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La calle de las muchas verdades

Mariano García 17/12/2010 a las 00:54
Agosto


Pues la calle mitad negocio mitad vicio en 1968 era... la del Cuatro de Agosto. Hoy ha perdido un poco de todo, de negocio y de vicio, aunque estoy seguro de que todos ustedes la reconocerán en este reportaje que tiene ya más de 40 años:

Una calle interesante: la del Cuatro de Agosto. Sus mil aspectos rezumantes de humanidad se mezclan en una pasta compleja, con tantas definiciones posibles... Una calle que todavía impresiona. Por
dentro y por fuera. Sus llamativos luminosos, como colgados de la noche, apretados en un estrecho y breve pasadizo, saben hacer vibrar el alma de los noctámbulos. Noctámbulos un poco artificiosos,
atraídos por todo cuanto reluce. Y también por la ilusión equívoca de jugar a "perdidos"...
Guarda la calle Cuatro de Agosto todavía un rescoldo de cuanto de malo y de bueno ha pasado por ella. Ahora tiene más de apariencia que de realidad. Y su realidad más apremiante está en el interior

de sus casas, de sus viviendas, donde me han dicho que no es raro encontrar en una sola habitación más de una familia, hacinadas.
Y, sin embargo, es una calle dorada por un no sé qué de diversión. Don Femando Mercadal, tal vez  su más antiguo vecino, me habla de ella. De algunos de sus recuerdos de niñez y juventud. En el rostro de don Fernando hay una cierta sonrisa, un fulgor malicioso. En su mente desfilan pasados retazos que le hacen ir de sonrisa en sonrisa. Va informándome:
-Mi padre fundó en 1893 esta casa de muebles. Hará, dentro de pocos días, setenta y cinco años. Conozco esta calle desde que nací. Puedo asegurarle que ha pasado por muchas etapas...
La calle Cuatro de Agosto está claramente dividida en dos tramos. Uno que empieza en la calle Alfonso y termina hacia el número once, donde la calle se estrecha y la circulación rodada y algunas señoras se detienen. Este primer tramo es el que don Fernando ha denominado "trozo serio".
-En esta parte siempre hubo un vecindario distinguido. Un comercio acreditado, importante.
A los ojos de mi informador asoman unas chispitas prometedoras de noticia. Y, en efecto:
-En tiempos, mucho antes de la guerra, hubo aquí una casa que se dedicaba a la confección de trajes de Carnaval.
Los confeccionaban y los alquilaban. Claro, aquello atraía muchísima gente. Sobre todo en vísperas de Carnaval, en el que apenas nadie se quedaba sin su disfraz. Las fiestas se daban en el Casino Mercantil, en el Principal, en el Circo...
-Luego, ya sabe usted; con el advenimiento de la dictadura, los Carnavales desaparecieron...
Hay un mundo de nostalgia en el dejo de don Fernando.
-¿Usted cree que hemos perdido mucho?
-¡Je, je, je! -ríe él; hace una pausa y, al fin, me confiesa-. Pues sí, yo creo que sí.
-¿Desaparece la alegría?
-¿La alegría? Ha evolucionado, es de otra forma ahora...
En medio de sus amables informaciones, el señor Mercadal procura reservarse parte de sus opiniones personales. Como si, también él, con sus sesenta años de vecindad con la calle, hubiese teñido
un poco su psicología de secretos. Porque, al fin, hemos convenido en que fue la del Cuatro de Agosto una calle de secretos. Ahora ha perdido mucho.
-Ha tenido épocas, etapas. Hasta aproximadamente el año veinticinco fue bastante tranquila, excepto en los Carnavales. Tenía un buen vecindario. El poeta Casañal vivió en el número cinco. Después se fue animando la calle. Al final de ella había una casa de juego que se llamaba La Alhambra; atraía mucho público... El salón de fiestas del Centro Mercantil estaba en la planta baja y los billares en la primera. Salían los socios a los balcones y se entablaba conversación...
También hubo animación, aunque triste, en los años de la guerra. El casino, constituido en hospital.
En el comercio de la calle -de este trozo serio de la calle- ha habido muchos cambios.
-Estaban antes los almacenes Aragón; había una confitería, que desapareció; una zapatería, y, aquí mismo, haciendo esquina con el pasaje, estuvieron los almacenes de Mazón...
