrina, doña Rosa Dasca de Algueró, llegaba a las doce y cuarto a la plaza de las catedrales. El coche de Carmen Sevilla no pudo llegar tan pronto. Asediado por la multitud, por el sinfín de admiradores con que cuenta la artista, tardó treinta y cinco minutos en cubrir el trayecto que va desde el Gran Hotel a la basílica: paseo de la Independencia, plaza de España, Coso y calle Alfonso. Pero es que había que ver cómo estaban las calles. En la plaza del Pilar, por ejemplo, se comenzó a arremolinar la gente dos horas antes de la anunciada para la ceremonia. Y a la hora precisa la explanada estaba rebosante de público, la mayor parte mujeres. Los servicios de orden -Policía Municipal y Armada-, considerablemente reforzados, se veían casi impotentes para contener al inmenso gentío. Una tal concentración no se había conocido en la plaza del Pilar. Pero, al fin, Carmen Sevilla, a la que acompañaba su padre y padrino, don Antonio García Padilla -ella se llama María del Carmen García Galisteo- llegó a la puerta alta de la basílica.


Aclamaciones, aplausos, gritos y más gritos de los miles y miles, de las miles y miles, mejor, de admiradoras... Y las capas de los componentes de la nueva Tuna de A. T. S., recién creada, y de la que es madrina la artista, extendidas en el suelo, para que pasase sobre ellas a los alegres sones de la "Estudiantina"...
Y otra vez los fotógrafos. Y otra vez los aplausos. Y otra vez Carmen Sevilla emocionada, como lo estuvo anteanoche al llegar a nuestra ciudad y como lo ha estado -tenemos completa seguridad de ello- a lo largo del recorrido que ha efectuado por las calles zaragozanas. La cosa no ha sido para menos. Luego, la comitiva nupcial.
Primero, los pajes, que portaban las arras: los niños José Antonio García Galisteo y María del Carmen Anaya, sobrinos de la desposada. Después, Carmen Sevilla, con su padre y padrino, seguidos del novio, a quien acompañaba su madre y madrina. El cortejo fue recibido a los acordes de la marcha de bodas del maestro Azagra, interpretada al órgano por don Julio García Llovera. En las naves, macetas, guirnaldas y una infinidad de ramilletes de flores blancas. En el altar mayor, presidido por la imagen de la Virgen del Pilar que sale procesionalmente el 12 de octubre, jarrones riquísimos y más claveles, y más flores. en el coro, las dos capillas catedralicias dirigidas por el maestro Azagra, interpretan diversos motetes.
Estaba previsto que todos cuantos quisieran hubiesen entrado en el templo para presenciar la ceremonia religiosa, pero ante la ingente cantidad de personas que se agolpaban en la plaza, se estimó más oportuno limitar la asistencia a los invitados e informadores. Verdaderamente se esperaba expectación, pero la realidad con que se tropezó ayer superó todo lo imaginable.
No obstante, cientos de personas, qeu aguardaban allí desde las nueve o diez de la mañana, pudieron seguir, a través de los altavoces preparados al efecto, el curso de la ceremonia desde la parte del tempo comprendida entre el altar mayor y la puerta baja de la basílica.
Mas sigamos con el cortejo, que está llegando, por la vía sacra, al altar mayor. Carmen Sevilla, que cubre su bello rastro con un suave velo, viste un modelo de Pertegaz de raso, línea Princesa, con manto también de raso y tres capas de tul que lo cubre, adornado todo ello con una preciosa diadema de brillantes y zafiros. El, de rigurosa etiqueta. En el altar, de nuevo, los reporteros gráficos, que ahora son, como se dice, una nube. La popularidad, sin duda, está reñida con la intimidad. Los novios se arrodillan, escoltados por sus padrinos, y don Jesús Alvarez, coadjutor de la catedral de La Seo y director espiritual de Carmen Sevilla, bendice la sagrada unión. Los contrayentes aparecen serenos, aunque se adivina en ellos una enorme emoción, que se pone de manifiesto en cuanto termina la ceremonia. Ambos se estrechan las manos y se miran con una enorme ternura. Los "flashes" continúan funcionando...
Y ahora viene la plática, emotiva y brillante, que corre a cargo de monseñor Pascual Galindo Romero, prelado doméstico de Su Santidad y chantre del Cabildo, quien da lectura también, a un telegrama del Papa en el que se contiene la bendición pontificia para los desposados. Y da principio la misa de velaciones, celebrada con dispensa especial por tratarse de la Cuaresma, que oficia el canónigo arcipreste del Pilar don Agustín Jericó. En el presbiterio están los testigos. Y en el mismo altar se formaliza el acta matrimonial. 
Poco después, los nuevos esposos pasaron por la capilla de la Virgen, donde oraron fervorosamente. Los infanticos entonaron la Salve y, a continuación, los fieles, en número tan elevado que no permitían moverse a la pareja, cantaron el Himno a la Virgen del Pilar. Y otra vez los esposos regresaron al altar mayor del templo, para de allí dirigirse, por la vía sacra, al exterior. Fuera, el entusiasmo se desbordó, a tal punto que los cordones de policías fueron rotos por varios sitios.
