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El comisario Muslares y el hombre que acuchillaba a los paseantes

Mariano García 29/10/2009 a las 01:58
acuchillador



Hoy les hago una pequeña trampa. Aunque en el suceso que aquí se narra intervino el comisario Muslares (ya saben,  ese Poirot que estuvo al frente de la policía zaragozana en 1914 y 1915) lo cierto es que su participación en esto no tuvo ningún mérito especial. Es más, parece que ese día en concreto estaba más preocupado por la detención de una chiquilla que "cada día entraba a servir en una casa y se marchaba por la noche llevándose algo de camino". Pero el suceso es verdaderamente insólito y la crónica es tan fresca y colorista que merece la pena leerla. Un lunes de abril de 1915:
A las ocho y cuarenta, cuando mayor era la afluencia de públco en la populosa calle de D. Alfonso I, acaeció anoche un alarmante suceso que nos produjo profunda impresión a cuantos lo presenciamos y que pudo tener fatalísimas consecuencias.
Un gran gentío paseaba tranquilamente antes de marchar a cenar por la aristocrática y céntrica avenida. Por el arroyo y las dos aceras caminaban los transeúntes bien ajenos a lo que momentos después les sobrecogió de pánico. De pronto, en la esquina de la calle de Goya, un sujeto de baja estatura, tocado con boina y vestido con traje de labrador, sacó de la faja un cuchillo cabritero de grandes dimensiones y al grito de: "¡Criminales, ahora me las vais a pagar todos!", acometió furioso a diestro y siniestro.
Uno de nuestros redactores, que marchaba acompañado de un amigo, vio que hacia ambos se dirigía el agresor y, esquivando la feroz acometida, retrocedió algunos pasos para apoyarse en una farola y poder sortear el golpe. Milagrosamente pudo nuestro compañero salir ileso, pues el agresor cambió de dirección, y con furia inaudita se abalanzó sobre un grupo de varias personas que estaban paradas frente al escaparate chaflán del comercio de tejidos El Toisón. Allí comenzó a asestar cuchilladas a cuantos encontraba a su paso, y continuó en carrera desenfrenada por la acera, acometiendo con vesánica saña.

