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El secreto del hombre-mujer

Mariano García 24/10/2010 a las 22:24
Hombre-mujer


Hoy les voy a proponer un juego. Si tienen sentido del humor y diez minutos diarios a lo largo de esta semana, creo que se van a echar unas risas. Si no... vuelvan la semana que viene, que retomaré la marcha normal del blog. Y no me enrollo más:

A finales de 1897 un extraño suceso conmocionó a Zaragoza. Un hombre disfrazado de mujer apareció encadenado a un árbol en El Burgo de Ebro. HERALDO desplazó allí a dos redactores para intentar desentrañar lo sucedido. Así lo contaban:
Serían las nueve y media de la noche cuando llegábamos a El Burgo y, a juzgar por el silencio que reinaba, hubimos de pensar que habíamos hecho un viaje inútil, porque sus habitantes estaban dormidos. A poco oímos las guitarras de una ronda y uno de los mozos nos indicó las señas de la posada. Entramos en ella y bien pronto nos convencimos de que el suceso del hombre-mujer, como allí dicen, había sido objeto, no ya de la atención, sino también del asombro de las sencillas gentes del pueblo. 
Una voz pública decía que sobre las nueve de la mañana había sido encontrado en la mejana de las Peñas, cerca del puente de la acequia de Fuentes, por el guarda municipal Romualdo Gállego, un sujeto que estaba vestido de mujer y atado con unas cadenas a unas matas de chopo. Romualdo Gállego dio cuenta de lo sucedido al señor alcalde del pueblo, José Lobera, quien se dirigió al lugar del suceso, procediendo a romper los hierros que sujetaban al aherrojado a las plantaciones del chopo.
-¿Cuántos candados llevaba? -preguntamos.

-Lo menos seis, de todas clases y tamaños.
Servía de cárcel al hombre-mujer detenido la sala del Juzgado municipal y, gracias a la amabilidad del Sr. Lobera y del secretario del Juzgado Francisco Herrero, pudimos verle unos momentos. Nos dijo llamarse José Tost, casado, habitante en Reus y empleado en ferrocarriles.
-¿Quién lo ha vestido a usted así? -le preguntamos-.
A lo que contestó que no lo sabía. José Tost aparecía a nuestra vista como uno de los tipos más grotescos que pueden imaginarse.
Los que trataron de escarnecerlo vistieron a Tost de pies a cabeza, y aun de camisa a delantal, pues todas las prendas que llevaba eran de uso del sexo débil. En la cabeza un pañuelo de seda rojo, sujeto por debajo de la barba, permitía que cayera sobre la frente alguna parte de pelo que simulaba un flequillo. La chaqueta y la falda eran de percal listado de color azul en fondo blanco y, sobre éste, un delantal de satén rosa con entredós muy fino en la parte del borde inferior y un bolsillo en el lado izquierdo del pecho, en el que se encontró un pañuelo de hilo blanco que contenía 8'30 pesetas.
Llevaba además de la falda dos pares de enaguas blancas, y otras dos, una de color marrón y otra con dibujo rameado. Las botas eran negras, de charol y tela, y las medias listadas. La chaqueta quedaba ajustada por medio de un cinturon de cuero.
Sujetaba el cuello de José Tost una argolla de hierro, forrada en su parte externa de latón y cerrada fuertemente en la parte anterior del pecho. De ella pendía una cadena de bastante resistencia que servía para sujetar las esposas de las manos, que se cerraban con un candado 'de letras' y que le fueron quitadas cuando se condujo al detenido al Juzgado municipal. En la parte superior de las piernas  y debajo de la rodilla, otras dos argollas tan fuertes como la del cuello y unidas por una cadena, con sus candados correspondientes, le impedían andar casi en absoluto.
-¿Qué argollas le hacen daño?
-Las de las piernas solamente -nos dijo-.
A pocos pasos de donde José Tost fue hallado, se encontró una extensa carta cerrada en un sobre blanco que contenía, en caracteres muy gruesos, la inscripción siguiente: OJO SEÑORES.
Muy cerca del sitio donde Tost estaba sujeto se encontró un maletín que contenía prendas que detallamos, también por referencias: un par de botas negras en buen uso, dos pares de medias rojas, un par de medias listadas, un cinturón de tela negra con broche plateado, dos pañuelos de seda de los que se usan para la cabeza y una cofia blanca de las que emplean para dormir las mujeres. Había también, según se decía, varios cordones blancos y 'medio papel' de alfileres blancos igualmente. Junto al maletín se encontraron también un envoltorio formado por un pañuelo de seda rayada, una chambra blanca con motitas negras y un par de botas negras de mujer, bastante usadas, manchadas de barro, que llevaban adheridas algunas hojas secas. Por este indicio se deducía que la que las usó debió andar por la mejana, único sitio húmedo que hay por los contornos del lugar en que fue hallado sujeto el 'Josefino' Tost.

Hasta aquí. ¿Qué les parece? Esta semana voy a rendir un pequeño homenaje al folletín tradicional, a esas narraciones que siempre han sabido mantenernos en vilo hasta la última línea. Lo bueno del asunto es que nada de lo que vaya apareciendo aquí será inventado. Todo habrá sido publicado en las páginas de HERALDO. Y ahora es cuando pido su colaboración para hacer esto divertido. ¡Hagan juego, lectores! Cuéntennos qué les parece la historia y, sobre todo, manden un comentario al blog diciendo qué explicación le encuentran por ahora al asunto. ¿Por qué creen que apareció en 1897 un hombre disfrazado de mujer encadenado a un árbol en El Burgo? Mañana publicaré otro fragmento de  reportaje aparecido en HERALDO y veremos quién se aproxima a la realidad. Les adelanto que la pista principal está en el contenido de la carta.

Y mañana...
La carta del hombre-mujer




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