Nuevamente, ovaciones, vítores, clamores... Las tunas universitarias recibieron a Carmen Sevilla y Augusto Algueró con sus sones característicos. Los nuevos esposos saludaron a la multitud repetidamente. Con todo cariño, correspondieron a los aplausos de treinta mil personas -esa es la cifra mínima en que se puede calcular a los espectadores- que se esforzaban por ver y acercarse a la pareja. De auténtico acontecimiento, una verdadera manifestación de simpatía y admiración popular... 
A duras penas, el matrimonio llegó hasta el coche y en él, precedidos por las tunas y escoltados por la Policía Armada a caballo fueron de nuevo hasta el Gran Hotel, recibiendo ininterrumpidamente, por las calles por que pasaron, el homenaje de miles y miles de zaragozanos. Después de posar para los informadores gráficos venidos de toda España, Carmen Sevilla y Augusto Algueró se trasladaron al Hostal del Ciervo, donde les esperaban los invitados, en número superior a los trescientos. Pero las muestras de Simpatía no habían terminado en Zaragoza, sino que continuaron a lo largo de todo el recorrido por carretera. En la Puebla, Alfajarín, Nuez de Ebro, Villafranca, Osera, los vecinos se hallaban en gran número en la calle esperando su paso. Y lo mismo en El Ciervo, donde convergieron hombres y mujeres de los pueblos vecinos para expresar a la pareja, realmente popular, si hacemos caso del refrendo obtenido ayer, su cariño y su simpatía. A tal punto fue cariñoso y espontáneo el recibimiento, que antes de entrar en el edificio, Carmen Sevilla, después de corresponder a su esposo a las aclamaciones, arrojó a sus admiradores el precioso ramo de azahar, en medio de las aclamaciones y con el fondo de música de la tuna, que desde su llegada hasta su partida no ha abandonado a Carmen Sevilla en momento alguno. Para entonces, los invitados habian sido obsequiados con un espléndido cock-tail. Y a las cuatro y cuarto aproximadamente, comenzaba el banquete nupcial.
Carmen Sevilla y Augusto Algueró ocuparon la cabecera de la mesa. La actriz teníaa a su lado al gobernador civil de la provincia, señor Pardo de Santayana, a su madre, doña Florentina Galtisteo Ramírez, a su director espiritual, don Jesús Álvarez, y a su padre, don Antonio García Padilla. Y junto al novio se sentaban su madre, doña Rosa Dasca de Algueró; monseñor Pascual Galindo y la esposa del gobernador civil, doña María del Perpetuo Socorro Dubois, de Pardo de Santayana, además de otros familiares y amigos.
El menú -Carmen Sevilla ha querido demostrar su afecto y predilección por Aragón hasta en este detalle-, típicamente aragonés, se componía esencialmente de pescado del Ara "bella marinera'', y ternasco de Bujaraloz asado, con patatas Hostal. A las cinco quince, la pareja cortaba la tarta nupcial y todos los asistentes brindaban por su eterna felicidad. Entre aquellos se hallaban, que podamos recordar, ademas de las ya citados en diversos capítulos del acontecimiento social y popular que ha constituido este enlace: del mundillo del cine y del teatro, don Víctor Ruiz Iriarte, el maestro Parada, Nati Mistral, Mercedes Vecino, Estrellita Castro, Javier y Elia Fleta, Marta Santaolalla, Alfredo Tocildo, Ana María Olaria... y numerosos invitados de diversas capitales españolas, en especial de Madrid, Barcelona, Sevilla y Zaragoza, así como representantes de periódicos, revistas y agencias de toda España.

Terminado el banquete, en la pequeña explanada situada delante del edificio del Hostal, actuó en honor de la pareja, la rondalla de Pina, que dirige Pilarín García, y en la que son cantadores José Beltrán, José Gabasa y Antonio Altabas. Carmen Sevilla y su esposo, asediados por muchos invitados y admiradores que deseaban expresarles personalmente su felicitación, tuvieron que limitarse a contemplar la actuación de la rondalla desde el interior del comedor, sin perjuicio de que más tarde, impensadamente, se asomasen a la ventana de su habitación para demostrar a los cantadores y bailadores su reconocimiento y, al mismo tiempo, escuchar de nuevo los aplausos de cuantos esperaban su aparición, que si antes del banquete formaban un nutrido grupo, había aumentado considerablemente.
Las ovaciones, que han acompañado a Carmen Sevilla y a su esposo durante todo el tiempo que han permanecido entre nosotros, se repitieron. Y entonces fue cuando le preguntamos qué impresión le había causado la gente de aquí, tan tumultuosa, pero, a su vez, tan espontánea y sincera, y cuando ella respondió, con la complacida mirada del que ya es su marido: "Si tuviéramos que volver a casarnos, volveríamos a hacerlo en Zaragoza".

Y mañana...
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