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Manuel Clavero: "Siempre supe que no reconocerían mi récord"

Mariano García 21/06/2009 a las 11:06
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Hace unos días, Manuel Clavero apareció en el blog Tinta de Hemeroteca, y numerosos lectores se interesaron por su historia, la de un aragonés que logró un récord mundial en lanzamiento de jabalina, pero que la Federación Internacional de Atletismo no reconoció. Gracias a las ayuda de la samperina Mariví Latorre, se ha podido localizar a Clavero y mantener una entrevista con él.
Vive desde hace más de cuatro décadas en San Sebastián. Allí, como entrenador, ha contribuido a fraguar numerosas generaciones de atletas vascos. Casado, con dos hijas y un nieto, es feliz, aunque tiene todavía alguna que otra espina clavada. “Me supo muy mal tener que jubilarme –asegura-. Yo a los 65 años todavía lanzaba peso, martillo, disco… Podía enseñar la técnica no en la pizarra, como hacen algunos entrenadores, sino en la pista de atletismo”. Le supo tan mal aquello que, desde entonces, y ya han pasado 17 años, no ha vuelto a pisar un estadio. “Cuando paso al lado siento que… No sé, no sé… No puedo entrar. Pero en la tele sí, me 'ventilo' todas las competiciones que retransmitan”.
En 1956 Clavero saltó a la fama por haber batido el récord mundial de lanzamiento de jabalina en el estadio de Montjuic. Pero lo hizo con el llamado 'estilo español', que la Federación Internacional de Atletismo no reconoció. Clavero, que logró marcas prodigiosas, siguió consagrando su vida al atletismo, pero ya alejado de los focos de los medios de comunicación. Hoy, cumplidos los 82 años, rememora aquella época con nostalgia pero sin tristeza.
Pero para entender la figura de Manuel Clavero hay que remontarse muy atrás, a los últimos meses de la guerra civil, y a un suceso crucial en su vida, un suceso que podría muy bien inspirar una película.

