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Opinión

Del surrealismo al esperpento

La ubicación de los empleados del Parque Deportivo Ebro es una manifestación más de la lamentable gestión política de las instalaciones deportivas.

Miguel Gay Actualizada 14/03/2013 a las 15:52
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Socorristas metidos a vigilantes de museo. Es la nata de la tarta que tiene montada el Gobierno de Aragón con el Parque Deportivo Ebro: porque a esta rocambolesca historia aún le falta la guinda…

En la línea del surrealismo que ha envuelto la gestión de la entidad deportiva, el Boletín Oficial de Aragón ha publicado el traslado de los socorristas al museo Pablo Gargallo. Que, al margen de ser una solución puntual, no parece que se trate de la alternativa que mejor se adapte al sentido común.

El desarrollo de los acontecimientos que se suceden en torno al Parque Deportivo Ebro no deja de ser más que una consecuencia natural de una terrible gestión política. Conmueve en la situación actual echar la vista atrás y ver el despilfarro absurdo del proyecto de Centro Aragonés del Deporte en el Actur –malparado al margen de la pista de atletismo-, mientras se dejaba morir un escenario deportivo con tradición y enormes posibilidades de desarrollo sensato. Al que los políticos se han empeñado en enterrar.

Sonroja recordar la puesta en escena de la inauguración de la piscina olímpica –hoy abandonada- del Parque Deportivo Ebro o la retahíla de puestas de largo políticas de esa Ciudad del Deporte –como le llamó el expresidente Marcelino Iglesias-, que se ha quedado apenas en villorrio. ¿Qué piensan aquellos gobernantes de la huella de su gestión?

Cuando ya no había solución, quiso a la desesperada el Ejecutivo -que de interés por el deporte apenas si tiene el apellido de una consejería- ofrecerle la gestión al Ayuntamiento. Que prefirió lavarse las manos ante lo que se avecinaba para observar el desplome desde la barrera. Al fin y al cabo –es verdad-, no fueron ellos los que lo provocaron.

De socorrista en la piscina a vigilante en el museo. Y no se vayan, que al Parque Deportivo Ebro le falta todavía un último golpe de efecto: la guinda. Del surrealismo al esperpento.





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