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La calle obsesionada por mantener la línea

Mariano García 26/11/2010 a las 01:40
Mayor



Bueno, pues hoy traemos aquí la tercera entrega de la serie sobre las calles de Zaragoza a finales de los 60. Este reportaje de Milagros Heredero se publicó en 1968, y la verdad es que he aprendido muchas cosas. Ha cambiado mucho la calle, pero todavía quedan cosas reconocibles. ¡Y qué grande la historia de la calle de las Cortesías! 
Nunca lo será: ni recta ni fría. En su resplandeciente futuro de calle ancha, siempre le será sustancial alguna rara comba que recuerde la irregularidad de su pasado. Pasado de 1,80 de calzada, sin vías ni coches y, sin embargo, esencialmente 'pasajera'. La calle Mayor, sin aspiraciones de Mayor, es una calle donde, según me han contado, el que está descontento lo está porque igual lo estaría en la plaza de España o en el mismísimo palacio de Oriente.
Este lema sirve para el comercio y para las casas 'en línea'. La línea es elemento de obsesión en la calle Mayor. Recorriéndola, de don Jaime I a la plaza de la Magdalena, la periodista ha pensado en esas esculturales mujeres que viven atormentadas por su peso y su línea. Aunque, aplicado a la calle que nos interesa, el tormento tiene su fundamento y rigor y está lejos de todo pensamiento mundano.
Empieza con la panza que hace la casa número uno, en su entrada por Don Jaime I, y acaba con las panzas, resquebrajaduras y grietas de sus últimos números, ya en lo que es propiamente plaza de la Magdalena. Del inmueble uno al setenta, que es la actual numeración, hay un zig-zag, a veces angustioso, de casas 'en línea' y fuera de ella. De ruinoso y de pujante. De pasado definitivo y de futuro. De trozos de calzada de uno ochenta y de algo más de cinco metros. De viviendas en ruinas y de hogares confortables... Hermanado todo bajo la belleza mudéjar de la torre de la Magdalena, a la que la calle rinde devoción con casas de solo cuatro pisos de altura.

