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Blog - Tinta de Hemeroteca

por Mariano García

La calle de las muchas verdades

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Pues la calle mitad negocio mitad vicio en 1968 era... la del Cuatro de Agosto. Hoy ha perdido un poco de todo, de negocio y de vicio, aunque estoy seguro de que todos ustedes la reconocerán en este reportaje que tiene ya más de 40 años:

Una calle interesante: la del Cuatro de Agosto. Sus mil aspectos rezumantes de humanidad se mezclan en una pasta compleja, con tantas definiciones posibles... Una calle que todavía impresiona. Por

dentro y por fuera. Sus llamativos luminosos, como colgados de la noche, apretados en un estrecho y breve pasadizo, saben hacer vibrar el alma de los noctámbulos. Noctámbulos un poco artificiosos,

atraídos por todo cuanto reluce. Y también por la ilusión equívoca de jugar a "perdidos"...

Guarda la calle Cuatro de Agosto todavía un rescoldo de cuanto de malo y de bueno ha pasado por ella. Ahora tiene más de apariencia que de realidad. Y su realidad más apremiante está en el interior

de sus casas, de sus viviendas, donde me han dicho que no es raro encontrar en una sola habitación más de una familia, hacinadas.

Y, sin embargo, es una calle dorada por un no sé qué de diversión. Don Femando Mercadal, tal vez  su más antiguo vecino, me habla de ella. De algunos de sus recuerdos de niñez y juventud. En el rostro de don Fernando hay una cierta sonrisa, un fulgor malicioso. En su mente desfilan pasados retazos que le hacen ir de sonrisa en sonrisa. Va informándome:

-Mi padre fundó en 1893 esta casa de muebles. Hará, dentro de pocos días, setenta y cinco años. Conozco esta calle desde que nací. Puedo asegurarle que ha pasado por muchas etapas...

La calle Cuatro de Agosto está claramente dividida en dos tramos. Uno que empieza en la calle Alfonso y termina hacia el número once, donde la calle se estrecha y la circulación rodada y algunas señoras se detienen. Este primer tramo es el que don Fernando ha denominado "trozo serio".

-En esta parte siempre hubo un vecindario distinguido. Un comercio acreditado, importante.

A los ojos de mi informador asoman unas chispitas prometedoras de noticia. Y, en efecto:

-En tiempos, mucho antes de la guerra, hubo aquí una casa que se dedicaba a la confección de trajes de Carnaval.

Los confeccionaban y los alquilaban. Claro, aquello atraía muchísima gente. Sobre todo en vísperas de Carnaval, en el que apenas nadie se quedaba sin su disfraz. Las fiestas se daban en el Casino Mercantil, en el Principal, en el Circo...

-Luego, ya sabe usted; con el advenimiento de la dictadura, los Carnavales desaparecieron...

Hay un mundo de nostalgia en el dejo de don Fernando.

-¿Usted cree que hemos perdido mucho?

-¡Je, je, je! -ríe él; hace una pausa y, al fin, me confiesa-. Pues sí, yo creo que sí.

-¿Desaparece la alegría?

-¿La alegría? Ha evolucionado, es de otra forma ahora...

En medio de sus amables informaciones, el señor Mercadal procura reservarse parte de sus opiniones personales. Como si, también él, con sus sesenta años de vecindad con la calle, hubiese teñido

un poco su psicología de secretos. Porque, al fin, hemos convenido en que fue la del Cuatro de Agosto una calle de secretos. Ahora ha perdido mucho.

-Ha tenido épocas, etapas. Hasta aproximadamente el año veinticinco fue bastante tranquila, excepto en los Carnavales. Tenía un buen vecindario. El poeta Casañal vivió en el número cinco. Después se fue animando la calle. Al final de ella había una casa de juego que se llamaba La Alhambra; atraía mucho público... El salón de fiestas del Centro Mercantil estaba en la planta baja y los billares en la primera. Salían los socios a los balcones y se entablaba conversación...

También hubo animación, aunque triste, en los años de la guerra. El casino, constituido en hospital.

En el comercio de la calle -de este trozo serio de la calle- ha habido muchos cambios.

-Estaban antes los almacenes Aragón; había una confitería, que desapareció; una zapatería, y, aquí mismo, haciendo esquina con el pasaje, estuvieron los almacenes de Mazón...

