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Alberto Rabadá y Ernesto Navarro, dos escaladores para la Historia

Mariano García 31/10/2009 a las 02:03
navarro



Tras la entrada dedicada hace unos días a Alberto Rabadá y Ernesto Navarro, un lector, Álex Puyó, me puso en la pista de dos textos que les dedicó HERALDO cuando no paraban de lograr metas hasta ese momento imposibles. Y considero un acto de justicia volcarlos en la red para que naveguen por ella y encuentren lectores que sepan apreciarlos. Quizá no sean muchos los lectores, vale, pero solo con que haya un aragonés o un español que 'descubra' la existencia de estas dos primerísimas figuras del deporte español, solo con eso siento recompensado el esfuerzo.
Coincidimos, Álex y yo, en que Rabadá y Navarro son sobradamente conocidos entre los escaladores y montañeros -hay vías que llevan su nombre en lugares tan emblemáticos como el Naranjo de Bulnes-, pero que no tienen el reconocimiento popular que merecen. Sirva un ejemplo: Zaragoza, que cuenta con una calle dedicada a la película 'Cantando bajo la lluvia', y que quizá se la dedique pronto a Supermario, no se la ha dado a estos dos deportistas. Me parece alucinante, y como ya no sé si estoy cuerdo o loco, si ustedes creen que también se la merecen, por favor, mánden un mensaje al blog que, si la idea no es descabellada, la solicitamos. Mientras tanto, disfruten de los textos. El primero, del 22 de agosto de 1961:
El Gallinero. Avanzamos en su dirección desde la explanada de este magnífico Parque Nacional, por terreno áspero, atravesado de hoyos y surcos abiertos por las aguas de las tormentas, pero todos en seco, salvo el último, por el cual cae un manantial copioso que surge entre las rocas del Gallinero. Penetramos en un recodo agreste entre enorme megalitos que recuerdan las ruinas druídicas; crecen los árboles en todo su vigor; sólo un pino tumbado muestra sus raíces secas; ruge el torrente y, de improviso, nos encontramos en una estrecha terraza desde la cual se domina la cascada de Cotatuero,  que aparece en todo su desarrollo. Volvemos la vista hacia atrás y la Peña de Gallinero, sólo entrevista parcialmente, se nos presenta ya en toda su majestad; su masa ingente, colosal, empequeñece cuanto la rodea; los árboles más grandes se humillan a sus pies. Una pequeña cascada se agita como una banderola sobre nuestras cabezas y nos envía su rocío; al llegar al suelo forma un arroyuelo, que saltamos, hasta tocar la enorme muralla, que rodeamos por su base hasta el punto que, elegido, es la base de la escalada.
Alberto Rabadá, "Edil" para sus íntimos. De complexión atlética; todo vigor y energía; mirada inteligente e inquieta. Ama la montaña por y para la escalada. Cuenta en su haber la 'primera' al Puro del Pisón en Riglos. La 'segunda' internacional a la cara Sur del Tozal del Mallo, en julio de 1957, dos meses después de que figuras del máximo prestigio del país galo conquistaran este 'Retablo del Altar', según decir de catalanes, y hoy, puestos sus ojos en estos torreones del Gallinero, abre una nueva vía de las más codiciadas en el Alto Pirineo.

