Zaragoza
Suscríbete por 1€

arquitectura

Las luces y las sombras de los lucernarios zaragozanos

Como solución constructiva se ha utilizado durante siglos, muchas veces para cerramientos, en el corazón de Zaragoza. Ahora resurge con fuerza en las modernas reformas del Casco Histórico.

Uno de los atractivos del edificio de Correos es su lucernario repleto de vidrieras.
Uno de los atractivos del edificio de Correos es su lucernario repleto de vidrieras.
Heraldo

Aunque no sean estos días lluviosos de inicio de primavera los más propicios para buscar la luz natural, las claraboyas, los lucernarios y los tragaluces abundan en las edificaciones zaragozanas. Los hay como cerramiento de los antiguos patios de palacios renacentistas, pero también en construcciones de nuevo cuño, levantados hace escasos meses. ¿Es una moda pasajera? ¿Resulta disuasorio pensar en su limpieza? ¿Cuáles son los más singulares de la ciudad?

“Personalmente, es una solución que me encanta, pero todo depende de dónde y cómo lo apliques”, comenta la arquitecta Naira Gallardo, que repasa por encima la historia de este ingenio constructivo mucho más utilizado en los países nórdicos donde no desaprovechan ni un rayo de luz.

“Los lucernarios surgen en la arquitectura del siglo XIX, cuando afloran los pasajes y las galerías comerciales en París y Londres. Entonces empiezan también a utilizarse ciertos materiales que permiten ligereza y que dejan pasar muy bien la luz: crean la ilusión de que estás en el exterior a pesar de permanecer a cubierto”, dice Gallardo. En aquella época también cambió la concepción comercial de las ciudades y se pasó de unas urbes más relacionadas con la producción (artesanos más anclados en lo medieval) a otras más burguesas y repletas de escaparates donde ya importaba más el zapato que el zapatero.

El cerramiento acristalado, con forma de cúpula, con el que se dotó al Pablo Gargallo.
El cerramiento acristalado, con forma de cúpula, con el que se dotó al Pablo Gargallo.
Oliver Duch

Este tipo de lucernarios a menudo pueden confundirse con cerramientos acristalados como sucede en muchos de los antiguos patios renacentistas que se conversan en la ciudad, pues Zaragoza durante un tiempo fue conocida como la Florencia española del siglo XVI. Es el caso, por ejemplo, del Museo Goya o del palacio de Montemuzo, donde se colocan grandes cristaleras o, incluso, cúpulas de vidrio para atraer la máxima luz posible. Curioso y singular es el caso del patio del Museo Pablo Gargallo, que hace un par de décadas se cubrió con una bóveda geodésica-esférica de cristal que le proporciona “esbeltez, ligereza y sensación de libertad”, según los arquitectos que emprendieron aquella reforma.

La luz es fundamental para Carme Pinós, arquitecta autora del Caixaforum zaragozano.
La luz es fundamental para Carme Pinós, arquitecta autora del Caixaforum zaragozano.
José Miguel Marco

Uno de los lucernarios más bonitos de todo Zaragoza es que el puede verse (pero no fotografiarse) en el edificio de Correos. Esta singular construcción fue diseñada por el arquitecto madrileño Antonio Rubio y construida en 1926 sobre parte del solar de lo que fue el Teatro Pignatelli, demolido unos años antes. Cuando el visitante deja atender a todos los detalles historicistas y neomudéjares de las paredes, repara en una techumbre acristalada de inspiración modernista, que cierra un patio dentro del concepto tradicional del patio aragonés. Quizá sea el lucernario clásico más celebrado, como saben en Cristacolor, el taller de vidrieras artísticas en activo más antiguo de Zaragoza. Hace unos años tuvieron que acometer su restauración, en un reto de grandes dimensiones solo a la altura de otros encargos como el arreglo de las cristales del Ayuntamiento o de las antiguos Cines Goya. "Los proyectos importantes para iglesias o instituciones, que antes eran habituales, se han ido reducido hasta desaparecer", explican en una empresa que lleva en activo desde los años 30 del año pasado y que siguen aplicando su labor 100% artesana en el palacio de Sástago o en el colegio español de Roma.

“La apertura de lucernarios busca una mayor relación entre el interior y el exterior: no sólo facilitan que entre la luz sino que en muchos casos también permiten ver el cielo, lo que ha generado mucho interés en la nueva arquitectura”, comenta la interiorista Elena Langarita.

Los Royo, en su estudio Laberinto Gris, con el nuevo lucernario.
Los Royo, en su estudio Laberinto Gris, con el nuevo lucernario.
Guillermo Mestre

Basta echar un vistazo a los últimos premios García Mercadal concedidos en Aragón para ver un denominador común como es la valoración del uso del espacio y de la luz. La transformación de una vieja y oscura casa del casco antiguo de Ejea en un luminoso dúplex por obra y gracia de Cruz Díez es uno de los más recientes ejemplos.