La Magdalena ha impreso indeleble carácter sobre el carácter de la calle Mayor y de su vecindario. Ni uno solo de sus aproximadamente quince mil feligreses dejará de emocionarse un poco con la 'llamada' de sus campanas, ''Marta' y 'Ana', hasta esta misma primavera ajenas a mecanismos eléctricos... Y ninguno de ellos ocultará el orgullo de ser nacido bajo el símbolo arrogante y parroquial de un gallo de doscientos cuarenta y seis años.
Hasta de debajo de las piedras surgen recuerdos y curiosidades, vestigios de un pasado esplendor. De la lengua del vecindario brota un hondo afecto por esas piedras, por esos recuerdos de lo que fueron piedra, como la de la 'casa de las bolas', viejo palacio que adornaba sus balcones con bolas doradas, donde viviera en tiempos el marqués de La Cadena.
-Porque antes había palacios en la calle -nos dice Vicente Sancho, el propietario más antiguo de esta parte que va desde Don Jaime I a San Vicente de Paúl. Era más comercial: al no existir el mercado, hacía de tal la plaza de San Lorenzo. Todos los carros pasaban forzosamente por aquí... dicen que era la mejor calle de todas.
Así podría explicase con facilidad su título de 'Mayor' que, sin embargo, le viene de su longitud: calles de Manifestación y Espoz y Mina, añadidas a la actual.
-Quien no la haya conocido no puede figurarse el cambio. Antes no hacía falta reloj. A las diez, puntualmente, pasaban vendiendo leche de burra, pero con las burras por delante, las ordeñaban delante de usted mismo la cantidad que les pidiesen... Ahora es una calle que está en ruinas desde hace cuarenta años -y la voz de Vicente Sancho tiene un dejo de tristeza-.
-Pero va claramente a más, ¿no?
-Mujer, sí. Hace unos años hubo un desprendimiento aquí, en la esquina de Don Jaime I, y mató a una mujer. La gente dejó de pasar. Decían a los chicos: 'No paséis por la calle Mayor'. Se notó mucho. Ahora sí, parece que hay un renacer...
El establecimiento de Vicente Sancho no está en línea. Le da duelo.
-¿A usted le gustaría que estuviese?
-Mujer, sí. ¿Usted sabe lo que es aguantar el polvo de todas las casas nuevas y tener que marcharse ahora?
Para Vicente Sancho, con cincuenta años de adhesión a la calle, algo imposible. Por eso no se marchará.
-Calle pasajera -dice el señor Serrano Velasco, propietario de una tienda de antigüedades-. Siempre ha tenido motivos para serlo. Hasta hace poco aquí se pagaba el arbitrio municipal del agua. La Delegación de la Vivienda está aquí. La iglesia de la Magdalena es un vivero de turistas. Ahora, el nivel económico del vecindario ha subido. Antes era una calle de vecindad humilde, ahora hay mucha clase media. Un día nos reunimos tres que no habíamos visto un solo coche rodar por aquí; ahora ya puede ver usted todos los que hay.
Una calle de humilde vecindad. La panadería, la frutería, la tienda de comestibles, la pescadería, han sido y siguen siendo importantes en ella. Santiago Navaleno, dueño de una pescadería, nos da su opinión. Observo que los precios del pescado son baratos, cosa rara, y se lo digo. El se ríe:
-¿Cómo quiere que los ponga si, después de veinte años, he reaparecido ayer? Ayer abrí la pescadería; si no los pongo baratos no viene nadie.
-¿Y en la venta?
-Hombre, en tiempos de guerra se comía más por recurso. Ahora se come con capricho. No haga mucho caso de mi, estoy todavía algo desorientado con lo de ahora...
Quiteria Martín, vendedora de dulces y caramelos, tiene un criterio más decidido:
-Antes se vendía más, pero cubicaba menos; me entiende, ¿verdad?
-Y la calle Mayor, ¿ha cambiado mucho?
-Siempre ha sido una calle pacífica y alegre. Nada de borrachos ni de gente sentada por las puertas; ni lo están ahora ni lo estuvieron nunca. Cada uno a su quehacer.
El quehacer de Quiteria Martín eran los caramelos: antes, fabricándolos, ahora vendiéndolos.
-Ha sido la edad que me ha jubilado.
La opinión autorizada de uno de los cinco hermanos Escobedo arroja luz a la comercialidad de la calle. Ellos han llevado a la calle Mayor la vieja armería que estaba instalada en el Coso.
-Y notamos la mejoría, porque la calle Mayor de Zaragoza la conocen en todos los pueblos. Con decir 'En la calle Mayor' ya basta.
De la anchura de la calle el señor Escobedo opina que será la de 'toda una calle'.
-No como ahora, que en cuanto para un coche aquí ya hay un litigio. Y no le digo si pasa un camión: descascarilla las paredes.
En cinco o seis años, calcula mi interlocutor, la calle Mayor alcanzará de arriba abajo el preciado título de 'toda una calle'.
-¿Y la gente?
-¿La gente de aquí? Es de la que se gasta las perricas. Es la de la paga extraordinaria. Los otros bien están donde están; que vayan al centro a comprar, que vayan.
'Los otros' son los que tienen mucho, los que están muy por encima de 'la extra'. El señor Escobedo conoce muy bien su psicología. ¿Van a comprar algo? Pues hay que enviarles a casa cinco o seis modelos de lo mismo. Tienen que verlo su señora, sus hijos, hasta el perro, y finalmente hay muy buena suerte si se decidien a comprarlo y no se van a Madrid o a París por ello...
-¿Los de la extraordinaria no son así?
-¡Ni hablar! Esos viven el capricho cuando lo tienen. Si piden algo que no tenemos y les muestras una cosa similar se la llevan tan contentos, deseosos de utilizarla.
Tan contentos... Así es en su mayoría el vecindario de la calle Mayor. Así los ve el señor Escobedo Ruiz, dueño de la armería que ostenta en su escaparate este curioso letrero: 'Tenemos hormigas vivas'. Pobres pájaros...
   