El pasaje de García Gil, "de los Giles" como le llaman los castizos. Ya hemos topado con la primera miseria de la calle de Cuatro de Agosto.
-Donde usted lo ve, fue muy comercial. Porque antes, ¿sabe?, no era así. Estaba limpio, con techos de cristal, a salvo de humedad, de lluvia. Allá por el año cuarenta, o tal vez, antes, hubo una gran tormenta, a consecuencia de la cual se rompieron los lucernarios, los cristales del pasaje.
-¿Y está, así desde entonces?
-Sí, cada vez peor, nadie se volvió a preocupar.
-¿Y qué le parece a usted?
-¿Qué me va a parecer? Asqueroso, lleno de humedad. Inmundo cuando llueve y cuando hay sábanas recién tendidas en los balcones.
-¿No da carácter a la calle?
-Mal carácter, sí. Podía ser otra cosa, sin embargo.
Muy "tipycal", tanto o más que el segundo tramo de la calle Cuatro de Agosto, a la que mi interlocutor siempre se refiere sonriendo y donde "la nota" ha sido siempre dada por los propios y los de la provincia.
-Yo -me dice finalmente don Fernando- utilizo muy poco ese paso. Atravieso generalmente el Mercantil, hacia la plaza de España, o salgo por Alfonso.
No se puede ser "tipycal" toda la vida.
Sobre el pasaje de los Giles me hablan también los dueños de un conocido establecimiento, horchatería en el verano y negocio de alfombras y esteras en invierno.
-Somos los únicos que adecentamos esto un poco. Ahora se friega todas las noches y en el verano una vez al día y otra a la noche. Esto es un vertedero de basuras. Hay mujeres que se acercan con su paquetón y, ¡plaf!, al pasaje.
-¿Es que no pasa por aquí el servicio de basuras?
-Claro que pasa, pero ellas no madrugan, les resulta más cómodo envolver todo en el paquete y tirarlo en un rincón.
El gesto no es digno de elogio. Por supuesto, pero el aspecto total del pasaje tampoco es para mucho más.
-¿Es típico el pasaje?
-Podría serlo. En verano hay mucho turista amigo de estos parajes. A veces se dan casos divertidos, como el de una joven india y otra japonesa que, vestidas con sus trajes nacionales, tan delicados, estaban sentadas aquí tomando su horchata. Daba risa verlas tan elegantes en un ambiente tan destartalado...
Ya el señor Mercadal, amigo sin ambages del tipismo, afirmó que sería muy bueno para la calle la realidad de su desaparición, de su reabsorción con la avenida de la Independencia. De esta misma opinión es el librero don Inocencio Ruiz, aquí establecido desde 1944.
La librería de don Inocencio Ruiz es una lucha abierta contra el medio ambiente. Lucha que inició en su primer establecimiento, de la calle de la Libertad.
-¿Y qué? ¿Consiguió usted algo?
-Aún conseguí ver leer a uno a a puerta del bar -me dice él, legítimamente satisfecho de su conquista-.
-Pues si, yo no encuentro a esto tipismo, a no ser que reciba ese nombre la afición a beber. No hay nada interesante para conservar. Ni un recuerdo histórico. ¡Si por lo menos estuviera el arco de Cinegio!...
Pero el arco de Cinegio no está. La calle termina precisamente ahí, donde estuvo.
-Soy partidario de conservar todo lo que es reflejo de una personalidad, de un carácter autóctono, de un interés artístico. Pero esto...
La librería no influye mucho en el ambiente humano de la calle. Las librerías de viejo van a desaparecer de nuestra ciudad. Y don Inocencio me explica la razón.
-Las minicasas de ahora, con sus minilibrerías, necesitan muy pocos libros pero muy nuevos. Las librerías de nuevo aumentan y las de viejo decrecen.
Como la mayoría de los libreros, se queja del ambiente de la ciudad:
-No hay apenas coleccionistas ni bibliófilos. Ni buenas bibliotecas particulares. Si por lo menos cada estudiante comprase un solo libro, podríamos vivir más de los dos libreros de viejo que estamos en Zaragoza. Dice todo esto muy poco en favor de una ciudad de casi medio millón de habitantes, con Universidad, con colegios mayores, con institutos...
A la calle de Cuatro de Agosto, tan venida a menos intelectualmente, le cabe, sin embargo, una gloria: la de haber editado el primer número del HERALDO DE ARAGÓN, que vio la luz el día 20 de septiembre de 1895. Fue




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