También los hay en el Casco Histórico zaragozano hay extraordinarios casos recientes como son, apenas separados por unos metros, el espacio creativo Laberinto Gris, abierto por Luis y Rómulo Royo en el número 83 de la avenida de César Augusto, y el Hotel Avenida, a la altura del 55 de la misma calle. En ambos casos los ventanales se sitúan en el techo y proporcionan una luminosidad mucho mayor que la que podría entrar por una ventana.

Ver las estrellas durante la cena

"Donde está ubicada la claraboya es en la sala magna, un patio donde hemos conservado los muros maestros y teníamos claro que la luz era un componente imprescindible por dos aspectos: el patio consta de mucha vegetación natural y, además, en este ambiente mediterráneo aporta un plus para el cliente que por la noche puede ver las estrellas mientras cena o recibir la luz de la mañana en el desayuno", explica Carmen Ariza, gerente del Hotel Avenida. 

“Cuando no van directos del techo es importante fijarse en qué parte pueden abrirse huecos: si el ventanal se orienta al sur se garantiza más luz e, incluso, se puede ahorra calefacción en invierno”, apunta Langarita, que cita otros grandes lucernarios modernos como pueden los construidos en la estación Delicias o en el propio Caixaforum. También se idearon en su día grandes claraboyas en algunos de los cacahuetes de la Expo, los llamados a albergar los países caribeños, que muy poco a poco continúan su reconversión.

El del Hotel Avenida es uno de los más conseguidos de Zaragoza.
El del Hotel Avenida es uno de los más conseguidos de Zaragoza.
Francisco Jiménez

Muchos visitantes de estos espacios, en ocasiones, se llevan las manos a la cabeza por la suciedad que acumulan y que es indisimulable a través de unos cristales rara vez tintados. “Hoy en día no hay tanto problema. Ya cuando se proyectan se suele tener en cuenta la forma en la que se podrá acceder para limpiar o para llevar a cabo tareas de mantenimiento”, apunta Gallardo, para quien estas labores han de estar previstas en el momento del diseño. "En nuestro caso, en el Hotel Avenida, la limpieza es muy sencilla: se hace con una especie de pértiga y apenas tardamos media hora en limpiar la claraboya", cuenta Ariza.

Debería ser el caso también de la gran cúpula geodésica recién levantada en el parque de La Granja, que está a punto de cumplir un año de vida pero apenas ha albergado actividad. Se estrenó en verano con un ‘show’ goyesco y, después, acogió algún recital en el Pilar, pero los vecinos de San José piden dinamizar ese espacio “antes de que los paneles amarilleen”.

La capilla de Torre Ramona, en Las Fuentes, aún destartalada.
La capilla de Torre Ramona, en Las Fuentes, aún destartalada.
A. Navarro

Hasta estas líneas se ha recuento de algunos de los lucernarios más vistosos y con mejor fortuna de la capital, pero también hay algunos casos en los que miradores y galerías acristaladas siguen pendientes de una buena inyección de dinero para que recuperen su esplendor. Es el caso de la capilla de la antigua Torre Ramona, en Las Fuentes, que en tiempos fuera reformatorio, convento y escuela. Aunque finalmente se logró salvar de la piqueta, es preciso invertir para que no se pierda la iglesia y su airoso lucernario, «una refinada y singular construcción suburbana de finales del siglo XIX», explican los técnicos municipales que aspiran a que se incluya en el catálogo de edificios de interés histórico artístico de Zaragoza. También continúa esperando su turno el taller de los hermanos Albareda, que lleva años con sus ventanales tapiados para disgusto de muchos viandantes que no entienden cómo se desluce un patrimonio con tantas posibilidades.

La singular visión de una de las torres interiores el Pablo Serrano.
La singular visión de una de las torres interiores el Pablo Serrano.
Heraldo

Entre las referencias sobre lucernarios singulares que citan algunos de los especialistas consultados destaca la vivienda del arquitecto madrileño Fernando Higueras, que ha llevado el concepto al extremo creando una casa cuya que prácticamente es un agujero enclavado en la tierra, pero con una enorme mirada al cielo. Más ligado con Zaragoza, el artista visual Jorge Conde que ha investigado los vestigios industriales tras las intervenciones contemporáneas en su trabajo ‘Estas ruinas que (no) ves son una promesa’ destaca un rincón semioculto en el muse Pablo Serrano. Se trata de un torreón con luz al fondo, que “preserva la memoria de los antiguos talleres de oficios industriales del antiguo hospicio Pignatelli”.

Etiquetas
Comentarios
Debes estar registrado para poder visualizar los comentarios Regístrate gratis Iniciar sesión