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Blog - Los desastres de la guerra

por Gervasio Sánchez

EL SALÓN DEL NUNCA MÁS

Un vecino pasea a su bebe a caballo por Granada
Un vecino pasea a su bebe a caballo por Granada

Granada (Colombia)

Granada es un pequeño pueblo del departamento de Antioquia emparentado con la guerra y la muerte desde 1988, fecha en que se produjo el primer asalto guerrillero. Desde entonces pocos pueblos colombianos han sufrido hechos tan traumáticos. Su población ha sido utilizada como carne de cañón por todos los grupos armados del país, incluido el ejército colombiano.  

Todo empezó con el enfrentamiento por el control territorial entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), los dos grupos guerrilleros más importantes. Sus carantoñas bélicas provocaron el desplazamiento masivo de la población en 1997.

En noviembre de 2.000 las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), formados por diferentes grupos paramilitares de extrema derecha, masacraron a 19 personas. Un mes después, la guerrilla bombardeó con cilindros de gas el casco urbano destruyéndolo y matando a otras 23 personas. Posteriormente, ocuparon el pueblo destruido.

En 2001, los dos últimos alcaldes había sido secuestrados y uno más antiguo había sido asesinado. Las masacres de campesinos continuaron durante los primeros años del siglo XXI mientras las bóvedas del cementerio se llenaban de cuerpos sin identificar.

En 2002, las AUC consiguieron recuperar el pueblo después de echar a la guerrilla e instalaron un gobierno aliado. Un tercio de la población tuvo que huir para evitar la muerte. Tanto las FARC como el ELN siguieron hostigando a Granada y amenazando de muerte a su alcalde. Las AUC aumentaron los ataques selectivos contra los pobladores, disparándose las desapariciones forzosas.

El nuevo plan de Seguridad Democrática, implementado por el presidente Álvaro Uribe después de ganar las elecciones de mayo de 2002, reforzó al ejército y la policía rural. Granada dejó de ser el escenario de violencia cotidiano para los grupos armados y su casco urbano comenzó a reconstruirse. Pero los atentados siguieron durante el 2003 provocando más muertos. Las guerrillas atacaron Granada durante una visita de Uribe para inaugurar el proyecto de reconstrucción.

El reguero de sangre de dos décadas de violencia se puede formalizar en números: 400 personas asesinadas, 128 desaparecidas y 83 víctimas de minas antipersonas. El censo de 19.500 habitantes en 1988, año de la llegada de los primeros jinetes mortíferos y apocalípticos, ha quedado reducido a 9.800 en la actualidad, la misma población que en 1905, hace más de un siglo.

El total de NN (muertos sin nombre) reportados en el municipio es de 338 casos desde enero de 1985 hasta junio de 2008. “La mayoría de los cuerpos NN entre 2000 y 2004 eran de personas integrantes de los grupos guerrilleros obligados a ser enterrados por los comandantes sin necropsias ni actas de levantamiento de los cadáveres”, explica un informe local.

Los familiares de las víctimas consiguieron organizar en 2007 la Asociación de Víctimas Unidas de Granada (Asovida), una iniciativa encomiable en un país en el que las víctimas están extrañamente divididas por motivos ideológicos o personalistas y formando parte de decenas de organizaciones paralelas que muy pocas veces realizan actos unidos.

Asovida ha creado el “Salón del Nunca Más”, una especie de mosaico de la memoria donde se muestran los rostros y las historias truncadas de sus habitantes asesinados, desaparecidos o heridos, con el objetivo de que “todos nos miremos en un espejo como acto de reconciliación y de contrición colectivos”.

Un bello escrito titulado La voz de las víctimas homenajea a los ausentes y a sus familiares: “Unos ven el país detrás de un televisor, pero allí no están las víctimas. Las víctimas son de carne y hueso, respiran y sufren solas, arrinconadas en el drama de las lágrimas. Nadie puede llorar o perdonar por ellas. Nadie puede pagar en oro los abrazos que perdieron. La voz de las víctimas necesita ser escuchada. Y detrás de sus voces hay un sitio donde viven los ausentes”.

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