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¿CUÁNDO ACABA UNA GUERRA?

Gervasio Sánchez 10/07/2010 a las 07:30
Sarajevo 25

Sarajevo (Bosnia-Herzegovina)   

  Wikipedia dice que la guerra de Bosnia-Herzegovina acabó el 14 de diciembre de 1995. ¿Verdadero o falso? Completamente falso. Una guerra no es como un partido de fútbol que finaliza cuando el árbitro guarda el silbato. Ni tampoco concluye cuando cesan los bombardeos y dejan de acumularse víctimas. ¿Podríamos decir que acaba cuando se superan sus dramáticas consecuencias? Sí, pero entonces la respuesta podría ser nunca.

  La tumba más pequeña que se cavó durante el cerco de Sarajevo custodia a Nalena Skorupan, un bebé de dos meses y diez días, herida el 6 de enero de 1994 y fallecida dos días después. La pregunta es: ¿la pequeña murió hace 16 años o sigue muriendo cada día?

  Hasta hace unos días Nalena era un rostro quemado e hinchado por la metralla que respiraba con dificultades en la gélida habitación de un hospital de guerra. Al día siguiente de su muerte, el enterrador aplanaba su diminuta tumba y la de su tía Mirsada, fallecida en la misma explosión.

  Durante los primeros años una pequeña estela fijaba dos fechas: 1993, año del nacimiento; 1994, año de la muerte. Nadie podía saber que había nacido huérfana (su padre murió en el frente poco después de engendrarla) el 28 de octubre de 1993 y había muerto el 8 de enero de 1994.

  ¿Perseguimos a los muertos o son ellos quienes nos persiguen a nosotros? Toda muerte es injusta. Pero la muerte de un bebé rompe todos los moldes establecidos. ¿Visitas una tumba para desembarazarte de la incertidumbre? Sólo los políticos tienen respuestas tribales. El resto nos conformamos con que alguien se compadezca de nuestras cuitas.

  Durante más de una década la tumba de Nalena parecía olvidada. Nunca había flores. Nadie limpiaba las hojas secas. Como si careciese de dueño. Hasta hace dos años.

  Los cementerios acogen a miles de visitantes durante el Bairam, la fiesta que pone fin al Ramadán. Mirsad Demirovic se emocionó en octubre de 2008 al saber que conocía su terrible historia. Aquel 8 de enero de 1994 había tenido que enterrar a su esposa y a su sobrina Nalena. “Fui yo quien puso su cuerpecito en el fondo de la tumba”, me dijo como  si estuviera reviviendo aquella amarga experiencia.

  Su cuerpo estaba golpeado por una enfermedad degenerativa y su mente todavía alojaba la guerra desnuda. Se negó a hablar de Elvedina, la madre de Nalena. Hasta hace unos días.

   “El padre del bebé era conocido como Nale. Por eso le pusimos Nalena. Por lo menos la  bebé huérfana tendría siempre algo de un padre que nunca conocería”, explica Mirsad mientras abre la cartera y saca una vieja foto.

   Aquel rostro ennegrecido por el impacto de la metralla recobra de repente la vida. Sus ojos miran a la cámara asustadizos mientras una mujer de edad incierta (las guerras desnaturalizan los rostros) la aprieta contra su cara. “Es una foto tomada horas antes de la explosión. La mujer es mi esposa muerta”, me asegura Mirsad.

   El infierno es todo aquello que uno quiere olvidar y no puede. “Nalena no se dormía hasta que yo llegaba y mi mujer, que no podía tener hijos, la quería como si fuese su hija”, entona Mirsad a modo de plegaria.

  La guerra mató a sus seres queridos y los dos hijos que nacieron después del conflicto parecen los actores secundarios de una obra tenebrosa e inconclusa. La madre de Mirsad aprovecha la ausencia momentánea de su hijo para resumir su deseo más íntimo: “Estar solo con su dolor”.

    Aunque Elvedina cree que la bomba que hirió a su hija Nalena fue la primera de un día tranquilo, en realidad fue la última de una jornada especialmente salvaje. Sarajevo fue sometida aquel 6 de enero de 1994 a un bombardeo incesante. Los sitiadores serbios querían celebrar la Pascua ortodoxa a su manera y no dieron respiro durante la mayor parte del día. Hubo horas en que cayeron bombas cada diez segundos.

  “Tardé varios minutos en reaccionar tras la violenta explosión. Me costó encontrar a Nalena entre los escombros y una gran nube de polvo. La tapé con una manta y salí corriendo hacia el hospital. Unos periodistas me llevaron en su furgoneta”, recuerda emocionada Elvedina.

  Lo lógico es que se hubiesen bajado al refugio cuando empezaron los bombardeos. “Pero aquel día había llegado el agua y tenía que lavar muchos pañales de Nalena. Salvé la vida porque estaba protegida en una estancia del interior de la casa”, añade.

  Nalena iba a ser trasladada a un hospital en Alemania la misma mañana de su muerte. “Salí a buscar un poco de agua para refrescarla y cuando volví ya no respiraba. Eran las seis de la mañana”, recuerda.

  Elvedina nunca quiso regresar a su casa destruida. “La muerte de Nalena fue el triste final de un año horrible en el que perdí a mi madre de un infarto y a mi esposo en el frente. Gracias a Dios tengo hoy otros tres hijos a los que cuidar”, relata la mujer. Aunque no desea el mal a nadie, tiene muy claro que nunca perdonará a los culpables.




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