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El embalsamador aragonés y el misterio de Eva Perón

Mariano García 23/07/2009 a las 01:01
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La noticia que traigo hoy a Tinta de Hemeroteca no es especialmente 'sabrosa'. De hecho, promete más de lo que en realidad es (me dirán que como muchas de las que aparecen en el blog, pero qué le vamos a hacer). Confieso que cuando la descubrí me quedé helado, pero busqué a través de Google y vi un montón de páginas que giraban en torno a la desaparición (o secuestro) de los restos de Eva Perón, y que mencionaban con mayor o menor profusión a Pedro Ara, el médico que la embalsamó, que había nacido en Zaragoza..

Cuando me propuse hacer el blog enseguida decidí que era mejor no sacar ninguna noticia ni ningún personaje del que se ya ofreciera información en Google. ¿Para qué? El lector, por mucho que nos empeñemos algunos periodistas, no es tonto y sabe encontrar lo que busca. Para qué repetir información. Así que llevé al 'dique seco' esta noticia. Pero no sé por qué razón me vuelve una y otra vez a la cabeza. Así que la comparto con ustedes. Se publicó en 1964, nada más y nada menos que doce años después de que muriera Eva Perón.
BUENOS AIRES. El misterio del lugar donde se encuentran enterrados o depositados los restos de Eva Perón ha sido reactualizado hace algunos días por el bloque de diputados justicialistas (neo-peronistas) quienes, por intermedio de su presidente, doctor Juan Luco, informaron en conferencia de Prensa que habían presentado un proyecto solicitando del Poder Ejecutivo un informe sobre el paradero de aquellos, con el propósito de "rendirle el justiciero homenaje que su figura merece"'.
Como se recordará, los despojos de la esposa de Perón, fallecida en julio de 1952, fueron embalsamados por el taxidermista español profesor Ara y depositados en el edificio de la Confederación General del Trabajo. Poco tiempo después de sobrevenida la revolución del l6 de septiembre, el cadáver fue sacado de la central obrera y nunca se informó sobre lo que posteriormente ocurrió con él.
Quienes intervinieron en esa operación guardaron tan celosamente el secreto de lo que había pasado, que ninguna luz, pese a los ocho años transcurridos desde entonces, pudo filtrarse en él. La agitación provocada al reavivar este asunto -tal vez algo olvidado por quienes no se hallan embarcados en la corriente peronista- ha empezado a dar sus frutos, y comienzan a tejerse extrañas historias acerca del lugar en que está enterrada la otrora primera dama argentina.

Así, en la populosa ciudad de La Plata, hubo por estos días una especie de psicosis colectiva, provocada por el rumor, que ganó las calles de la urbe, que afirmaba que Eva Perón se hallaba enterrada en la iglesia de San Francisco, ubicada en el centro de esa localidad. El párroco del templo se apresuró a decir que carecía de toda noticia al respecto y aclaró que la única vinculación entre la muerta y la Iglesia se refería al casamiento, celebrado allí, hace 19 años, entre el entonces coronel Perón y Eva Duarte.
Otro aspecto del problema lo configura el hecho de que si se averigua, o se hace una seria investigación para averiguar el paradero de los restos de Eva Perón, tendrá que salir forzosamente a la luz, él o los responsables del secuestro de su cadáver, quienes serán pasibles de las sanciones dispuestas en el Código Penal. Y aunque los diputados neoperonistas hayan aclarado que no les guía ningún propósito de perseguir a los responsables, si se comprueba quiénes son, el fiscal del crimen no tendrá más remedio que seguir contra ellos la acción correspondiente. Esta acción -ahora posible- antes no estaba contemplada en el Código argentino.
Hace más de 40 años, una banda de delincuentes se dedicaba a secuestrar cadáveres de los cementerios -pref eriblemente de familias ricas- para solicitar a sus deudos una gruesa suma de dinero como rescate del muerto. Finalmente fueron detenidos y procesados, pero no pudieron ser condenados puesto que "el robo o rapto de cadáveres" no estaba incriminado en el Código. En efecto, el hurto o el robo requiere que el objeto apropiado sea una "cosa mueble", y los cadáveres no se asimilaban a esa categoría. Para cometer rapto se exige que el sujeto pasivo sea una persona, y los muertos, precisamente, han dejado de serlo. Los delincuentes tuvieron que ser puestos, en consecuencia, en libertad, pero se procedió entonces a subsanar la falla legal.

Vale, no es gran cosa, pero buceen un poco en internet y seguro que la historia les atrapa. Antes de que lo hiciera yo lo hizo el aragonés Jorge Romance, que ofrece información interesante en su blog Purnas. Pero también pueden encontrar distintos datos sobre Ara, o sobre lo sucedido con el cadáver de Eva Perón, en páginas tan distintas como la de la Enciclopedia Aragonesa o en la del diario argentino 'Clarín'. Y artículos del mexicano Carlos Fuentes, y una novela de Tomás Eloy Martínez...
Para los muy ocupados, se lo resumo. Eva Perón murió en julio de 1952, a los 33 años. El doctor Ara, zaragozano, se hizo cargo del tratamiento del cadáver. Era, quizá, el mejor especialista del mundo. Mientras en la calle los argentinos empezaban a hablar de 'Santa Evita', el doctor fue trabajando (dicen que durante casi un año) sustituyendo la sangre primero por alcohol y luego por glicerina. Una noche en la que Pedro Ara estaba supervisando el estado en que se encontraba el cadáver, el jefe del Servicio de Inteligencia del ejército argentino, acompañado de un grupo de soldados, se lo llevó. Durante 16 años el cuerpo estuvo oficialmente en paradero desconocido, aunque en realidad lo mantuvieron en continuo movimiento. Se dice incluso que, ante el ahínco con que lo buscaban los peronistas, se llegaron a fabricar y mover varios ataúdes más para despistarles en sus pesquisas. Estuvo en Bonn, Bruselas, Roma y Milán, donde fue enterrado bajo identidad falsa, hasta que acabó viajando, de incógnito y en el camión de una floristería, a Madrid. Allí le esperaba el propio Perón, entonces en el exilio. En la historia hay infinidad de detalles curiosos y sorprendentes, pero les dejo a ustedes que los descubran...

Y mañana...
El expreso Barcelona-Madrid, desalojado por las chinches




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