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Viajes

Una vuelta a casa sobre ruedas

Fernando Zorrilla, estudiante Erasmus de Física, recorrió en bicicleta 1.400 kilómetros desde el sur de Inglaterra hasta Zaragoza. Completar el trayecto en apenas nueve días, y sin GPS ni conexión a internet alguna, ha sido una de las experiencias más bonitas de su vida

Jorge Lisbona Actualizada 18/04/2014 a las 21:36
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Hizo más de 1.400 kilómetros en bicicleta –a razón de 155 por jornada, de media– para llegar a casa en Semana Santa. Salió de Southampton, al sur de Inglaterra, con una tienda de campaña, un saco de dormir, un hornillo, una brújula, un libro y un par de mudas en la mochila. Tuvo que dormir varios días en bosques lindantes a las cunetas –solo pudo descansar tres días en cámpines– y soportar las inclemencias del tiempo. Y aunque no se había marcado una fecha de llegada, logró completar el trayecto en solo nueve días. Esta fue la odisea particular de Fernando Zorrilla, un estudiante Erasmus de Física de 21 años apasionado por el ciclismo que decidió aprovechar las vacaciones de primavera, el llamado ‘spring break’, para recorrer la geografía europea a pedales.

Sin GPS ni conexión a internet, se valió de mapas de cada región y de su orientación para guiarse entre carreteras y caminos, una tarea «no del todo complicada», ya que «siempre iba hacia el sur». El primer día «fue el más duro». Tras bajar del ferri que le ayudó a cruzar el Canal de La Mancha, avanzó los primeros 187 kilómetros, una meta más exigente que la de los ocho días restantes –con etapas de 160 km.– que le ayudó a ganar confianza. En 48 horas llegó a Nantes, al oeste de Francia, y de ahí pasó a la Costa Atlántica.

Subir el puerto del Somport con el viento en contra y una mochila de 17 kilos fue uno de sus mayores retos. Tampoco lo pasó nada bien el día en que tuvo que soportar fuertes lluvias durante cerca de 20 horas. «Me eché a dormir mojado y me desperté con los pies hinchados, no me entraban en zapatillas», recuerda. Pero todo «mereció la pena». «Llegar a Zaragoza, ver el pirulí en el horizonte y empezar a reconocer los edificios fue maravilloso, una experiencia realmente emocionante», admite Zorrilla. Además, en casa le esperaban con los brazos abiertos y una enorme pancarta de bienvenida.

Su ánimo apenas decayó con el paso de los días, solo dudó cuando una de las ruedas de la bici se pinchó y se vio en medio de la nada sin posibilidad de arreglarla a tiempo. «Pensé en hacer autoestop pero, afortunadamente, encontré una tienda en la que me vendieron una nueva por 30 euros», comenta. Viajar sin compañía le dio libertad para improvisar, aunque también le hizo pasar momentos de soledad. «Llegó un día en el que no sabía quién era ni qué hacía allí. Las conversaciones conmigo mismo eran constantes, pero me centré en seguir avanzando», bromea.

Fuerzas para continuar

Cada día mandaba un mensaje a sus padres para decirles dónde estaba y que seguía bien, tanto física como anímicamente. Ellos le habían dado su visto bueno, pero era imposible no preocuparse por su hijo. «Otros, antes de empezar, me decían que estaba loco y eso, en lugar de echarme para atrás, me dio más fuerzas», reconoce. Zorrilla comenzó a preparar el viaje en enero. Es un habitual de los triatlones, pero hasta abril no había recorrido más de 130 kilómetros seguidos. «Comencé a aumentar distancias para mentalizarme y parece que funcionó», expone.

Su cuerpo le pedía comer constantemente, sobre todo azúcar. Por ello, paraba en cada pastelería a recuperar energías y en los supermercados para comprar productos más elaborados que luego cocinaba en su hornillo. Lo que comenzó como una forma original de traer de vuelta su bici a Zaragoza se convirtió en una de las experiencias más bonitas de su vida. «Hubo momentos de euforia, lo mejor fue lo inesperado. Subir y bajar la duna de Pilat, de más de 100 metros de altura, fue increíble», confiesa.

Superado el reto, toca centrarse en los estudios. Zorrilla volverá a Inglaterra a finales de abril, aunque solo será para un mes y medio, dado que, si todo sale bien, terminará la carrera a principios de junio. «Con todo el dolor del mundo», dejará la bicicleta en Zaragoza, aunque buscará otras fórmulas para no perder el ritmo. «Aunque sea, haré ‘spinning’. Quieto no voy a estar», afirma. De momento no quiere plantearse ningún otro reto similar, aunque después de los exámenes, comenzará a prepararse para participar en competiciones estivales de triatlón.




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