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Petra Pastor, la última barquillera de Zaragoza

Mariano García 08/07/2009 a las 02:23
barquillera


Hoy se asoma a esta sección uno de esos personajes populares -en el más amplio sentido de la palabra-, que han caído injustamente en el olvido. Porque pocas mujeres fueron tan queridas en la Zaragoza de los años 50 como Petra Pastor que, durante década y media, fue la última barquillera de Aragón.  HERALDO la entrevistó en el 55. 

Los chiquillos que, bajo la vigilancia de sus amas, juegan diariamente en la plaza de Aragón, son amigos de Petra Pastor,  de la barquillera, de la 'abuelita', como algunos niños la llaman. Todos sienten por esta simpática vendedora una gran atracción.
Petra, aparte de ser la que proporciona tan deliciosa golosina, es algo más entre la bulliciosa clientela infantil: una amiguita más, tolerante y cariñosa, a quien todos se acercan para hablarle.
Petra conoce a todos -ha conocido a muchos- y sabe sus nombres como también las casas a que pertenecen, sus gustos, las debilidades de cada cual, sus gracias...
Petra Pastor, la última barquillera, se mantiene firme en su puesto junto al pino a espaldas de Lanuza.

En las tardes soleadas, el rojo de su barquillera tiene algo de rescoldo que se extingue... La rueda ya no gira como tiempos atrás.  Los barquillos se venden a tanto la pieza. Ya no se dan los que la suerte diga.
El cubo de los barquillos muere 'a golpes'. Lo que tenía de juguete feneció ya...
Petra, la barquillera de la plaza de Aragón, la única barquillera zaragozana, es amable, bonachona y muy expresiva. 
-¿Es de Zaragoza?
-Soy de Madrid.
-¿Qué edad tiene, Petra?
-Sesenta y dos.
-¿Cuántos de residencia en nuestra ciudad?
-Cuarenta. Ya soy una baturra.
-¿Por qué vino aquí?
-Vine de doncella con el comisario don Pedro Aparicio. Tenía entonces veintidós años.
-¿Muchos sirviendo?
-Tres.
-¿Qué hizo después?
-Casarme con un barquillero que vendía en el paseo de la Independencia.
-¿Aragonés?
-Navarrico.
-Y se hizo usted barquillera, claro.
-Me hice barquillera y al poco tiempo tuve un puesto fijo en el mismo paseo, frente a la calle del 5 de marzo.
-Su marido, ¿también tenía puesto fijo?
-No señor, que circulaba.
-¿Vive?
-Murió hace veinte años.
-¿Muchos hijos?
-Hemos tenido siete, pero sólo quedan seis.
-¿Vive usted sola?
-Con cuatro de ellos y tres nietos.
-Sus hijos, ¿han sido barquilleros?
-Todos ellos han vendido, pero cuando cumplían los 14 años los ponía a trabajar en otras cosas.
-¿Es usted la única vendedora de barquillos con el clásico cubo?
-La única en Zaragoza, sí señor. Hay alguno que los vende pero en cesta.
-¿Cuántos estaban antes?
-Cuando yo me casé, dieciocho. Solo en el paseo éramos nueve.
-¿Desde cuándo es usted la única?
-Desde hace doce años.
-¿Es suyo el cubo?
-Este y dos más que tengo en casa; el de mi marido y el de mi hijo.
-¿A qué horas vende?
-En invierno, desde las once de la mañana hasta que se pone el sol. En el buen tiempo hasta las once y las doce de la noche, según.
-¿Cuántos años lleva en la plaza?
-Dieciséis.
-¿Qué hace cuando llueve?
-Si no es mucho, resguardarme bajo el pino. También el pino me resguarda del sol en el verano. Si llueve con ganas me paso a los porches. ¡Cuántas veces he tenido que quitar la nieve para ponerme yo!
-En aquellos tiempos, ¿vivía de los barquillos?
-Se vivía regular. Aparte había que tener otras cosas.
-¿Y hoy?
-Tampoco es suficiente.
-¿Cuánto costaba la tirada?
-Una perrica.
-¿Cuántos daban?
-Los que marcase la rueda, numerada del 1 al 20.
-¿Cómo se vende más, jugando o sin jugar?
-Se vendía mas jugando.
-¿Entonces...?
-Para eso había que hacer muchos más de los que hago y, la verdad, se me cansa mucho la vista.
-¿Usted misma los hace?
-Siempre los he hecho. Ahora me dejan unas hornillas pero las planchas son mías.
-¿Cuántos barquillos hace?
-Todos los días hago un 'puñao'.
-¿Cuáles gustan más a los chicos, los largos o los cortos?
-Los largos.
-¿Es pesado el trabajo de hacerlos?
-Para mí, sí. Se queman mucho los ojos con las hornillas.
-¿Tiene cariño a su barquillera?
-Mucho. Son muchos años con ella.
-Si volviera a nacer ...
-¡Ah! Eso es distinto. No volvería a los barquillos. Todo el día en la calle aguantando el frío, el calor, el agua...
-¿Quiere mucho a los niños?
-Mucho, y creo que ellos también a mi. Los conozco a todos y hasta a muchos padres. Algunos retratan a sus chicos junto a mi barquillera, porque es una foto muy bonita. Yo sé que ha habido niños que han llorado cuando no estaba la barquillera, o la 'abuelita', como otros me llaman.
-¿Qué tal se lleva con las amas?
-Muy bien. Todas las que vienen aquí son muy buenas y muy simpáticas. Hay veces que un niño quiere barquillos y no llevan dinero. Es igual, se los presto. Y regalar, he 'regalao' muchos.
-¿Qué hace cuando está sola en el puesto?
-Jersey y puntilla.
-¿Carga con el cubo todos los días?
-iCa, no señor! Me lo guardan en una portería de la plaza.
-¿Nunca lo lleva a su casa?
-Hace siete años que no ha entrado allí. Cuando hay que repararla o darle una mano de pintura lo hago en la misma portería.
-¿Usted la pinta?
-Yo misma.
-¿Quiere decirme, Petra, cuál es su ambición?
-Mi única ambición es tener salud y ganar el pan de cada día. No envidio a nadie. Bien poco le pido a Nuestro Señor.

La estampa de Petra, con su barquillera junto a la estatua del Justicia, debe permanecer aún en las retinas de varias generaciones de aragoneses. Así que ahora es el turno de los lectores.  ¿Alguien se acuerda de Petra Pastor? ¿Alguno de sus descendientes sigue en Zaragoza? ¿Alguien recuerda a algún otro barquillero? Y los barquillos, ¿eran iguales a los de ahora? ¿Cómo se hacían para que resultaran tan perjudiciales para los ojos?

Por cierto, que ese comisario Pedro Aparicio con el que llegó a Zaragoza Petra Pastor como doncella es el que sucedió en el cargo a Alberto Muslares, el Poirot zaragozano. Lo digo porque algún lector me ha pedido más datos de Muslares y me ha preguntado cuándo publicaré otro de sus casos. Será pronto, pero ya no esta semana, sino la que viene.

Y mañana...
¿Pero hubo alguna vez un zoo en Zaragoza?




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