El revuelo que se produjo fue enorme. La gente corría hacia todas las direcciones sin darse cuenta de lo que ocurría. Las mujeres gritaban despavoridas llamando a sus pequeñuelos. El público se agolpaba en las porterías y en los establecimientos, poseídos de insuperable terror. Fueron unos instantes de terrible angustia. La calle de Alfonso quedó desierta en gran trecho y el criminal era dueño del teatro de la tragedia, pues nadie osaba acercarse a él ante el temor de ser asesinado a mansalva.
En el trozo de la travesía comprendido entre las calles de Méndez Núñez y Torrenueva acuchilló a algunas personas más y continuó corriendo hasta la plaza de Sas. Algunos transeúntes se repusieron del susto y comenzaron a perseguirlo. Acorralado, volvió pasos atrás, gritando por la calle de la Montera. Perseguido de cerca por varios paisanos y el sargento del regimiento de Aragón D. Francisco Tolosa, éste le dio dos o tres sablazos, consiguiendo que aminorase su veloz earrera.
Frente al Banco de Crédito se encontró el fugitivo con Tomás Usón, que venía en dirección contraria. Apercibido a la defensa por los gritos de los perseguidores, el joven Usón -que es un fornido labrador, hijo del conocido propietario D. Antonio, del barrio de Movera-, desvió el 'viaje' que le mandó el agresor, consiguiendo evitar el golpe. De un fuerte puñetazo lo derribó en tierra y, sujetándolo de ambas manos, le quitó el arma, que estaba ensangrentada hasta el puño y con la punta rota.
Inmediatamente ayudaron al Usón a sujetar al forajido, el paisano Pedro Dosset y los sargentos Tolosa y López Roca, éste último de la sección ciclista. En pocos momentos la plaza de San Felipe fue invadida por enorme gentío, que rodeó al detenido y pretendía lyncharlo.
Pasado un buen rato acudieron dos parejas de Seguridad y un delegado de la guardia municipal, que se hicieron cargo del agresor, el cual seguía gritando: "¡Criminales, ya lo pagaréis! ¡Viva la anarquía!". Atado con esposas, fue trasladado a las oficinas de vigilancia del Gobierno civil. Durante más de media hora hubo gran número de curiosos en el lugar del suceso, que comentaban las pavorosas incidencias del mismo.
En las farmacias próximas fueron curados algunos heridos. En la inspección de vigilancia del gobierno civil fue presentado el extraño sujeto por los guardias de Seguridad números 14, 37, 55 y 65 y por el delegado de la guardia municipal, Sr. Larraz. Allí continuó dando pruebas de su perturbación.
-¿Cómo se llama usted? -le preguntó el sr. Muslares.
Y el detenido contestó con muestras de exaltación:
-Nekens.
Después dijo que se llamaba Rodrigo Soriano, y pronunció algunos nombres más de políticos. Sacó un número de 'El Motín' y se puso a leer tranquilamente. No sabía una palabra de heridos, ni de la calle de Alfonso, ni de nada de lo sucedido. Se le encontraron en uno de los bolsillos seis cápsulas de pistola del 15 y unos documentos triturados. Reconstituyendo un pasaporte se pudo saber que el tal sujeto se llama Luciano Izquierdo y que tiene 33 años. Por este documento se supo también que viene de Francia y que es jornalero. El no explicaba nada en concreto.
Pasados unos momentos de calma, comenzó de nuevo a mostrarse furioso, por lo que se tomó la providencia de amarrarlo. Pero después de algunos esfuerzos, rompió las ligaduras y hubo que amarrarlo nuevamente. Lo metieron en un calabozo y hasta tuvieron que cerrar las mirillas porque el perturbado seguía haciendo de las suyas, dando gritos y amenazando a todo el que pasaba por frente al calabozo.
En los libros de la inspección no se encontró antecedente alguno del Luciano Izquierdo. Es un sujeto desconocido en absoluto. Olía bastante a alcohol, y aunque su estado no era el de un ebrio, tampoco puede decirse que le faltaba vino entre pecho y espalda. Quedó en el calabozo bien amarrado y con toda seguridad.
El jefe de la policía, Sr. Muslares, formó el propósito de tenerlo en observación durante toda la noche, para comprobar si verdaderamente se trata de un loco, para adoptar medidas gubernitivas, o si se trata solo de un ataque de  perturbación alcohólica.
A medida que fue pasando el rato en el calabozo se tranquilizó el perturbado. A las dos de la madrugada dormía tranquilamente, como si no hubiera hecho nada, el que pudo ser origen de una horrorosa tragedia y de un día de luto para Zaragoza. El hecho se cuenta y no lo creen los que no lo vieron. Fue una verdadera pesadilla.

La cosa, por lo que se publicó en días siguientes, tuvo un final relativamente feliz, y eso que se hablaba de 'charcos de sangre' en las calles donde tuvo lugar el suceso. De los muchos heridos, solo dos lo fueron de cierta gravedad, y no he encontrado en días posteriores ninguna noticia sobre su muerte. Al día siguiente Muslares interrogó al detenido, que aseguró que se dedicaba a la compraventa de cacerolas y que no se acordaba de nada de lo ocurrido. Muslares llegó a la conclusión de que no estaba loco, sino de que había empuñado la navaja por abuso de alcohol, y lo envió a la cárcel.
Y ahora, su turno: ¿Qué es lo que más les ha gustado de la crónica?
Esto es todo por hoy. Si alguien se ha perdido alguno de los reportajes de la serie de Muslares, aquí van los enlaces para lo que se ha publicado hasta ahora.
1. El comisario Muslares y el robo de plomo de las torres del Pilar.
2. El comisario Muslares y el 'timo de la guitarra'.
3. El comisario Muslares y el caso del botones desaparecido.

Y, mañana...
Un cura aragonés en El Palmar de Troya




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