El pasaje de García Gil, "de los Giles" como le llaman los castizos. Ya hemos topado con la primera miseria de la calle de Cuatro de Agosto.

-Donde usted lo ve, fue muy comercial. Porque antes, ¿sabe?, no era así. Estaba limpio, con techos de cristal, a salvo de humedad, de lluvia. Allá por el año cuarenta, o tal vez, antes, hubo una gran tormenta, a consecuencia de la cual se rompieron los lucernarios, los cristales del pasaje.

-¿Y está, así desde entonces?

-Sí, cada vez peor, nadie se volvió a preocupar.

-¿Y qué le parece a usted?

-¿Qué me va a parecer? Asqueroso, lleno de humedad. Inmundo cuando llueve y cuando hay sábanas recién tendidas en los balcones.

-¿No da carácter a la calle?

-Mal carácter, sí. Podía ser otra cosa, sin embargo.

Muy "tipycal", tanto o más que el segundo tramo de la calle Cuatro de Agosto, a la que mi interlocutor siempre se refiere sonriendo y donde "la nota" ha sido siempre dada por los propios y los de la provincia.

-Yo -me dice finalmente don Fernando- utilizo muy poco ese paso. Atravieso generalmente el Mercantil, hacia la plaza de España, o salgo por Alfonso.

No se puede ser "tipycal" toda la vida.

Sobre el pasaje de los Giles me hablan también los dueños de un conocido establecimiento, horchatería en el verano y negocio de alfombras y esteras en invierno.

-Somos los únicos que adecentamos esto un poco. Ahora se friega todas las noches y en el verano una vez al día y otra a la noche. Esto es un vertedero de basuras. Hay mujeres que se acercan con su paquetón y, ¡plaf!, al pasaje.

-¿Es que no pasa por aquí el servicio de basuras?

-Claro que pasa, pero ellas no madrugan, les resulta más cómodo envolver todo en el paquete y tirarlo en un rincón.

El gesto no es digno de elogio. Por supuesto, pero el aspecto total del pasaje tampoco es para mucho más.

-¿Es típico el pasaje?

-Podría serlo. En verano hay mucho turista amigo de estos parajes. A veces se dan casos divertidos, como el de una joven india y otra japonesa que, vestidas con sus trajes nacionales, tan delicados, estaban sentadas aquí tomando su horchata. Daba risa verlas tan elegantes en un ambiente tan destartalado...

Ya el señor Mercadal, amigo sin ambages del tipismo, afirmó que sería muy bueno para la calle la realidad de su desaparición, de su reabsorción con la avenida de la Independencia. De esta misma opinión es el librero don Inocencio Ruiz, aquí establecido desde 1944.

La librería de don Inocencio Ruiz es una lucha abierta contra el medio ambiente. Lucha que inició en su primer establecimiento, de la calle de la Libertad.

-¿Y qué? ¿Consiguió usted algo?

-Aún conseguí ver leer a uno a a puerta del bar -me dice él, legítimamente satisfecho de su conquista-.

-Pues si, yo no encuentro a esto tipismo, a no ser que reciba ese nombre la afición a beber. No hay nada interesante para conservar. Ni un recuerdo histórico. ¡Si por lo menos estuviera el arco de Cinegio!...

Pero el arco de Cinegio no está. La calle termina precisamente ahí, donde estuvo.

-Soy partidario de conservar todo lo que es reflejo de una personalidad, de un carácter autóctono, de un interés artístico. Pero esto...

La librería no influye mucho en el ambiente humano de la calle. Las librerías de viejo van a desaparecer de nuestra ciudad. Y don Inocencio me explica la razón.

-Las minicasas de ahora, con sus minilibrerías, necesitan muy pocos libros pero muy nuevos. Las librerías de nuevo aumentan y las de viejo decrecen.

Como la mayoría de los libreros, se queja del ambiente de la ciudad:

-No hay apenas coleccionistas ni bibliófilos. Ni buenas bibliotecas particulares. Si por lo menos cada estudiante comprase un solo libro, podríamos vivir más de los dos libreros de viejo que estamos en Zaragoza. Dice todo esto muy poco en favor de una ciudad de casi medio millón de habitantes, con Universidad, con colegios mayores, con institutos...

