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Fiestas del Pilar
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Emotiva oración llena de luz

La masiva participación en el Rosario de Cristal desbordó ayer todas las previsiones. Sobre todo teniendo en cuenta que era un día laborable. Dos horas y cuarto después de que la Real Cofradía del Santísimo Rosario de Nuestra Señora del Pilar abriera la procesión desde la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, salía el último farol, el de la Hispanidad, al que siguieron las corporaciones de la Diputación y el Ayuntamiento de Zaragoza por el corazón de la ciudad. A las 22.10 se guardó esta última carroza, una hora más tarde de lo que es costumbre.

A los 167 grupos que participaron, con más de 2.000 cofrades, hubo que añadir los cientos de devotos que al paso de los misterios, faroles y carrozas se sumaron como acompañantes. Sin contar el público que una hora antes del inicio tomaba las primeras filas del recorrido. Porque el Rosario de Cristal gana adeptos cada año que pasa, y de ello se congratuló ayer Jesús Aladrén, presidente de la Real Cofradía del Santísimo Rosario de Nuestra Señora del Pilar. "Los cofrades aumentan y eso es una buena señal. Se ve que a la gente le gusta el Rosario y lo siente", explicó Aladrén, quien aprovechó el momento para decir que necesitan ayuda. "Perras, hacen falta perras porque faltan algunos carros por arreglar, como el de la Hispanidad, aunque esperamos que con este nos ayude el Ayuntamiento, ya que es quien lo porta", añadió el presidente de la cofradía.

Este año hubo novedades. Se han arreglado muchos faroles y la carroza del Ángelus, y se ha renovado el sistema eléctrico del museo que alberga todas estas piezas. Incluso se utilizó ayer por primera vez luz de led en un farol. Y resulta bien, dice Aladrén. Poco a poco se sustituirán todas las luces convencionales por estas, pero será cuando el presupuesto lo permita.

Aunque la luz que iluminó el Rosario de Cristal fue la que lucieron los miles de participantes. Velas y farolillos que portaron cuando el sol aún hacía acto de presencia. Como el que llevaba Rosana González, de la parroquia de Figueruelas. "Paso por tradición y por devoción, es muy emotivo", explicó. Su jornada fue intensa, puesto que también desfiló en la Ofrenda de Frutos. Ella, como muchos de los participantes, optó por vestir traje de baturra. "Llevo una mezcla de campesina y algo de gala. Me voy a quitar el delantal y me pondré mantilla", dijo. La mayoría reservaron para la ocasión las mejores galas, con mantillas y preciosos mantones de manila.

Montserrat Sarasa llevaba un vestido que le ha acompañado durante muchos de los 50 años en que no se ha perdido ni el Rosario ni la Ofrenda de Flores. En un puño se veía la señal dejada por la cera de las velas en años anteriores, por eso ayer prefirió no llevar. "Como buena zaragozana y aragonesa participo en el Rosario", aseguró. Para los olvidadizos, en la puerta de la iglesia en San Pedro Nolasco se vendían velas por dos euros.

También se confesó muy devota de la Virgen del Pilar la nadadora paraolímpica Mari Paz Monserrat. "He pasado otros años, pero esta es la primera vez que lo hago con las Damas del Pilar después de haber hecho una promesa", explicó la deportista, que intenta ver a la Virgen siempre que puede.

Momento más emotivo

Precisamente fue el paso del Rosario de Cristal ante la basílica del Pilar uno de los momentos más emotivos. El recorrido por toda la plaza, con el manto de flores de fondo remueve los corazones de los fieles. "Me emociono mucho cada año al pasar por aquí. No soy capaz de explicarlo con palabras", aseguró Joaquín Garcés, un participante.

A otros les podían los nervios por estrenarse en esta cita. Javier Valdés, de 12 años y de colegio San Agustín, portó un farol de los que pesan lo suyo. Por eso reconoció que había ensayado las semanas previas en su casa. "Utilizaba el palo de un juguete que tengo y le ponía libros arriba, aunque se me solían caer", explicó, y añadió que para los chicos de su edad hay relevo en la tarea de llevar el pesado farol.

Por contra, María Ángeles Callén, a sus 26 años, era toda una veterana del Rosario de Cristal. Y ayer tenía una motivación especial, su hija Sheila de dos meses y medio, a quien llevó vestida de baturra y en sus brazos. "Me lo inculcaron mis padres y para mí es una alegría poder salir cada año y contarlo a los niños de seis años en adelante con los que trabajamos en la Organización Juvenil Española, mi organización", afirmó.

Gentes de todas las edades se dieron cita anoche unidos por un sentimiento común y una tradición ya centenaria.

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