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Los recelos de los zaragozanos hacia aquellas primeras cabinas telefónicas

Este mes se cumplen 54 años de la llegada de los primeros teléfonos públicos a la capital aragonesa. En los próximos meses, apenas quedarán 28 terminales.

Imagen de una cabina de teléfonos de 1974 en la plaza de Santa Engracia de Zaragoza.
Imagen de una cabina de teléfonos de 1974 en la plaza de Santa Engracia de Zaragoza.
Heraldo

“Los zaragozanos pasaban ante estos teléfonos públicos y los miraban con cierto respeto y hasta recelo. Solo algún que otro jovencito se atrevió a empujar la puerta y observar si aquello funcionaba o no”. Así contaba HERALDO el primer día de agosto de 1967 el estreno en Zaragoza de las primeras cabinas telefónicas que se instalaron en la vía pública. Entonces, 34 terminales se estrenaron en la ciudad para sorpresa y admiración de los vecinos. Ahora quedan 461 en Aragón que tienden a desparecer. En la capital aragonesa, el Ayuntamiento ha pedido a Telefónica que retire 172 de las aceras de la ciudad en los próximos meses.

Cuando se instalaron durante aquel mes de julio de 1967, en la mayoría de ellas solo se podían hacer llamadas urbanas. Funcionaban con fichas, que los usuarios tenían que sacar en algún establecimiento cercano. “Las cabinas no van provistas de guía telefónica. Pero se indica que cuando se desee conocer el número de cualquier abonado, basta con introducir la ficha y marcar el 003. Tras recibir la información correspondiente, el aparato devuelve la ficha y desde entonces se puede efectuar normalmente la llamada que se deseaba”, apuntaba la crónica de este periódico.

En menos de tres semanas, las cabinas habían pasado de 34 a 57, y ya se esperaban 50 más. Se habían realizado en ellas 9.565 ‘pasos’, que era como se llamaba a cada fracción de tres minutos de conversación. Un uso calificado como “mínimo” y que se achacó a que “los zaragozanos no acaban de familiarizarse con este medio que tantas ventajas reporta a cualquier usuario”, decía HERALDO. La que más uso registró fue la de plaza de España, mientras que en los barrios el uso fue menor.

En aquellos primeros meses, las cabinas eran miradas por un lado con recelo, pero por otro con admiración. Su uso era sinónimo de conocer las entonces nuevas tecnologías. “Algunos empujan la portezuelas de las cabinas para averiguar si estaban abiertas realmente. Incluso se acercaron a descolgar el teléfono para escuchar la señal. Luego, convencidos de que todo era cierto, abandonaban las cabinas sin efectuar la llamada que hubieran deseado hacer”, reflejaban las crónicas de aquellos días.

Antes de un año, las cabinas fueron extendiendo por la ciudad, y empezaron a admitir pesetas como medio de pago, y también empezaron a permitir las llamadas nacionales e internacionales. Para entonces, algunas ya sufrían el vandalismo, e incluso se detuvo en Zaragoza una banda que desvalijaba su recaudación. El madrileño Ángel de las Pozas Jiménez se había dedicado a abrir las huchas de las cabinas de Barcelona y Zaragoza, y fue sorprendido en un Sinca 1.000 alquilado con un botín de 5.000 duros en monedas.

Más tarde, a comienzos de los 70, llegaron las primeras cabinas insonorizadas, con una especie de cápsulas “de líneas aerodinámicas, indeformables y resistentes”. Se colocaron en la estación de ferrocarril del Portillo, aunque luego se extendieron por otros puntos de la ciudad. Lo que hace menos de medio siglo parecía un tremendo avance, hoy queda como una antigualla, en una época en la que los móviles conectan con cualquier parte del mundo sin necesidad siquiera de detener el paso. En Zaragoza se espera que pronto queden como un reducto de apenas 28 terminales distribuidos por los barrios para las pocas personas que siguen usándolas. 

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