“Fue durante la retirada de Aragón. Teníamos mucho miedo a los bombardeos. Dormíamos en un túnel que hay a la entrada de la estación de arriba en Samper y mis padres, por la mañana, se fueron a coger comida a casa para volver al monte, a su refugio. Yo me quedé con mis tíos en el túnel, y a la hora prevista salí con mis tíos, para unirme con mis padres, pero, cuando estábamos a punto de llegar, empezaron a bombardear el pueblo. Mis padres, que se encontraron con otros amigos, se fueron a un sitio más resguardado”. Terminó el ataque de la aviación y Manuel y sus tíos acudieron al punto acordado de antemano. Pero no encontraron a nadie. Asustados, volvieron a la estación y vieron un tren blindado. Decían que era el último. Los adultos tenían miedo, querían escapar a Barcelona. “¿Y qué hacemos con Manolito?”, se preguntaron. “Pues nos lo llevamos y que sea lo que Dios quiera”. En sus mentes cabía la sospecha de que habían muerto en el bombardeo. “Mis padres fueron poco después al punto de encuentro y, al no estar yo allí, inmediatamente se fueron a la estación y se enteraron de lo del tren, así que se lanzaron a buscarme”. Sin más ayuda que la determinación, siguieron las vías y carreteras, a pie, según la información que les daban, desde Samper a Lérida.
La familia acabó reuniéndose de nuevo en Barcelona. Más tarde movilizaron al padre que, al finalizar la guerra, acabó en Francia, y Manuel Clavero y su madre se refugiaron en Samper. Allí murió su madre y Manuel, a los 14 años, se vio obligado a tomar la decisión más importante de su vida: elegir la familia con la que iba a vivir. “Fue durísimo. Al final, como me había criado junto a mi tía, que en ese momento vivía en Granollers, me fui con ella”. Estudió en las Escuelas Pías y un día se acercó al campo de fútbol, donde estaban entrenando unos atletas, entre risas y bromas. “Oye, para entrenar a fútbol, ¿qué tengo que hacer?”, les preguntó. “Tienes que hablar con Fulanito. Pero, si quieres entrenar atletismo, ya ves lo bien que no lo estamos pasando”.
“Fui al domingo siguiente -recuerda ahora Manuel-. Probé varias veces con la jabalina y me salió un lanzamiento de 40 metros, cuando el récord de Granollers estaba en 36 ó 37. Aquello les sorprendió y me animaron a seguir. Volví a entrenar y empecé a competir con el peso, el disco, la jabalina… Eso fue en el 47. En los campeonatos de España quedé sexto”.
Mas tarde probó con la barra –disciplina que desaparecería del calendario en el 60- y pronto empezaron a 'caer' los récords. Primero el de Cataluña, luego el de España. Clavero, que era ferroviario, vivía en Granollers, pero trabajaba en la ciudad condal. El F. C. Barcelona le hizo una oferta y no se lo pensó. En la división de atletismo del Barça estuvo del 54 al 63. Allí conoció el llamado 'estilo español' para el lanzamiento de jabalina.
“Todo empezó casi como una broma –recuerda Clavero-. Un día, Félix Erauzquin estaba con Miguel de la Quadra Salcedo y le dijo: 'Pues yo la jabalina, si la lanzo 'al estilo pastor', la mando más lejos que nadie'. Y se lo enseñó. De la Quadra se fue a entrenar a París y no se le ocurrió otra cosa que salir con un cubo de agua y la jabalina. La lanzó al 'estilo pastor' y batió el récord de España por tres o cuatro metros. Se armó un revuelo de mil demonios. Después de eso, empezamos a probar todos”.
El estilo 'pastor', 'vasco' o 'español', como se acabaría llamando, consistía en mojar con agua jabonosa la jabalina, desde la encordadura a la cola, empuñarla por la mitad de la encordadura y, utilizando el tronco como punto de apoyo, se realizaban dos o tres giros, para acabar soltándola por el hueco de la mano, por donde se deslizaba con facilidad.
Clavero lo probó y vio que mandaba la jabalina a más de 60 metros con relativa facilidad.
Se animó y empezó a entrenar en solitario. Todos los días iba a Montjuic y trabajaba, trabajaba y trabajaba. En los círculos del atletismo catalán empezó a correr el rumor de que Clavero estaba haciendo cosas prodigiosas. Alguien, quizá un periodista, acudió una tarde al estadio y le vio atravesarlo, a lo ancho, en uno de sus lanzamientos. Y se publicó la noticia en 'La Vanguardia'.
“Se montó una increíble- dice Clavero-. Al día siguiente Montjuic estaba animado de periodistas. Se organizó, pocos días después, un intento de récord del mundo, oficial y hasta reglamentario, en el que participamos De la Quadra y yo, con Samaranch en el palco. En el sexto y último lanzamiento, solté la jabalina y enseguida noté que parecía que tenía alas. Mejoré la distancia del récord mundial en unos metros y fue la locura. La gente se echó al campo y la policía tuvo que protegernos porque, en su euforia, parecían dispuestos a todo. Nos llamó Samaranch y nos dijo: 'Vamos a ir a Melbourne y vamos a ganar las tres medallas'. Yo había llegado hasta los 90 metros, aproximadamente, y Miguel de la Quadra Salcedo a unos pocos menos. El récord mundial 'oficial' lo tenía entonces el polaco Siddlor en 83,76. Al no ir a las Olimpiadas, compensaron a Erauzquin y a Miguel De la Quadra a una gira por Estados Unidos. A mi, que era el que oficialmente había batido el record del mundo, antes de las modificaciones, me ignoraron. En su gira, ambos lanzaron, según cuentan, sobre 110 metros. Yo, en la península, también superé esos 110 metros, en una exhibición en Montjuic”.
Todo parecía indicar que España se iba a quedar con las tres medallas pero…tras el récord, “la Federación Internacional de Atletismo pidió que hiciéramos una exhibición de barra y otra de jabalina. Vinieron a vernos y no dijeron ni pío. Se fueron y enseguida modificaron el reglamento. No aceptaron nuestro récord del mundo. Nosotros seguimos un año o así lanzando con el 'estilo español', pero luego lo dejamos, porque no conducía a nada”.
Manuel Clavero cree que fue injusto que no reconocieran la nueva forma de ejecutar el lanzamiento. “La verdad, la verdad, siempre supe que no iban a reconocer este récord del mundo. La técnica era muy distinta, y hubiesen tenido que cambiar el peso de la jabalina porque, cuando hubiéramos perfeccionado más la técnica, yo creo que la hubiésemos lanzado incluso por encima de las gradas -bromea-. Pero los estadios se habrían quedado pequeños. Era muy difícil que reconocieran aquella forma de lanzar porque, además, España en aquella época no tenía el relieve ni el peso que tiene actualmente”.Clavero era factor de circulación de Renfe y jefe de estación suplente. Siguió practicando el atletismo hasta que, a principios de los 60, empezó su carrera de entrenador, que le llevó en el 68 a San Sebastián, donde ha vivido hasta hoy. Es un enamorado de la barra vasca. En tres ocasiones que fue a entrenar a París, (Joinville) se llevó la barra y entrenó ante su entrenador personal esta disciplina. “Tras verme lanzar, me dijo que era el lanzamiento rural más espectacular que había visto. Yo opino lo mismo y más. Me da mucha pena que no se conozca más ampliamente”. ¿Cuál es el secreto de un buen lanzador? “El mismo que para cualquier otro lanzamiento, pero con las peculiaridades propias del artefacto a lanzar: estatura, peso y velocidad -concluye-. Y tener una voluntad de hierro para entrenar. El atletismo requiere una mente muy especial”.




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