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1927: Y Cagancho montó el escándalo en Zaragoza

Mariano García 17/10/2009 a las 03:47
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Los toros siempre han sido uno de los platos fuertes de las fiestas, antes más que ahora. La Misericordia ha vivido miles de anécdotas curiosas, cientos de acontecimientos sorprendentes. En 1927, en uno de los carteles más importantes de las fiestas, Cagancho la lió parda:
Pocas figuras como la del trianero Joaquín Rodríguez (Cagancho) han podido disputarle al Don Juan de Zorrilla el derecho a declamar los jactanciosos versos de su drama:


Por donde quiera que fui
fue el escándalo conmigo...

porque si Almagro y Calahorra y tantos otros públicos marcaron una norma de salida en las intervenciones de este torero, ayer en Zaragoza, tras una actuación de miedo, frescura e ignorancia incomprensibles, toda la Guardia Civil de la provincia hubo de disponerse a custodiarle al terminar la corrida para que no fuese víctima de las iras de un núcleo cargado de razonada indignación.
Justamente fue ayer cuando Cagancho mereció el título de torero revolucionario. La explanada exterior de la Plaza, con toda la policía, guardias de Seguridad y guardia civil de infantería y montada, daba la impresión de que nos hallásemos no en el apogeo de unas fiestas, sino en momentos de revolución, con el propio Lenin redivivo dando aldabonazos a las puertas de Zaragoza.
El pueblo se revolvía en ruda protesta ante la puerta de salida de conserjería.
En las galerías altas, las clases privilegiadas contemplaban absortas la amenazadora revuelta.
La tragedia caganchista tomaba entonces caracteres apocalípticos. Se mascaba ese característico tufo precursor de las grandes convulsiones sociales.
Cagancho: torero revolucionario.
Hubo un momento, a la salida de cuadrillas, en que una ráfaga de optimismo aleteó sobre nuestra frente: Cagancho lucía un terno rojo y oro, el mismo que en el Corpus vestía en Toledo, y en Pamplona por la última feria de San Fermín.
Pero ¡ay! que no dimos en que el rojo es, sobre el poder de las efemérides, color de sangre y de tragedia.
Le soltaron un Concha y Sierra bravo de salida, al que los piqueros se encargaron de apagarle el gas; el cañí lo lanceó por verónicas templando un par de ellas y poniendo también, en un quite, unos destellos de arte y de quietud.
Luego... comenzó a olfatearse el desastre. Tomó la muleta, dio varios pases sin dominar; a la media vuelta dio un pinchazo delantero y, después, una estocada atravesada. Descabelló al sexto intento, y los pitos, con potencia de sirena de la escuadra inglesa, resonaron con estruendo en las típicas calles de Triana.
Hagamos constar que el toro le alcanzó en un pase y le rasgó la ropa por el muslo, quedando al descubierto un pedazo vivo de la morena talla del montañés.
La tragedia iluminaba ya el redondel con vivos resplandores de incendio clásico.
Y salió el quinto de Concha y Sierra, que era un berrendo, buen mozo, cobardón y con pinta y hechos de buey.
Cagancho, que había ocultado honestamente el fragmento muslar de su desnuda talla, con un pantalón largo de monosabio del viejo régimen (los de ahora lo llevan blanco), comenzó a lancear por verónicas, despegado, desconfiado, bailando y perdiendo terreno a cada lance.
Tomó la muleta -¡entonces fue ella!- y comenzó a pasar por la cara huyendo vergonzosamente, con un temor que solo pudo ser hijo de la superstición más gitana.
Colocó, alargando el brazo y volviendo la cara, una estocada atravesada.
Luego otra pescuecera, indignante. Se marchó a la barrera para consentir que los peones se entregaran a marear el bicho a fuerza de vueltas y capotazos.
El griterío era ensordecedor...
Otro pinchazo ignominioso.
Sonó el primer aviso.
Otro pinchazo y dos intentos de descabello.
Cagancho, descompuesto, desencajado, con aquel pantalón de bombero, perdiendo la faja verde de seda, era algo que indignaba... pero que apenaba también. El torero de la gran figura, de la cara morena y los ojos verdes, quedó convertido en una ruinosa piltrafa taurina, ante aquella res acribillada a pinchazos.
El escándalo arreció en todas las localidades de la Plaza. Acababa de asestar, con premeditación y alevosía, un pinchazo en el cuello, cuando sonó el segundo aviso.
Atizó otro pinchazo, y otro, y...
El público seguía protestando con una fuerza pulmonar que acredita a Aragón de región única para enfermos del pecho. Por algo es de Aragón Panticosa.
Nueva intervención de los peones, más pinchazos y... al corral.
Salieron los mansos y Cagancho salió al callejón, donde comenzó a llorar, desconsoladamente, para pasar después a la enfermería de la plaza
Pero, a petición del público, la Presidencia le obligó a permanecer en el ruedo durante la lidia del último toro. El señor Montel fue aplaudido.
Y a la terminación de la corrida, las fuerzas terrestres y marinas hubieron de disponerse a custodiar la salida del diestro. Bocinas y klaxons automovilísticos, parecían con sus agudas voces, unirse a la protesta.
Un peón, Rodas, fue detenido, creemos que por faltar al artículo 86 del Reglamento, que prohibe, entre otras cosas, marear a fuerza de vueltas y capotazos a la res para que ésta se eche más pronto.
Cagancho se recluyó en la enfermería de la plaza, donde se dispuso a seguir buena parte de su vida.
Las fuerzas de mar y tierra dejaron ya de custodiar los alrededores de la plaza de toros y, al anochecer, según nos dijeron, en un coche de la empresa, vestido ya de paisano, fue conducido a Casetas, de donde partió para la Corte.


Y mañana...
Las fiestas en las que la lotería cayó en Zaragoza




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