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LA DIGNIDAD TIENE NOMBRE DE MUJER

Gervasio Sánchez 18/04/2010 a las 06:00
2ANGELICA MENDOZA

Ayacucho (Perú)

   La dignidad tiene nombre de mujer en Ayacucho. Se llama Angélica Mendoza, tiene 82 años y es madre de Arquímedes Ascarza, un joven de 19 años desaparecido en julio de 1983.

  Pero se podría llamar Adelina García, de 45 años, esposa de Zósimo Tenorio Prado, desaparecido en diciembre de 1983. También se podría llamar Lucia Pariona, de 78 años, madre de Gerardo Albites, de 16 años, desaparecido en junio de 1984.

  O Margarita Esquivel, de 75 años, cuyo esposo, hijo y hermano están desaparecidos desde abril de 1983. O Alejandra Arango, de 85 años, madre de Julia Melgar, desaparecida en diciembre de 1983.

  Así hasta los 220 nombres que componen actualmente  en Ayacucho la Agrupación Nacional de Familiares de Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú (ANFASEP).  

   Angélica Mendoza, a quien todo el mundo conoce como Mamá Angélica, es el símbolo de ANFASEP, y su presidenta honoraria. Fue una de las fundadoras en septiembre de 1983 de esta organización que, en apenas unos meses, aglutinó a 800 madres, esposas y familiares de secuestrados, y que fue creciendo a medida que se producían nuevas desapariciones.

  Pero antes vivió un calvario mientras buscaba a su hijo Arquímedes secuestrado el 2 de julio de 1983 por un grupo armado en su humilde casa ayacuchana. “Cállate vieja, carajo” fue la respuesta que recibió de los militares cuando les pidió explicaciones mientras se llevaban a su hijo.15 días después recibió un mensaje de puño y letra de Arquímedes. “Mamá, por favor, consígame un abogado y busque los modos posibles de que me pasen al juzgado porque mi situación está muy complicada”, escribió el joven detenido en el acuartelamiento militar.

  “Estuve a punto de volverme loca mientras rebuscaba en las fosas comunes. Los perros y los cerdos se comían los cadáveres maniatados y baleados. Los militares les cortaban las cabezas y las entremezclaban para que la identificación fuese más difícil”, recuerda Mamá Angélica.

   Poco después de crear ANFASEP, Mamá Angélica y otras indígenas viajaron a Lima para denunciar ante el Fiscal de la Nación lo que estaba pasando en Ayacucho. Recuerda que pasaron la noche durmiendo “al pie de un árbol grande al lado del Palacio de Justicia” porque no tenía dinero para pagarse un hotel.

  Sin conocer el ordenamiento jurídico estas valientes y dignas señoras presentaron denuncias en diferentes organismos locales e internacionales. La ONU y la Organización de Estados Americanos enviaron misiones para investigar las graves violaciones de los derechos humanos que se estaba produciendo durante un gobierno democrático.

  Pero sus denuncias acabaron estrellándose contra el muro de silencio estatal y la indiferencia de la sociedad peruana, muy influida por los prejuicios étnicos y culturales.

  En los años ochenta la lucha de Mamá Angélica y sus compañeras tenía más repercusión en el extranjero que en su país. La prensa peruana apenas le prestaba atención. En aquellos años era común hablar del conflicto en la sierra como un enfrentamiento entre “indios”. Algo parecido a lo que pasaba en Guatemala, otro país golpeado por la brutal violencia contra los indígenas.

   ANFASEP organizó una primera gran manifestación en Ayacucho en 1984 coincidiendo con la visita del Premio Nobel de la Paz, el argentino Adolfo Pérez Esquivel. Cientos de campesinas quechuas, analfabetas y de origen muy humilde encabezadas por Mamá Angélica, que portaba una gran cruz, desafiaron el estado de emergencia decretado por el presidente Fernando Belaúnde y marcharon por las calles de la capital ayacuchana.