A la calle de Cuatro de Agosto, tan venida a menos intelectualmente, le cabe, sin embargo, una gloria: la de haber editado el primer número del HERALDO DE ARAGÓN, que vio la luz el día 20 de septiembre de 1895. Fue

-Y en Cinegio, 12, había otra imprenta, de donde salió un semanario que salía los domingos y se llamaba "El Papelito Aragonés". Llevaba como subtítulo "Periódico de pan y palo"...

Ocurría esto a finales del siglo XIX. Y el primer tramo, el ancho, el que va hasta los pilones que parten la calle del Cuatro de Agosto, queda constituido así: con sus comercios de prestigio, una tapicería, una tienda de artículos de regalo, una famosa tienda de novedades en juguetería y paraguas...

Y un embotellamiento cada mañana originado por los vehículos de reparto de bebidas que suministran al Tubo y que tienen prohibida la circulación a mitad de camino.

En los escaparates de una tienda elegante se exhiben "Llantitos". "Gigí", la muñeca andadora, el teléfono hablador, el coche que habla... Las novedades más sugestivas del mundo infantil.

Doña Josefina Rodrigo hace una pequeña demostración de la sabiduría de sus muñecas. Pone en pie a una y le dice: "Ven", y la muñeca viene. "Para", le vuelve a decir su dueña, y la muñequita, idealmente obediente, va y se para. ¡Qué ejemplo! "Llantitos" es un muñeco que llora, llora, llora tal como si fuera un niño de verdad. Su llanto, sin embargo, es fácil de remediar. Se le coloca un chupetín que lleva atadito a su cuello y el "pequeñín" va y se calla. Este detalle, ¡ay!, es precisamente el que delata su condición de muñequito de verdad, no de carne y hueso... y de grito...

El segundo tramo de la calle Cuatro de Agosto. En su umbral se detiene la periodista, no por otro motivo, sino el de charlar con dos amabilísimas señoras, doña María López, vecina de la casa número 8, y doña Isabel Matarranz, de la casa número 12. Las dos son vecinas respetables de hace mucho tiempo. De cuando todo esto era muy diferente, según me dicen ellas.

-¿Se acuerda de cuando estaba la rubia ésa? ¡Qué escandalera! -comentan mis interlocutoras-.

-Ahora no es lo de antes. Se cierra pronto por las noches, se puede dormir en paz. De no ser algún borracho que venga "cargado" de otro sitio...

-En Navidades todavía hay jaleo por estos contornos -dice doña María-.

-Bueno, como en todos.

Doña María y doña Isabel quieren a la calle Cuatro de Agosto. Precisamente comentaban ahora mismo que por su gusto no se irían a otro sitio. Una de ellas ya tiene piso en otro lugar, pero retarda cuanto puede su traslado.

-Figúrese, esto, ¡tan céntrico! Mi galería da a la plaza de España; se vería todavía de no ser por el banco... Y de lo demás, oiga, nada.

-Oiga, a mí nadie me ha dicho nada ni se han metido conmigo en ninguna ocasión...

Así queda clarificada y patente la honestidad de una calle, como tal calle hecha como todas las demás, de piedra y ladrillo. Otra cosa es lo que va por dentro, lo que se aloja entre los huecos de esos ladrillos...

El segundo tramo de la calle del Cuatro de Agosto, apenas unos pasos, apenas seis casas juntas, está en el corazón del Tubo. Es parte de ese mismo corazón que tan mala fama arrastra. Hoy está prácticamente ocupado por bares. Ocho he contado entre uno y otro lado de la calle. Además, cuatro salones de limpiabotas, tres establecimientos para el fumador, tres restaurantes, una peluquería de caballeros, una bonita tienda de "souvenirs" y, en la última casa, por si el paseante se ha cansado mucho de tanto andar, hay, también, un callista. Es, desde luego, una calle con evidente personalidad masculina.

En su bares se encuentra esa mezcla rara de caras coloradas y satisfechas de la vida junto a otras melancólicas y como meditando en el pasado. Curiosa mezcolanza que suele darse en tabernas y barrios

de típico beber. Los nombres de los bares de Cuatro de Agosto se refieren casi todos a lugares lejanos o cercanos: Canadá, Texas, Monreal, Santurce, etc. De su ambiente nos va a hablar una artista, ex cantante de zarzuela, una pianista que estuvo vinculada a uno de ellos, en razón de su profesión. Hablo de Corita López.

-Quiero a la calle y al Tubo en general. Tiene carácter, humanidad. Creo que Zaragoza perderá más de lo que piensa cuando pierda el Tubo.