Ernesto Navarro. Pequeño pero ágil. Complementa a la potencia de Rabada su agilidad de ardilla. Resistente y sufrido, hace gala, espontáneo, de ironía y sentido del humor en los trances apurados y cuando la buena suerte, vuelta de espaldas, cede paso a la adversidad. En su historial deportivo cuentan distinguidas la 'primera' a la cara Norte del Puro; Norte de Peña Telera. Su entusiasmo y preparación le han conducido recientemente a escaladas clásicas de categoría internacional en la vertiente francesa de los Pirineos. Pitón Carré, en el macizo de Vignemale; Pilier Sur en el Midi d'Ossau.
Modesto, se enternecía al recibir al final de estas meritorias escaladas las atenciones solícitas de sus compañeros del curso de Alta Montaña de la Escuela Nacional celebrado recientemente. Su indomable espíritu y voluntad del dominio de sí mismo no han sido mellados por el accidente sufrido años pasados en las cimas del Firé, con caída de treinta metros y fractura de una pierna.
La escalada. Iniciada a las siete de la mañana del domingo día 13, con tiempo esplendoroso que acompañó a lo largo de los tres días que duró la escalada. En este primer día, la roca se presenta totalmente descompuesta, 'podrida' en el argot escalador. Se ascienden noventa metros, hasta llegar al pie de los grandes techos que hay que superar, con salientes de incluso doce metros. Primer vivac. Al amanecer del segundo día, se vuelve al ataque para superar los dos techos, máxima dificultad de toda la escalada y punto neurálgico de la misma. Hasta aquí se había llegado en tanteos de estudio al principio de verano. Hoy sólo se ascienden veinte metros, por tener que desplazarse continuamente en pasos laterales que entorpecen y retrasan la progresión. Segundo vivac. Con las primeras luces del tercer día, se ataca el tercer tramo, de roca más noble, dura, de extrema verticalidad; se aprovecha la fisura que desciende vertical desde la cima; de paredes lisas, pero convenientemente separadas, hasta el punto que facilitan en magnífico progreso por oposición. Cauce natural de aguas, que una posible y frecuente tormenta en estos macizos hubiese hecho impracticable al convertirse en una auténtica cascada.
A las once de la noche quedaban salvados los ciento ochenta metros que restaban, y los trescientos del total del Espolón del Gallinero. En estas últimas horas se han empleado focos eléctricos sujetos en la frente. Tumbados en la cima, silenciosos, respirando profundamente, recuperándose del esfuerzo realizado durante tres días y dos noches, contemplan absortos las infinitas estrellas, únicos testigos, y sin más galardones que el éxito conseguido y su propia estimación.

Y éste, pese a su brevedad, intenso, del 19 de octubre del mismo año:
Los escaladores aragoneses han conquistado una nueva marca, de la que se hablará mucho hasta que sea superada. Esto no sucederá muy pronto. Alberto Rabada y Ernesto Navarro, monitores de la Escuela Nacional de Alta Montaña y pertenecientes a la Sociedad Montañeros de Aragón, invirtieron noventa y ocho horas para escalar la cara Sur del Mallo Fire, en Riglos. La marca anterior estaba en tres días y la establecieron otros dos aragoneses, Rafael Montaner y José Díaz, al conquistar el Culoir de Gauve en el Pico Vignemale (Francia).
Rabada es alto, de fuertes manazas; Navarro es pequeño, ágil. Con razón le llaman 'ardilla'. Este complemento de condiciones físicas diferentes ha logrado la hazaña.
-¿De qué os alimentásteis durante estos días?
-De queso y de melocotón en conserva. Necesitábamos grasas para combatir el frío, combinadas con glucosas para soportar el esfuerzo de la escalada. Sólo disponíamos de un litro diario de agua para los dos.
-¿Las horas más terribles fueron las de las noches?
-Fueron digno complemento de las otras. Durante los cuatro días apenas pudimos pegar ojo. Las horas de oscuridad las pasamos en posición horizontal ligados mediante varias clavijas a las rocas. El peso del cuerpo hacía que las cuerdas impidieran la circulación de la sangre; teníamos que estar en continuo movimiento.
-¿Y la sensación de vacío?
-Desaparece a partir de los treinta metros.
-¿Cuánto pesaba el equipaje?
-Veinte kilogramos.
-¿Condiciones de la roca?
-Son muy variables. Espacios duros, en los que es muy difícil, por no decir imposible, sujetar las clavijas, suceden a otros de arena muy fina. Para escalar un trecho determinado de veinte metros empleamos siete horas y tuvimos que pasar la noche en él.
Pero al final llegaron a la meta. El suceso fue seguido con todo interés por los habitantes de Riglos que, incluso, apostaban entre si para acertar la hora en que llegarían a la cumbre. Una anciana de noventa
años, ciega, enviaba a su marido, de igual edad y sordo, para que le tuviera al corriente de la escalada. Al frente de la expedición, y como asesor, figuraba el Sr. Brufau, instructor de Cartografía y Topografía.
-Como primeros proyectos figuran -dicen los escaladores- el asistir a un curso de escalada regional dirigido por la Escuela Nacional de Alta Montaña, que empezará en Mezalocha y terminará en el Alto Pirineo.

Y el martes...
El vendedor de golosinas del paseo de Ruiseñores




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