  En 1992 el presidente y golpista Alberto Fujimori se atrevió a traspasar la línea de la decencia y acusó a Mamá Angélica de “ser embajadora del terrorismo senderista en Francia”. Se basaba en una lista de supuestos colaboradores del terrorismo elaborada por el corrupto y criminal Servicio de Inteligencia Nacional.

  Mamá Angélica sólo había realizado dos breves viajes al extranjero invitada por Amnistía Internacional en uno de los cuales fue recibida por el presidente de la República Federal de Alemania, Richard von Wezsäcker. Tuvo que vivir dos años en la clandestinidad en Perú hasta que la denuncia fue desestimada por el poder judicial.

  Ya en los años noventa la ONU situó a Perú en el quinto puesto del mundo por número de desapariciones. Mamá Angélica pidió en septiembre de 1997 al Defensor del Pueblo que investigase este drama y le presentó una lista con 2.160 desaparecidos del departamento de Ayacucho.

  En abril de 2009, el ex presidente Alberto Fujimori fue condenado por la Corte Suprema por el asesinato de 25 personas durante dos masacres distintas ocurridas en 1991 y 1992 en la capital, perpetradas por un escuadrón de la muerte llamado Colina, integrado por miembros del Servicio de Inteligencia del Ejército que recibieron apoyo logístico desde las más altas esferas del Ejército y del Servicio de Inteligencia Nacional.

  Los gobiernos autoritarios de Fujimori en los años noventa han creado una nebulosa sobre la década anterior en la que se produjeron las más graves violaciones de los derechos humanos durante los  gobiernos democráticos de Fernando Belaúnde y Alan García.

  Es como si Fujimori guardase las esencias de las vergüenzas del pasado en su morral político. Como si toda la violencia del Estado hubiese empezado con el “chinito” que ganó contra pronóstico las elecciones de 1990. Como si una mano oculta hubiese fumigado con un potente repelente la maltratada memoria y borrado de su disco duro los dramáticos acontecimientos anteriores a sus gobiernos.

   En la carátula de La hora azul, el magnífico libro escrito por Alonso Cueto, uno de los pocos escritores peruanos actuales que han tenido las agallas de escribir sobre la violencia sin límite del Estado, se recogen varias frases sacadas de críticas en diarios españoles. En una se lee lo siguiente: el escritor “parece empeñado en desvelar la cara oculta de la historia reciente del Perú, en mostrarnos el horror en el que fundamentaron su poder Fujimori y el sátrapa  demoniaco Vladimiro Montesinos”.

  Muy interesante sino fuera porque los acontecimientos que narra el libro ocurrieron antes de que Fujimori soñase con ser presidente de Perú. Es decir, en los años ochenta cuando los militares eran dioses que ejecutaban a supuestas “terrucas”(algunas niñas) después de violarlas o escupían a Mamá Angélica cuando les preguntaba por su hijo.

  Si los mediáticos escritores peruanos se hubiese dedicado a denunciar lo que ha pasado en su país con las mismas energías que ha utilizado para hablar de cualquier lugar del mundo es muy posible que Alan García nunca hubiese optado a un segundo mandato. Y quizá estaría en una celda aledaña a la de Fujimori, condenado por permitir crímenes muy parecidos.

   En octubre de 2005 Alan García se encontró en una reunión en Ayacucho con Mamá Angélica durante la campaña electoral. “¿Por qué permitiste las matanzas y las desapariciones durante tu gobierno?”, le espetó la anciana. “Intenté evitarlas, pero los militares no me hicieron caso”, respondió cobardemente el actual presidente sin su habitual verborrea.

  “Vino a comprar nuestro voto. Quería fotografiarse con nosotras para manipular el voto indígena. Aunque soy ignorante tengo educación y me gusta respetar a las personas. Pero le hubiera escupido a la cara”, comenta Mamá Angélica con una exquisita calma en el Museo de la Memoria.

  Mamá Angélica ha dejado de tener miedo: “No puedo olvidar ni callar. Aunque me persigan y me amenacen. Mi hijo Arquímedes me pide en sueños que no deje de buscarlo. Cuando muera mi espíritu seguirá luchando por encontrarlo”.




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