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Cuando el cierzo arrecia: las esquinas más turbulentas de Zaragoza

La ciudad tiene decenas de esquinas con un impacto ventoso notable; cada barrio tiene las suyas, aunque hay algunas de consenso, como la de Sagasta con Gran Vía. 

En la esquina de Sagasta con Gran Vía, el vendaval se nota un poco más de lo normal cuando llega.
En la esquina de Sagasta con Gran Vía, el vendaval se nota un poco más de lo normal cuando llega.
Oliver Duch

Zaragoza comparte con Chicago el título de Ciudad del Viento. En la urbe estadounidense, el inmenso lago Michigan hace de multiplicador para el pariente ‘yankee’ de Eolo; a orillas del Ebro, el primo del ventoso dios heleno es el cierzo, de componente noroeste. Llega desde el Moncayo (y más allá, que diría Buzz Lightyear; las altas presiones del Cantábrico tienen mucho que ver) y se canaliza por el valle del Ebro, con los Pirineos a un lado y la Ibérica al otro como paredes del inmenso tubo por el que transita. En los meses estivales, el bochorno hace el camino inverso, remontando el Ebro desde el sureste.

La ciudad está baja, a 200 metros de altura; sin obstáculos dignos de mención en los kilómetros previos, el cierzo coge velocidad. Una vez llegado a la capital, busca sus embudos callejeros para asustar a los paseantes y epatar algunos burgueses; si se asoma acompañado de lluvia, juega a doblar los paraguas más endebles. Además, baja la sensación térmica hasta 10 grados en muchos puntos de la ciudad, donde juega a las cuatro esquinas, o a las dieciséis.

En este momento del otoño, con las calles alfombradas de hojas secas, el cierzo no se detiene a jugar con bolsas de plástico a lo ‘American Beauty’, ni se complica con sutiles mandalas; lo barre todo. Las grandes avenidas canalizan aún más su fuerza, y en determinadas intersecciones reparte bofetadas literales, sobre todo si el paseante no va avisado.

El Plan Municipal de Protección Civil cita en casi un 80% el número de intervenciones por viento tras siniestros debidos a fenómenos meteorológicos adversos; ahí entra el saneado de construcciones, la caída de árboles o farolas o la consolidación de estructuras. Además, se han fijado tres niveles de alerta: amarilla para las rachas entre 70 y 90 kilómetros por hora, naranja cuando van de 90 a 130 y rojo cuando los anemómetros arrojan mediciones superiores a los 130.

Esquinas ‘asesinas’ de Zaragoza

En las esquinas se da un efecto curioso: hay un aumento de la presión en la fachada que recibe el viento, y una succión de aire en la pared que está a la vuelta, lo que desemboca en un golpe de viento al doblar esa esquina. Hay muchos puntos de alta incidencia del viento en las calles de Zaragoza. En cuanto a las intersecciones más conocidas, hay que citar la de Camino de las Torres con Cesáreo Alierta. También es célebre al respecto la esquina de Sagasta con Gran Vía, bautizada con una interjección muy concreta que alude a la sorpresa por el ventarrón; en este caso, además, el giro es brutal, de 140 grados, con el grupo escultórico de Félix Burriel como testigo mudo del carrusel de sustos en cada día ventoso. En el Actur, La confluencia de Gertrudis Gómez de Avellaneda con Pablo Ruiz Picasso tambien es de aúpa.

La esquina de Gómez Laguna con Vía Hispanidad también es célebre por el vendaval, aunque en la penúltima manzana de Gómez Laguna ya se adivina lo que viene, al haber un corredor amplio antes de la confluencia de avenidas; en esa misma zona no se puede soslayar la de Duquesa Villahermosa con Vía Univérsitas. En el barrio de Torrero, por su elevación con respecto al resto del casco urbano y los pocos obstáculos en derredor, el impacto del viento es muy notable en varios puntos, especialmente en Fray Julián Garcés con la Ronda Hispanidad. En los muy ventosos barrios de Miralbueno, Oliver y Valdefierro, las esquinas afectadas se multiplican; resulta especialmente llamativa la de Fray Joaquín de la Aldea con Mosén Manuel Oliver Altavás.

Hay más. San Ignacio de Loyola con Damas por los porches de la central de Ibercaja, por ejemplo; hay que ser valiente para doblar esa esquina a pecho descubierto cuando sopla el cierzo. En Mefisto y Constitución, lo mismo. Algo parecido ocurre en la avenida San José con calle Matadero, y en la plaza Reina Sofía con Santuario de Cabañas; dicen los vecinos que ahí pega más que cruzando el Ebro por los puentes de Hierro, Piedra o Santiago. En cuanto a la esquina de Vázquez de Mella con Isabel la Católica, que mucha gente toma al salir de las consultas externas de Padre Arrupe o del colegio de Jesuitas, el golpe helador es criminal en los días de cierzo cuando ya se ha llegado a noviembre.

Los retos para los caminantes zaragozanos de vocación aerodinámica no cesan: Camino Cabaldós con Castelar, la salida de la Facultad de Economía y Empresa en María de Luna (Campus río Ebro), Ossau con Estébanes, César Augusto a la altura del Hospital Provincial y, en la otra punta de la ciudad, la esquina de Vía Ibérica con Argualas o el final de línea del tranvía en Mago de Oz. La mismísima plaza del Pilar no tiene bula; el cierzo campa a sus anchas entre la basílica y la catedral y la fuente de la Hispanidad.

Obviamente, los ejes de los ríos que discurren por la ciudad también son embudos para el viento; en el del Ebro destaca la esquina de César Augusto con Echegaray, y en el Huerva hay dos puntos señalados: paseo de la Mina con plaza San Miguel y la esquina de Manuel Lasala con Fernando el Católico y la entrada del Parque Grande. En cuanto a los parques, los días de viento fuerte son un riesgo claro por posibles desprendimientos de ramas: la celebración de la Cincomarzada se ha visto comprometida en más de una ocasión por esta incidencia.

El envés de la cuestión, eso sí, siempre resulta positivo; Zaragoza, sin estar en los guarismos idóneos, presenta una contaminación por dióxido de nitrógeno sensiblemente inferior a la de otras urbes españolas -tomando los datos de 2019 como referencia al estar los de 2020 condicionados por la pandemia- con 23 microgramos por metro cúbico. El ideal de la OMS, que estaba en 40, ha sido rebajado sensiblemente este otoño para situarse en los 10 microgramos por metro cúbico. Granada (43), Murcia (38), Madrid (35) o Barcelona (32) están muy por encima.

Sin incidencias por el viento en Zaragoza

Aunque el viento se ha levantado notablemente en los últimos días, apenas se han dado incidencias al respecto; de hecho, no se ha entrado en los parámetros de la escala de colores que dispara las diferentes alarmas. Este mismo lunes 8 de noviembre, el viento saludó a la población zaragozana con rachas de cierta intensidad; terreno abonado para las las interjecciones, pero sin riesgos para la población. Lo explica Enrique Mur, jefe de Mando Operativo del Cuerpo de Bomberos de Zaragoza. “El cierzo, obviamente, es un elemento muy habitual aquí, y no tan dañino, ya que la ciudad está muy adaptada al viento. Hay muchos días al año con presencia de viento, incluso por encima de los dos tercios del total, pero tiene una baja incidencia como emergencia. Para que sea relevante debe ser de gran magnitud o más duradero en el tiempo. El granizo, por ejemplo, tiene una presencia mínima durante el año, pero potencialmente resulta mucho más dañino”.

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