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"La gente no sale sin reserva, pide estar cerca de la puerta y se va antes por solidaridad con el resto"

La pandemia ha cambiado nuestra manera de entender el ocio. Así ha cambiado nuestros hábitos de consumo la era covid.

César Pérez, Isidro Francés, Ricardo Oliván y Vicente Mañas y Karim.
César Pérez, Isidro Francés, Ricardo Oliván y Vicente Mañas y Karim.
Camino Ivars

Que nuestros hábitos de consumo han cambiado sustancialmente en el último año y medio es un hecho. Las restricciones en cuanto a horarios y aforos, el haber pasado más tiempo en casa o el hecho de no encontrar una mesa durante el fin de semana si vas sin reserva han modificado nuestra manera de entender el ocio. Pero, ¿cómo han cambiado nuestros hábitos a raíz de la llegada de la era covid?

Espacios como las terrazas se han convertido en los espacios más concurridos. “Antes lo eran para los fumadores, hoy la mayoría de los clientes prefieren estar fuera”, admite Ricardo Oliván, gerente de El Provenzal, local ubicado en el número 8 de la calle Andrés Giménez Soler, en la zona universitaria. En su establecimiento, el cual abrió sus puertas en 2013, acaban de realizar una cuantiosa inversión para adaptarse a la nueva realidad: “Hemos colocado una puerta automática para evitar el contacto al acceder al bar, un sistema que, además, nos permite oxigenar el espacio de manera continua”, explica.

Además, asegura que la gente ya no sale de casa sin reserva, pues es muy probable quedarse sin sitio. “La gente reserva hasta para tomar una copa y, por primera vez, nos pide estar cerca de la puerta o de la ventana”, advierte. Y no solo eso. Los tiempos de consumo también han cambiado. “Si se están tomando un café se van más rápido y si les dices que tienes una reserva para una comida o una cena se va antes, sin problema, por solidaridad con el resto”, afirma.

En su caso, además de añadir una plataforma para ampliar la terraza, la cual han cubierto con un toldo para proteger a los clientes del frío y de la lluvia de cara al invierno, también han adquirido vajillas que toleran mayores temperaturas de lavado, así como un lavavajillas para lograr una mayor desinfección, y han incluido un sistema de extracción que permite la oxigenación de aire de manera continuada. En total, la inversión ha rondado los 20.000 euros. “Ha sido el peor momento, pero no teníamos otra alternativa”.

“La clientela más mayor es la que más ha agradecido este esfuerzo, eran los que tenían más miedo y lo hemos notado”, advierte. Eso sí, los hosteleros coinciden en que los clientes tienen ganas de volver a ocupar estos espacios.

En el local contiguo, El Tuno, que abrió sus puertas en 1988, han llevado a cabo una cuantiosa inversión para llevar a cabo un cerramiento integral de su fachada. La cuarta pared del local ha desaparecido, creando un local en el que, a pesar de encontrarse en el interior, tienes la sensación de estar tomando algo al aire libre. “Ha sido una inversión de más de 15.000 euros, pero la respuesta de los jóvenes ha merecido la pena. Los hábitos han cambiado, el público viene antes, quiere estar más tranquilo y solicita espacios abiertos o cerca de la calle”, admite Isidro Francés, dueño del local.

En su caso, su clientela es mayoritariamente universitaria, una franja de edad que ha notado menos la presión de la crisis sanitaria pero que también ha modificado su manera de entender el ocio. “Creo que estos nuevos hábitos han venido para quedarse, la gente sale antes de casa, comienza a consumir antes y se va temprano, va a costar mucho volver a lo de antes”, opina el hostelero.

También en el centro de la ciudad encontramos locales que se han sumado a la nueva realidad marcada por la pandemia, como El Sidecar, situado en el 8 de la calle Mayor y regentado desde 2012 por César Pérez. Sin posibilidad de solicitar terraza por cuestiones logísticas, el pasado mes de julio llevaron a cabo una obra de retranqueo de la fachada, logrando crear un espacio al aire libre pero cubierto que, afirma, “nos ha dado la vida”.

Improvisando

“Hay quien sigue teniendo miedo de entrar en los bares. Con la limitación de aforo en interiores al 50% y con un local tan grande, nos encontramos con un espacio al que no podíamos dar rendimiento”, admite el zaragozano. La inversión ha sido “muy fuerte y en un momento muy complicado”, pero aseguran que la respuesta del público está siendo muy positiva. Ahora, con la llegada del frío, la idea es seguir improvisando. “Hemos realizado un gran esfuerzo en un momento muy complicado, pero ha merecido la pena. De momento ha funcionado, cuando llegue el invierno ya pensaremos cuál es el siguiente paso”, explica el zaragozano.

Una iniciativa a la que también se han sumado sus vecinos, los dueños de El Lince 2. Con su primer local, El Lince, ubicado en la plaza Santa Marta desde 1977, aseguran que contar con su amplia terraza ha sido “una gran suerte”, sobre todo durante los momentos en los que no se permitía trabajar en el interior de los establecimientos. Sin embargo, en este segundo espacio, inaugurado en octubre de 1997, se han visto obligados a llevar a cabo una obra de retranqueamiento de la fachada que se ejecutó hace tan solo unas semanas.

“Los clientes demandan espacios al aire libre y se muestran muy agradecidos con el esfuerzo realizado. La gente tiene ganas de salir y lo están demostrando”, asegura Vicente Mañas, dueño del establecimiento, que se muestra muy agradecido con los clientes de toda la vida: “No nos han fallado y queríamos estar a la altura”.

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