En esta calle empezó Corita López su vida en el arte. Fue en la antigua Sociedad Protectora de Artistas Aragoneses, que estaba instalada allí.

-Recuerdo que Emilio Alfaro hacía de año que acaba y yo interpretaba el papelito de año que empieza. El bar donde yo trabajé como pianista tenía un ambiente muy familiar. Iban las familias por las tardes, tomaban su chocolate, se llevaban a sus niños. Había atracciones, canción.

-¿Qué repertorio tenía usted?

-Selección de zarzuela, siempre. Al público le gustaba y yo creo que todavía no se ha perdido totalmente el gusto por ella.

Corita López vuelve a lamentarse de la desaparición del Tubo. Y lo hace muy expresivamente.

-Allí hay mucha gente que no va a saber dónde cobijarse. ¿Anécdotas? Una vez hubo una bailarina muy delicada que salió a bailar ante el público como era su obligación. Todo iba muy bien, hasta que la bailarina se dio una vuelta redonda. ¡Qué polvareda! A la bailarina le faltaba una prenda de trabajo insustituible. El limpiabotas salió corriendo por ella... Al día siguiente se llenó el salón. Pero el numerito no se repitió; había sido puro despiste, no publicidad.

-¡Y unos escaparates de marisco!... Cada vez que los veo me quedo bizca... Me quedo bizca por el precio, vaya...

El Tubo, me dice Corita definitivamente, "tiene aliciente".

La calle del Cuatro de Agosto debe su nombre a un gesto heroico del pueblo zaragozano. Hay un arraigo histórico en ella que no se puede pasar por alto. El viandante puede pensar en ello, si le apetece,

cuando pasea por su calzada. Y también, no como la última verdad, sino la más importante, he reservado para el final un testigo excepcional que, por cierto, ha sido la única persona que ha hecho referencia a este pequeño fenómeno social que se da en ella. Mi interlocutora pertenece a la Acción Católica de la parroquia de San Gil. Me ruega que no dé su nombre, y, con esa libertad, me habla extensamente de los alrededores y de la propia calle que nos ocupa.

-"Negocios y bares", dice la gente hablando de los parroquianos de San Gil. Se desconoce o se quiere desconocer la verdad. La gente habla de los suburbios. ¡No poco de suburbio tienen todos estos

alrededores, donde las familias viven hacinadas en un cuchitril, en una misma habitación!...

Para estos contornos, la parroquia cuenta con los servicios de una asistente social. Ella se pone en contacto con los verdaderos, los auténticos problemas humanos de la calle del Cuatro de Agosto y algunas anejas.

-¿Problemas? De todo tipo: materiales, morales... Bueno, el año pasado la Protección de Menores tomó unos cuantos niños que andaban por aquí, medio abandonados de sus madres.

Madres medio "artistas".

-¡Hay mucho problema en estos contornos! -sigue mi informadora-. No hay guardería cerca, no hay escuela cerca. Mucho anciano de los que se llaman pobres vergonzantes. Las gentes vienen a colocarse en los bares y no pueden pagarse una vivienda, viven amontonados en viviendas muy humildes.

No todo es Banca y negocios en la parroquia de San Gil.

-Este barrio impresiona -continúa mi interlocutora-, ¡ya lo creo! A mí no me ha impresionado porque he nacido en él, como quien dice. Pero hay señoras que viven por Blancas y por allí que sí que se impresionan...

Y mi interlocutora, pensativa, concluye:

-¿Barrio malo? No sé qué decirle. ¡Pues no habrá poco de malo escondido por ahí!... Barrio con problemas, y no pocos, eso sí, eso mucho. Eso todo lo que quiera...

Y ahora no me digan que no tienen recuerdos relacionados con la calle: la librería de Inocencio, el pasaje de los Giles, la juguetería. Pues envíenlos, y así los disfrutamos todos.

Y aprovecho para hacerles una recomendación. La Corita López que habla en el reportaje, y de la que hoy, por desgracia, solo se acuerdan los zaragozanos veteranos, fue una grandísima artista (y forjadora de artistas, entre ellas su propia hija, Corita Viamonte). Rafael Castillejo, en su fantástica página web, le ha dedicado un pequeño y merecido homenaje. No se lo pierdan.

Y el lunes...

Siempre hubo lunes al sol

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