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El secreto de los rosarios de pétalos de rosa

Mariano García 03/02/2010 a las 02:01
cartuja



Los cartujos planear abandonar Aula Dei, huyendo del mundanal ruido y en busca de sosiego, y con ellos se irá uno de los secretos mejor guardados de la Orden: el método de fabricación de los rosarios de pétalos de rosa. Yo, al menos, no he visto nunca la 'receta' para fabricarlos.
En 1974 Alfonso Zapater  realizó un reportaje sobre la Cartuja de Aula Dei y el régimen de vida que llevaban allí los monjes. Quiso, como podrán suponer, saber el secreto de los rosarios. Pero...
El silencio de la Cartuja de Aula Dei solo es roto a determinadas horas por el tañido de la campana. También por el silbido del viento. El sol parece derramarse sobre los edificios de color ocre como la tierra. Se puede encontrar la paz en el corto espacio de una mañana. A veces surge un cartujo -¿padre?, ¿hermano?- no se sabe de dónde. Camina con las manos sobre el pecho, metidas en las mangas del blanco hábito. Enfundada la cabeza en la capucha. Mira, sonríe tímidamente y hace una inclinación, a modo de reverencia, por todo saludo. Es la vida sin palabras, que pasa por los corredores, por el claustro, por el huerto.
Todas las celdas miran al claustro. Sobre cada puerta hay una sentencia bíblica y una imagen de la Virgen del Pilar. La misma imagen en todas las puertas; sólo varía la sentencia.

-Los padres -me dicen- pasan las veinticuatro horas en la celda; salen únicamente para los oficios. Son llamados uno a uno, por medio de la campanilla que da al exterior. Contestan con unos golpes,
desde dentro, para decir que han escuchado la llamada.
Junto a cada puerta, una pequeña ventana. Allí depositan la comida de los cartujos. Dentro, austeridad. Sólo austeridad. Una tabla movible sujeta a la pared, que se baja y hace de mesa. Una mesa con libros. Un camastro, con el palo de dar golpes junto a la mesilla, siempre al alcance de la mano, un pequeño oratorio. También, el taller de trabajos manuales y el huerto. Las horas son muy largas para pasarlas enteramente en oración.
-Disponemos de libros. En la biblioteca podemos elegir los que deseamos para cada semana.
La biblioteca contiene diecisiete mil volúmenes. Abundan los temas religiosos, lo teológico, lo monástico. Pero está presente todo el saber humano. Hay valiosos códices. Y hasta una biblia primitiva, escrita en hebreo. El claustro es inmenso. Parece que no tiene fin. Las capillas se suceden, hasta el número de quince. ¿O son más? Desde cualquier parte del claustro -desde las celdas- se puede ver el cementerio, que forma un cuadrado en lo que pudiera ser el patio central. Allí, cruces sencillas, sin nombre. Allí se unen la vida y la muerte. Los cartujos son enterrados en la tierra, sin ataúd. Tierra con tierra. Todas las tumbas tienen cruz. No hay espacio para más. Una de ellas muestra la tierra nueva, removida.
-Murió el pasado día 16.
El anterior enterramiento, en esa misma sepultura, se había efectuado en 1907. Las tumbas serán siempre las mismas en número. Ni más ni menos. La tierra es igual para todos y a todos los iguala.
-Vamos a rezar un padrenuestro.
El cartujo que nos acompañaba se quita la capucha. Junta las manos. Cerca del cementerio han plantado rosales. Centenares. Miles. Las flores quedarán después convertidas en cuentas de rosario. Porque la Cartuja de Aula Del tiene la exclusiva de una bella y delicada artesanía: los rosarios de pétalos de rosa. Rosarios que no pierden el olor con el paso de los años. Dos hermanos guardan celosamente el secreto. Nadie más. Solo en Burgos y en Zaragoza se conoce este tipo de artesanía. Luego descubriría campos plantados de rosales, fundamento de la secreta artesanía de los cartujos.
-Exportamos muchos rosarios.
-¿A dónde?
-A Italia, sobre todo. También a Francia y Bélgica. A muchos países.
-¿Cuántos pétalos de rosa entran en cada rosario?
La pregunta se quedó sin respuesta. Tampoco logré averiguar el número de rosarios que exportan cada año. La producción artesana. Sólo supe que muelen los pétalos de rosa y luego forman una pasta,
de la que obtienen las cuentas de los rosarios. El pintor Ruizanglada, que me acompañaba -Enrique Zalduendo sirvió de introductor-, pidió permiso para sacar varias fotografías, porque el tema de los cartujos le atrae pictóricamente.
-Entre los cartujos hemos tenido buenos pintores.
Lo comprobamos al contemplar los frescos de algunas capillas. Por lo demás, la Cartuja de Aula Dei guarda celosamente lo más importante de la obra de Goya en Aragón.
-Vienen a verlas con frecuencia. No lo comprendo -comentó el hermano que nos acompañaba-, porque nosotros huimos de la comunicación con el mundo para comunicarnos mejor con Dios.
Allí, con el silencio de Dios, todo parece distinto. Los cartujos no parecen de este mundo, aunque vivan en él. Diecinueve padres y dieciséis hermanos son los actuales protagonistas de la vida conventual.

Como todos los cartujos lo son por propia voluntad, hay que convenir, al margen de planteamientos religiosos, que esta forma de vida medieval forma parte también del patrimonio inmaterial amenazado.
Y mañana...
El primer automóvil construido en Zaragoza.




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