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Más de 30 cierres y una paulatina renovación de los mercados de barrio

La falta de un relevo generacional y el cambio de los hábitos de consumo ha abocado a 800 puestos a la clausura.

Jamal Kajuai, en el puesto que abrió hace unos meses en el Mercado Altabás.
Jamal Kajuai, en el puesto que abrió hace unos meses en el Mercado Altabás.
Heraldo

Jamal Kajuai y su pareja tomaron hace seis meses las riendas de la frutería del Mercado Altabás, a escasos metros del puente de Piedra, en el Arrabal. Cansados del sector de la hostelería, decidieron apoyarse en los conocimientos de un familiar, también frutero, para relevar al anterior ocupante del puesto. "Estamos muy contentos, el ambiente en el barrio es muy bueno y los compañeros de mercado son muy buena gente. Y los clientes vienen porque comprueban que el género es de calidad. Esa es, creo, la clave para que funcione un negocio así", resume el treintañero.

Pero el caso de una pareja joven que sube la persiana y despacha víveres en un mercado de barrio no es lo más habitual. Más bien lo contrario. Desde el año 2003, cuando Zaragoza contaba con 73 instalaciones de este tipo y 1.238 puestos, la capital aragonesa ha visto como cerraban una treintena de superficies -la última, en julio, fue el Nuevo Fleta-  y cesaba la actividad de casi 800 minoristas. Muchos de los viejos negocios están a la venta o en alquiler, otros simplemente han cerrado sus puertas a la espera de que su dueño (o dueños, depende del caso) le adjudiquen un nuevo rumbo.

El mercado La Jota ha sido uno de los últimos en cerrar sus puertas.
El mercado La Jota ha sido uno de los últimos en cerrar sus puertas.
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"Ahora quedan 42 abiertos que suman 441 puestos", recuenta Raúl Machín, gerente de la Federación de Galerías de Alimentación y Mercados Detallistas de Zaragoza (Zamas), quien enumera de memoria los factores que han desencadenado esta situación: "El desembarco de las distintas grandes y medianas superficies ha afectado muchísimo, pero también los cambios en los hábitos de consumo. El cliente ahora es otro, y no queda otra que adaptarse. Además, la mayoría de los cierres vienen determinados por la falta de un relevo generacional".

La lista de los espacios en los que ya no hay vida es larga, pero no menos la de aquellos que se abren cada mañana para dar cobijo a uno o dos autónomos. "En el mercado de la Hípica solo hay una cafetería y en el Romareda apenas queda una pescadería. Otros caso paradigmático es el del Azoque, que solo tiene actividad por la bocatería", detalla Machín. Le toma la palabra, de forma escueta, Mari, propietaria del negocio hostelero en cuestión, El Siberiano: "Llevamos 35 años aquí y hemos ido viendo irse uno a uno todos los puestos. Pero si se jubilan y nadie quiere ponerse al mando, ¿qué se le va a hacer?".

Uno de los puestos cerrados del mercado Azoque, donde solo resiste el bar Siberiano.
Uno de los puestos cerrados del mercado Azoque, donde solo resiste el bar Siberiano.
Francisco Jiménez

Algunas iniciativas sí se hacen. El mercado de San Miguel ha dado entrada a dos puestos gastronómicos y en la reforma del Central se adjudicaron cuatro, aunque la modalidad, a diferencia de otras ciudades más turísticas, no termina de arrancar en Zaragoza. "Ese tipo de iniciativas funcionan cuando hay muchos visitantes. Aquí, lo que verdaderamente ha ganado peso en estos últimos años, son los puestos que venden platos preparados para comer o precocinados, para que en la cocina de casa le des el último toque", apunta Machín.

La otra tendencia que tira del carro es la venta online, una de las mejores noticias, a juicio de Machín, para el sector: "Hubo un aumento significativo del 400% durante la pandemia, los que ya estaban posicionados ganaron mucho durante esos meses, aunque empezar de cero fue complicado para algunos. El producto fresco es complicado venderlo online si no hay confianza, y eso se gana después de varios pedidos. A la gente le gusta ver la carne o el pescado in situ, pero si confía en que el producto que le llega es el mejor, comprará por internet".

El gerente de Zamas tiene clara la hoja de ruta de los mercados: "Donde tratamos de poner el acento es en la cercanía, en los productos de temporada, en la calidad. La gente valora que les demos, además del mejor género, asesoramiento, un trato personal. Los clientes son amigos, casi familiares. Porque los mercados son centros de unión, de dinamización de los barrios, y eso deben ser durante mucho tiempo".

También ayuda que se renueven para mostrar su mejor cara. En el mercado de Ciudad Jardín así lo han hecho, y no les va nada mal, según relata la presidenta del centro, María Pilar García de Pe: "Llevamos años actualizándolo a nivel estético. Es una nave grande, amplia, y eso también ayuda a que seamos de los mercados que van aguantando. Casi todos los puestos están abiertos, y eso es una alegría".

María Pilar pone cara a la segunda generación de un puesto de menuceles. "La mayoría hemos seguido el negocio familiar. Es sacrificado y poco reconocido, por eso es complicado encontrar relevo generacional".

La portavoz de Ciudad Jardín tiene una buena opinión acerca del comercio electrónico. "Lo pusimos en marcha desde antes de la pandemia, pero cuando llegó la covid se disparó. Ahora, hasta los que eran más reacios se han convencido y, aunque no es la gran solución para el sector porque la competencia es muy fuerte, lo cierto es que te permite llegar a un público que, por su estilo de vida, no suele venir a buscarte", valora.

A la venta

Por su tamaño y morfología, pocos antiguos mercados tienen una segunda actividad después de bajar la persiana. Algún caso hay, como el San Valero, en la calle Unceta, que ahora es un supermercado de productos asiáticos regentado por un joven chino hijo de inmigrantes que decidió hacerse con el local, de unos 500 metros cuadrados, y ofrecer un amplísimo surtido de alimentos y utensilios pensados para emular las distintas gastronomías de Oriente.

El mercado Cataluña, en La Jota, está a la venta desde hace años.
El mercado Cataluña, en La Jota, está a la venta desde hace años.
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Otros equipamientos no tienen tanta suerte, aunque sus propietarios no pierden la esperanza y tratan de colocarlos a través de agencias inmobiliarias. Es el caso de los mercados Cataluña (en La Jota) o Las Arenas (en el barrio de San José).

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