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Una madre de Zaragoza pide ayuda: "Mi marido se llevó a las niñas hace 5 meses y dice que nunca volveré a verlas"

María vive una pesadilla. Desde que decidió denunciar y dejar a su marido a raíz de una paliza, no ha vuelto a ver a sus hijas, de 2 y 3 años. El presunto agresor se las llevó a Rumanía y le exige retomar la relación si quiere saber de las menores

La madre de las niñas fue clasificada en riesgo «alto», por lo que le buscaron un nuevo alojamiento y le pusieron protección.
La madre de las niñas fue clasificada en riesgo «alto», por lo que le buscaron un nuevo alojamiento y le pusieron protección.
Guillermo Mestre

Como tantas otras mujeres, María está pagando muy caro el haberse atrevido a denunciar y dejar a su marido. El temblor incontrolable de sus manos al sujetar el móvil o las lágrimas que de forma recurrente inundan sus ojos al rememorar algunos pasajes de su «pesadilla» la delatan. No lo oculta, vive «aterrada» y le está costando «muchísimo» encontrar las fuerzas necesarias para seguir adelante. Pero desde que la Policía Nacional le puso protección, se cambio de alojamiento y recibe ayuda psicológica, cada vez está más convencida de que ha hecho lo que tenía que hacer.

«El dolor que soporté como esposa no he sido capaz de soportarlo como madre», confiesa. Y si se emociona al recordar el día en que fue víctima de su primera y «brutal» paliza, un escalofrío parece sacudirle todo el cuerpo al acordarse del momento en que se dio cuenta de que la mayor de sus hijas, de solo tres años, llevaba un moratón en la espalda. «Le pregunté rápidamente a su padre qué le había pasado a la niña, porque yo había estado fuera de casa esa tarde. Primero negó haberle puesto la mano encima, pero al final acabó reconociendo que le había pegado porque no se quería dormir. ¡Porque no se quería dormir!», clama, todavía incrédula, antes de secarse las lágrimas.

"El dolor que soporté como esposa no he sido capaz de soportarlo como madre", confiesa.

El calvario de esta joven de 30 años, que nació en Rumanía pero ha pasado ya más de media vida en España, comenzó a finales del pasado mes de abril. Llevaba casada con su marido desde el 14 de octubre de 2017 y vivían en un municipio próximo a Zaragoza con sus dos hijas, de 3 y 2 años. La joven –a la que el protocolo policial de violencia de género ha clasificado dentro de un riesgo «alto»– reconoce que él siempre fue una persona «nerviosa», pero hasta la pasada primavera sus «explosiones» no habían pasado de «gritos, algún empujón y un móvil destrozado».

«Él tiene ahora 34 años, es un hombre grande y fuerte. Cuando se enfadaba, yo me callaba y esperaba siempre a que se le pasara. Porque lo hacía casi siempre delante de la niñas y yo no podía soportar verlas llorar», explica María.

Era la primera paliza

«Nunca me había dado una paliza, pero aquel día...», baja la mirada y calla. «Me da vergüenza hasta contarlo –prosigue tras unos segundos, con los ojos otra vez arrasados–. Yo llevaba en brazos a la pequeña y sujetaba de la mano a la mayor. Pero no le importó, porque empezó a darme un puñetazo tras otro. No podía ni defenderme con las manos. Solo recuerdo que perdí el equilibrio y caí al suelo. ‘¡Mami, mami!’, gritaban mis hijas, pero yo era incapaz de reaccionar o moverme. Y él no dejaba de darme patadas por todo el cuerpo. Si no llega a pararlo su madre –porque la suegra estaba en el domicilio familiar y presenció la agresión- yo no sé qué hubiera pasado...», se lamenta.

La joven se vio «completamente superada» por la situación. Y aunque los fuertes dolores que sufría la obligaron a ir al médico, en ese momento no se atrevió a contarle la verdad ni a denunciar. «Ese fue mi error, pero yo tenía mucho miedo. Sobre todo por mis hijas. Porque fue a la semana siguiente cuando vi el moratón a la mayor. De hecho, fue entonces cuando le dije que quería romper la relación», recuerda la víctima.

Pero no fue hasta que su marido se marchó de casa con las dos niñas cuando María encontró el arrojo necesario para presentarse en el cuartelillo de la Guardia Civil y presentar una denuncia por violencia de género.

La marcha del padre con las dos hijas a Rumanía había sido «más o menos pactada».«Durante los veranos, las llevábamos allí con sus abuelos. Nosotros trabajábamos aquí en una granja y no podíamos sacarlas de vacaciones», cuenta la madre. «Pero empecé a temerme lo peor al ver que él no volvía. Los llamaba y nunca me las ponían al teléfono. Ni él ni su familia –añade–. Y el mundo se me vino encima en septiembre, cuando me dijo que, o volvía con él o nunca más volvería a ver a mis hijas. Que rehiciera mi vida y me olvidara de ellas», recuerda con dolor.

Me tortura con los vídeos

Según explica María, su marido la llama y bombardea con mensajes a diario. «Le han dicho que me he marchado de casa y quiere saber dónde estoy y con quién... Yo no le digo nada, porque la Policía me ha dicho que no le dé ningún dato. Pero el no deja de torturarme. Y yo no le puedo bloquear en mi teléfono porque es la única vía de contacto que tengo con mis hijas», dice llorando la madre. «Me castiga enviándome vídeos en los que las niñas preguntan que dónde estoy y por qué no voy. No lo puedo soportar», explica. «Me tiene atrapada», apostilla impotente, reconociendo que ha estado a punto de tirar la toalla y plantarse en Rumanía.

Pero el policía que le da protección y su entorno le hacen poner los pies en el suelo y darse cuenta de que «todo es un chantaje».«¿Por qué no me devuelve a mis hijas? ¿Por qué quiere hacerme sufrir? ¿Por qué no tengo derecho a rehacer mi vida?», se pregunta, intentado obtener una respuesta racional. Como si la violencia de género o la vicaria tuvieron una explicación cabal.Ahora, el principal miedo de María es que pueda pasarle algo a sus hijas. Y solo pide a la Justicia que no sea tarde cuando se acuerde de ella.

La denuncia por secuestro de menores, atascada

A la madre de las pequeñas no le queda otra que confiar ahora en la Justicia, la única que puede devolverle a sus hijas. Gracias a unos conocidos, María supo que una compatriota que trabaja como abogada en Zaragoza tenía experiencia en este tipo de casos. Contactó con ella y    han dado ya todos los pasos legales necesarios para intentar repatriar a las pequeñas. «Lo primero que hice fue llamar al padre para intentar convencerle de que lo mejor era arreglar la separación de forma amistosa. No he escuchado más insultos en toda mi vida», reconoce Nicoleta Condurat, la letrada.

Como en otras ocasiones, Condurat tramitó una solicitud ante el Ministerio de Justicia para que exigiera el retorno rápido de las dos hermanas. «Pero con la covid, a los juzgados de Rumanía les cuesta todo mucho más. Y pueden pasar varios meses», explica. Para intentar agilizarlo todo, presentó también una denuncia por secuestro de menores, «pero el juzgado de instrucción se ha inhibido a favor de el    número 1 de Violencia sobre la Mujer y estamos a la espera», apunta, preocupada, la letrada.

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