La superficial fisionomía de la calle Mayor, ya lo he dicho, es quebrada. Hasta la casa número nueve -en su acera impar- no alcanza la línea. Hacia el treinta y cinco hay un ángulo agudísimo que quita la respiración. Atravesando San Vicente de Paúl, atrás ya un conocido restaurante y el edificio municipal, aún se cruzan otras esquinas, otros ángulos tan húmedos y humeantes como el anterior. Se llega hasta la inefable encrucijada de la cale del Órgano, en los impares, y la de las Cortesías, en los pares. La primera, como su nombre indica, vive en servidumbre del órgano de la iglesia, asi cómo la casa unida forzosamente al templo por medio de un aparente pasillito con su ventanita y todo, que uestedes pueden ver en una de las fotos. En cuanto a la calle de las Cortesías, he leído que fue bautizada así porque su estrechez no permitía el paso de dos personas a la vez, y de ahí el quitarse el sombrero y el 'pase usted primero' y el 'no faltaba más'...
Justamente en este pequeño y último tramo hago un magnífico hallazgo: el señor Julio. Es el dueño de una frutería viejísima, frente a los paredones de la Magdalena. A cerca de medio siglo se remonta su conocimiento de estos paredones. Y él nos lo dice: no tiene que casarse con fiaduras porque no está en ninguna calleja escondida de mala muerte. No vive en un corrico de parroquianos, sino en un lugar pasajero, cotizable.
Un setenta por ciento de los que viven en estos alrededores son los mismos de antes. 
-¿Particularidades? Muchas. La primera de todas que yo no sé lo que tiene que donde no han 'entrado' una vez han entrado tres. Mírelo, mírelo.
Salimos al lado. En el portal número sesenta hay un picaporte muy nuevo que casi tira para atrás de lo poco en consonancia que está con el resto. Porque el otro, el que de veras correspondía  a la vieja puerta, hace dos días que se lo llevaron. A eso se refiere el señor Julio. A los 'coleccionistas'. Les da por este entorno.
-En la droguería, en la tienda de comestibles... ¿Pues y cuando se llevaron los perniles?
Piezas clave de una buena colección.
-Y las 'tocómanas' no digamos...
Así llama mi interlocutor a las clientas que a lo mejor se llevan aunque solo sea un tomatico, aunque tengan cinco kilos en casa...
-Otra particularidad era, hace años, el tranvía de circunvalación, que iba de la plaza de la Magdalena al Mercado Central, por toda la ronda del Ebro. Casi el tranvía entero era para nosotros. Allí, en la plataforma, echábamos la mercancía, que viajaba sola. Eso le dará idea de una cosa típica: la tranquilidad de entonces.
Sin 'tocómanas' ni 'coleccionistas'.
Hablando de cosas típicas, el señor Julio y la señora Basi recuerdan las enormes filas en torno a la Magdalena, ante un entierro o una boda desigual.
-Filas larguísimas, como no había otras en ninguna parroquia. ¡Un cotilleo!... Después de despellejar al difunto, decían: 'Con Dios esté'. Y en las bodas: '¡Oh, oh, oh!'.
Y, entre flaqueza y flaqueza humana, surgen en la memoria de la señora Basi y del señor Julio los fantasmas del arco de San Cristóbal, de la puerta de Valencia, del arco del Ángel, que allí permanecieron tal vez contemplando con noble sorna el espectáculo.
Poco más allá, en lo que ya no será calle Mayor y que todavía lo es, hay un cartelito que dice: 'Manzana tentación verde doncella, 16 pesetas kilo; especial, 17 pesetas'.
Es en este momento cuando una señora me dice si anoto para bien o para mal. Está en el umbral de una vieja alpargatería, que es toda ella una alpargata vieja. Conversa con dos ancianos. Hablamos de la calle Mayor y de la desaparición de estas últimas casuchas. Es tema de controversia. Uno de los ancianos apuesta que en diez años no se tiran las casa. Da una razón:
-Muchos millones detrás de todo esto. ¿Dónde están?
-Se morirán de asco ahí, pero lo harán a gusto -dice la señora-.
Tal vez el gusto de vivir por seis reales, con los que afirman que viven.
-No las tirarán, no. Se nos caerán encima. Si entra usted, se muere -me dice la señora.
Yo, por si las moscas... Pero antes me atrevo a preguntar:
-Pero, bueno, ¿qué está mejor, lo viejo o lo nuevo?
-Hombre -me contestan ellos-, todo lo nuevo es mejor...
Y cada uno con su gayata, y la periodista sin ella, enfilamos nuestra correspondiente esquina...   


Don Mariano Gracia, el coadjutor más antiguo de la parroquia, me recibe en la sacristía. Nadie como él para hablarme de la Magdalena. Desde los quince años está relacionado con la parroquia. Ya un tío suyo fue párroco de la misma.
-Donde se está bien, ¿para qué cambiar? -me dice a modo de explicación..
Me habla de la gente de la calle Mayor: muy parroquianos. Antes eran labradores en su mayoría, escuchaban la misa del alba, que siempre ha sido en la Magdalena a la misma hora que la del Pilar. La gente acudía más a las misas de primera hora. No ocurre así hoy, que acuden a las de última.
De las obras, de la reforma, me dice don Mariano que la torre está completamente terminada, igual por fuera que por dentro. Falta un zócalo de piedra que rodee exteriormente toda la iglesia y que está ya iniciado en la portada. La portada, la puerta principal, que como todo buen zaragozano sabe no es la auténtica de la Magdalena, ya que la auténtica está cegada y corresponde a la calle Mayor.
-De abrir aquella, causaría estorbos, entorpecimientos en entradas y salidas -me dice don Mariano.
Claro, especialmente ahora,  todavía estrecha la calle. Por otra parte, la entrada por la plaza es más esplendente.
Don Mariano me habla de los siete magníficos ventanales góticos a los que la gente ha dado menos importancia de la que tienen.
-¿Qué desea usted en estos momentos para la Magdalena?
Don Mariano, hombre sobrio, contesta también con sobriedad.
-Deseo una más pujante vida religiosa, que los parroquianos no se limiten a venir, sino que sean más adictos cada día y más compenetrados con la Iglesia. Por su bien espiritual, sobre todo...
El bien espiritual, algo que siempre se ha tenido en cuenta en esta calle Mayor; humilde, hacendosa, resquebrajada por el paso de los años y que, ahora, está subiendo de nivel. 

Ahí tienen. La verdad es que a mi me han sorprendido muchas cosas, no solo la cuestión del trazado, que en la época debió ser un problema, sino lo de la leche de burra, lo de cargar la mercancía sola en los tranvías, lo de la auténtica puerta (la que han descubierto hace poco, ¿no está en el otro lado?).  Pero prefiero que sean ustedes quienes comenten lo que les sugiere el reportaje. Para los que se hayan perdido las dos entregas anteriores, aquí van los enlaces:
1. La calle de las dos caras.
2. La calle más elegante de Zaragoza.




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