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CRONICA DE LA DEPORTACION

Gervasio Sánchez 26/03/2009 a las 07:36

Es verano de 1998 y Kosovo no está de moda. Jóvenes albanokosovares y serbios han convertido la guerra en su droga diaria. Lo único que une a ambas comunidades es la intensidad con la que lloran a sus muertos.
Dos identidades con historias paralelas caminan a la deriva cuando ya ha concluido el tiempo del diálogo. La muerte invade las carreteras de esta pequeña provincia de 10.000 km2.


Columnas de deportados entrean en Albania después de ser expulsados de Kosovo. Morina (Albania), marzo de 1999 (Gervasio Sánchez)
El odio interétnico es tan intenso que ya sólo funcionan las leyendas negras. Los serbios describen a sus enemigos como “muyahidines” llegados de Bosnia y Kurdistán que se lanzan sin miedo al combate bajo los efectos de las drogas.
Los albanokosovares, que representan el 90% de la población, relatan terribles torturas y se sienten habitantes de una prisión. Las masacres se multiplican al inicio de 1999.


Un grupo de mujeres cargados con niños agotados llegan al paso fronterizo. Morina (Albania), abril de 1999 (Gervasio Sánchez)
La comunidad internacional decide intervenir con años retrasos igual que hizo en Bosnia-Herzegovina. Ese vicio diplomático de medir con el mismo rasero a verdugos y víctimas tan enquistado en la tradición política europea.
Sus mediocres diplomáticos se reían en la cara cuando en 1996 los más pesimistas recordábamos que Kosovo sería la siguiente pieza sangrienta del tablero balcánico, que Milosevic no se iba a conformar con los acuerdos de Dayton, que su obsesión por el poder provocaría otra guerra.

Una anciana se derrumba víctima del agotamiento Morina (Albania), abril de 1999 (Gervasio Sánchez)
Lo inaudito es que algunos de aquellos insensatos siguen ocupando puestos de gran relieve en la “inteligencia” europea. Y siguen demostrando sus incapacidades en conflictos perennes como el de Oriente Medio.
Los bombardeos provocan el cierre de filas en el bando serbio. Hasta los ciudadanos opositores apoyan a Slobodan Milosevic, el principal carnicero de los Balcanes durante toda la década. Un personaje del gran escritor austriaco Thomas Bernard dice en su libro Helada que “muchas ideas se convierten en deformidades que luego no se pueden extirpar”.

Expulsados de Kosovo llegan en carretas. Morina (Albania), abril de 1999. (Gervasio Sánchez)
Milosevic, que ha hecho del delirio el eje de toda su vida, ordena la deportación de un millón de albanokosovares y provoca otro baño de sangre.
Es 27 de marzo de 1998 tres días después del inicio de los bombardeos de la OTAN contra Serbia. Columnas de deportados inician un largo viaje a ninguna parte, atraviesan las fronteras de Albania y Macedonia y llegan exhaustos a las localidades fronterizas.

Una mujer exhausta bebe agua en el paso fronterizo Morina (Albania), abril de 1999 (Gervasio Sánchez)
El paso de Morina, al norte de Albania es un funeral permanente. Se llora por el entierro de Kosovo que muere cada vez que un niño, una mujer, un anciano o un hombre atraviesan la frontera. Extenuados, son víctimas de una violencia extrema y del racismo antes de abandonar el territorio donde nacieron y vivieron durantes generaciones.
Se les roba los anillos de casamiento y las viejas joyas familiares, se les requisan los títulos de propiedad, los viejos pasaportes yugoslavos y los carnés de identidad, se les obliga a pagar en centenares de miles marcos - los ahorros de toda una vida- el precio de la libertad en países extraños, se les insulta, se le bombardea mientras huyen, se les viola. Se les despoja de la dignidad, llegan a la frontera destruidos psicológicamente, heridos en el subconsciente colectivo.

Unos hombres empujan un tractor inutilizado Morina (Albania), abril de 1999 (Gervasio Sánchez)
El viaje dura días y semanas. Muchas familias quedan partidas y sólo se reencontrarán meses después. Las fosas comunes comienzan a llenarse de cadáveres. Los que alcanzan la frontera han sido desprovistos de su identidad, son anotados como números en una larga lista sin fin mientras reciben las primeras muestras de conmiseración.
Sus rostros rompen el ánimo, hieren en la conciencia. La intención de los verdugos es matar toda huella del pasado. Sin pruebas, sin identidades, no existe un Kosovo albanokosovar. Es una entelequia, un invento de ilusionistas, amantes de lo etéreo.
Todo es demasiado táctil en Morina y penetra con un golpe violento en las ranuras del alma.

Varios niños deportados llegan a la frontera. Morina (Albania), abril de 1999 (Gervasio Sánchez)
Ese 27 de marzo atraviesan la frontera 2.800 deportados. Dos días después, 40.053. La primera semana son 166.851. A los 14 días la cifra supera los 300.000. El 7 de junio hay en Albania 423.844 refugiados.
Los trenes cargados de seres humanos en la estación de Pristina, la capital de Kosovo, se convierten en el símbolo de la tragedia. Un joven español, Miguel Gil, es el único periodista que resiste en Pristina y consigue tomar las imágenes históricas que abren los informativos del mundo entero. Por desgracia morirá en una emboscada un año después en Sierra Leona después de deleitarnos con varias lecciones más de pundonor y gran periodismo.
El fantasma del pasado colapsa la conciencia ciudadana de los europeos. ¿Ha resucitado Hitler? Sí, se llama Milosevic. ¿Ha regresado la inoperancia? Sí, ahora se llama Comunidad Europea y es incapaz de velar por la justicia y la libertad en su patio trasero. ¿Ha regresado la deportación, los campos de concentración, el genocidio? Sí, sí y sí. ¿Ha muerto la historia? En Nuremberg dijimos Nunca Más. En cambio, en los Balcanes somos complacientes con los principales verdugos. Sí, ha muerto la lección de la historia.




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