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La rebelión de los niños contra el carro de la perrera

Mariano García 18/02/2010 a las 00:49
laceros


Fue un motín, la revolución, el acabóse. En diciembre de 1901 varias decenas de niños atacaron el carro que recogía perros abandonados en las calles de Zaragoza. Liberaron a los animales y arrojaron el carro al río. Así lo contaba HERALDO:

Ayer mañana ha ocurrido en la calle de Cerdán, junto a la plaza del Mercado, un lamentable suceso. La escena se ha desarrollado de la manera siguiente:
A las ocho y media próximamente atravesaba por el centro del mercado el carrito destinado a conducir a los perros cogidos con lazo, custodiado por varios dependientes del Sr. Urroz y los guardias municipales números 40 y 49. En el interior del vehículo iban cuatro o cinco canes.
Al llegar los laceros frente a la tienda de ultramarinos de D. Pascual Aznárez han apresado un perro de gran corpulencia, al cual han metido en el carro, siguiendo la marcha por la calle de Cerdán.
En ésta, frente a la carnicería de la viuda de Val, se ha roto el eje de una de las ruedas del vehículo.

Los conductores han desenganchado el caballo que lo arrastraba, dedicándose acto continuo a buscar quien pudiese reparar la avería.
Entretanto, un nutridísimo grupo de muchachos que, como de costumbre, iba detrás de los laceros, engrosado en esta ocasión por la forzosa detención del carro, ha intentado abrir las puertas de éste para dar salida a los perros, cosa que al principio han conseguido, arrollando a los dos guardias.
Una vez escapados los canes, los chicos y algunas personas mayores que se habían unido al grupo, han comenzado a golpear con gran furia el carricoche con piedras, martillos y cuanto encontraban a mano.
Después que lo han destrozado casi por completo, lo han llevado arrastrando por todo el mercado hasta la ribera. Allí lo han levantado entre gran número de muchachos, arrojándolo al Ebro.
El carrito ha sido arrastrado por la corriente hasta una de las arcadas del puente de Piedra, donde ha quedado detenido, pudiendo ser visto a flor de agua desde las orillas.
Cuando el alcalde ha tenido noticia de lo ocurrido, ha pasado el asunto al Juzgado, ordenando a la guardia municipal que practique activas gestiones para ver si consigue capturar a alguno de los que hayan tomado parte en el atropello.

Hoy algo así sería impensable. ¿O no?

Y mañana...
El hombre que susurraba al oído de los cisnes




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