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Vuelve el viejo plan de pisos en Ranillas: "Esto por la tarde es un desierto, da miedo pasear"

División de opiniones entre trabajadores y vecinos sobre el viejo plan de llevar viviendas a la zona de la Expo: del "había que haberlo hecho antes" al "ya se dijo que no".

Imagen del frente fluvial ayer a media tarde.
Imagen del frente fluvial ayer a media tarde.
Francisco Jiménez

10.30 de la mañana. Las cafeterías del antiguo recinto de la Expo de Zaragoza están en su hora punta, con cafés que salen de cinco en cinco y ‘minis’ de tortilla que vuelan. Fuera, decenas de personas van y vienen, camino de una oficina, un despacho, una academia o un juicio. Solo seis horas más tarde, esas mismas cafeterías ya estarán cerradas, y será complicado ver un alma paseando por las calles.

Ranillas es una de día y otra de noche. Aunque las oficinas de la antigua muestra del Agua aún no se han llenado, ahora tienen vida y por la mañana registran el paso de miles de trabajadores y de vecinos que acuden para hacer gestiones. El teletrabajo que impuso la pandemia aún se nota, aunque poco a poco se recupera el pulso. Sin embargo, cuando las oficinas cierran, el lugar se vacía.

El proyecto de levantar viviendas -que no es nuevo-, se presenta ahora como una posibilidad de cambiar la idiosincrasia y los ritmos vitales de la zona. El presidente de Aragón, Javier Lambán, lanzó la propuesta contra todo pronóstico la semana pasada durante el debate sobre el estado de la Comunidad. Sin contar con el Ayuntamiento de Zaragoza, aseguró que se harán 500 pisos para jóvenes en los ‘cacahuetes’ que siguen sin uso 13 años después de la Expo 2008. A la espera de conocer el proyecto, este se ha encontrado ya con las reticencias del alcalde de la capital aragonesa, Jorge Azcón, quien aseguró que allí “no se pueden hacer pisos”.

Sobre el terreno también se ven las aristas que tiene el asunto. Hay quien cree que sería una buena opción para dar vida durante todo el día a este rincón de la ciudad, mientras que otros consideran que el espacio no se creó con fines residenciales. Las cafeterías de la zona son de la primera opinión. Sus horarios reflejan la vida que tiene la zona, ya que casi todas solo abren los días laborables de 7.00 a 16.00. “La tarde aquí no existe, esto es un desierto. Casi hasta da miedo pasear”, señala Chema Comes, el dueño de la Bocatelia de Chema.

En su opinión, meter viviendas “cambiaría para bien” Ranillas, ya que “a partir de las 18.00 no se ve nada de vida, sobre todo en invierno”. Cerca, en la cafetería Franpi, María Pilar Villar lamenta que ahora tienen “muy pocas horas de trabajo”, con el almuerzo de las 11.00 de trabajadores y funcionarios y las “comidas exprés” de las 14.00. Al margen de sus intereses como negocio, también cree que una posibilidad para la zona sería “traer más oficinas”, porque “hay gente que se queja de que tiene que hacer papeleos en tres zonas distintas de la ciudad”.

Julio Murillo, de la asociación de vecinos del Actur, no vería mal levantar viviendas siempre que se trataran de “viviendas sociales de iniciativa pública”. “Si es para especular, no me parece ni medio bien”, comenta. Murillo recuerda que, en su día, se quiso separar la transformación urbanística de la antigua huerta de Ranillas para la Expo de los intereses inmobiliarios. “En su día ya se dijo que no se iban a meter pisos en Ranillas”, por lo que no entiende que a estas alturas “de repente se planteen que vaya a haber otros usos”.

Uno de los andadores principales de Ranillas, por la mañana.
Uno de los andadores principales de Ranillas, por la mañana.
José Miguel Marco

Entre los trabajadores de la zona hay opiniones para todos los gustos. Araceli López, empleada de una empresa de servicios que habitualmente acude a estas oficinas, considera que construir pisos “es lo más lógico”. “Se tenía que haber hecho antes, desde el principio”, porque si no “la zona se queda muerta por las tardes”. Javier Lorente, abogado que acude con frecuencia a la Ciudad de la Justicia, no entiende “por qué no se va a hacer”. “Si hay espacio y suelo disponible, puede ser una buena opción; igual que hay viviendas al otro lado del río, puede haberlas a este”, señala.

Sara Casado trabaja a diario allí, y cree que los usos actuales se deberían mantener y extender: “Es mejor que haya oficinas, asociaciones, viveros de empresas, aulas de formación, guarderías… hay muchas opciones antes que construir pisos como en cualquier otra parte de la ciudad”.

Mientras tanto, los famosos ‘cacahuetes’ de la Expo siguen a la espera. Tras la valla que los protege, su deterioro continúa 13 años después. Durante este tiempo han rondado proyectos comerciales, hosteleros, residenciales, pero ninguno ha acabado de fructificar.

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