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Ranillas, 13 años después: "El uso de muchos espacios de la Expo es solo testimonial"

En el aniversario de la inauguración de la muestra internacional, el recinto se va animando por las mañanas, pero persisten las tardes desangeladas y los grandes iconos arquitectónicos vacíos.

El frente fluvial durante el concierto de María José Llergo el jueves pasado.
El frente fluvial, durante el concierto de María José Llergo el jueves pasado.
Pedro Anguila

Sin ningún tipo de fasto se ha cumplido (más que celebrado) el 13º aniversario de la inauguración de la Expo del Agua. No ha habido ni fuegos artificiales ni paseíllo municipal y apenas la Gala del Voluntariado recordó ayer la efeméride. En el recinto de Ranillas persisten aún más sombras que luces: las mañanas están animadas (hasta 4.100 personas trabajan en los distintos edificios), pero las tardes apenas hay movimiento y el ocio (patinadores y ‘runners’) se concentra en las zonas más próximas a las riberas. Poco a poco parece que se intentan recuperar aquellos escenarios de las noches mágicas de 2008 -por ejemplo, con el festival Al Raso- pero “el uso de muchos de los espacios de la Expo aún sigue siendo meramente testimonial”, dice Juan Ibáñez, uno de los ‘Pepito Grillo’ que fundó hace ya once años de la Asociación Legado Expo.

“Seguimos reivindicando el aprovechamiento de edificios icónicos como la Torre del Agua, el pabellón de Aragón o el pabellón de España”, dice Ibáñez, que lamenta que apenas se recuerde “el mayo evento diplomático de Aragón en más de cien años”. “Fue un acontecimiento que cambió la cara de la ciudad: en un tiempo récord se puso a Zaragoza en el siglo XXI. Quedan las infraestructuras y las riberas, pero también la desidia política e institucional respecto a lo que fue el planteamiento de la post-Expo”, añade Ibáñez.

Aquellos planes que se trazaron incluso meses antes de la inauguración de la muestra apenas se ha seguido, en parte, porque la situación no ha sido la idónea pues nada más cerrar la muestra explotó la burbuja inmobiliaria (la quiebra de Lehman Brothers fue el 15 de septiembre de 2008) y se inició una tremenda crisis económica. Los planes para evitar que Ranillas se convirtiera en una ciudad fantasma se desvanecieron y hubo que esperar hasta cinco años (2013) antes de que el Gobierno de Aragón apostara por poner en marcha en los antiguos pabellones de las Comunidades Autónomas la nueva Ciudad de la Justicia, junto a la avenida de Ranillas.

Se dijo entonces que eso aseguraría el paso diario por el recinto de unas 12.000 personas y, aunque no se ha alcanzado tal cifra, sí que se calcula en más de 8.000 quienes a diario pasan por los pabellones conocidos como ‘cacahuetes’: son 62 juzgados con más de 40 salas de vistas en los que trabajan cientos de funcionarios, que llegan en unos 1.400 coches cada jornada.

En la actualidad, en Ranillas, hay 62 empresas instaladas y algunos otros centros importantes como la sede de la consejería de Educación, Sarga, el Inaga, el Zaragoza Logistic Center, los centros territoriales de TVE y el centro privado de diseño Hacer Creativo. La ocupación de la superficie en la llamada ‘zona empresarial’ ronda el 70%, pero trece años después aún hay edificios pendiente de su adecuación.

Los vecinos piden mejores conexiones de transporte público y una oferta sostenida de ocio

Conforme se han asentado las oficinas, han surgido también oferta de restauración: media docena de bares y restaurantes pueblan los bajos de los edificios. “A pesar del calor de estos días, el paseo por Ranillas es agradable y con el frente fluvial saneado. Cada vez se ve más gente y poco tiene ya que ver con la estampa desoladora de hace unos años”, cuenta Marga Vela, vecina de la zona del andador de Berta Cáceres. A su juicio, Ranillas podría estar mejor comunicada porque el tranvía “deja lejos” y “la línea de bus 23 no da el servicio deseado”, pero considera que si se consiguen atraer más empresas al recinto Expo “se podrá repetir el éxito del parque del Agua, que siempre está a tope los fines de semana”. Para Vela y otros residentes del entorno “lo más decisivo desde 2008 es que abrieran un Mercadona frente al pabellón Siglo XXI”, lo que da idea de la poca confianza que tienen en que Ranillas vuelva a ser centro de atención de los zaragozanos.

En su día, incluso en tiempos de Jerónimo Blasco, se propuso incluir vivienda alguno de los edificios aún a medio gas de lo que fue la muestra internacional. Quizá serviría como revulsivo porque lo que no ha llegado fue la oferta de ocio y servicios que se prometió: gimnasios, salas de cine, algún centro cívico…

“¿Habría más gente? Es posible, pero creemos también que se hubiera roto el consenso que hace más de una década permitió hacer la Expo. En los 2000 se debatió el problema de la recalificación del suelo e incluir vivienda hubiera supuesto problemas que habrían destruido el consenso y la unanimidad política de la que se benefició la Expo”, opina Ibáñez. A su juicio, no se trata tanto de llevar a Ranillas una residencia Erasmus, por ejemplo, como de dar una función o lograr un buen mantenimiento de lo ya existente. Además, tal y como se quejan en otros barrios, “a veces se desvisten unos santos para vestir otros”, cuentan en el Casco Histórico, donde el traslado de la Ciudad de la Justicia, paradójicamente, vació el edificio de los antiguos juzgados de la plaza del Pilar: un inmueble de 22.611 metros cuadrados entre las calles de Prudencio y Manifestación, que solo diez años después recupera algo de actividad como sede de los Servicios Sociales de la DGA.

Juan Ibáñez, en una de las visitas que tutelaba por la Torre del Agua.
Juan Ibáñez, en una de las visitas que tutelaba por la Torre del Agua.
Heraldo

Harina de otro costal es el frente fluvial que este verano recupera también algo de su brío gracias al ciclo de concierto del festival Al Raso, que colgó el cartel de ‘no hay billetes’ con María José Llergo y que hará lo mismo en próximas fechas con Depedro o María Arnal i Marcel Bagés. “El problema es que los han llevado al espacio que en su día acogió la concha del ‘hombre vertiente’ y no al Anfiteatro, que sería lo ideal y que está muerto de la risa”, comentan los vecinos de esta zona del Actur. “El único uso importante que le han dado de verdad al frente fluvial es en las fiestas del Pilar con el parque infantil de Río y Juego”, opinan. En cualquier caso, y aunque sólo sea por la búsqueda de estar en contacto con la naturaleza, esta zona de ribera y el parque del Agua reciben al año entre 1,5 y 2 millones de visitantes, con lo que los quioscos y los negocios de ocio (a excepción hecha del Canal de Aguas Bravas) aún tienen motivos para sonreír.

Este año, y con motivo de los protocolos covid, la Asociación del Legado Expo no ha programado visitas guiadas por los iconos de la muestra ni tampoco exposiciones de Fluvis, maquetas, llaveros y otras piezas nostálgicas como en ocasiones anteriores. Aseguran que en septiembre tratarán de recuperar algunas actividades porque “las visitas a la Torre del Agua eran un éxito y la demanda siempre superaba la oferta de plazas”. 

No hay consenso sobre si haber incluido vivienda en los antiguos pabellones habría servido para reactivar el recinto de Ranillas

Confiados en que el venidero Mobility City dé un uso continuo al pabellón Puente y en que el Palacio de Congresos vuelva a concentrar espectáculos (antes de la covid había citas más de cien días al año), acaso el edificio más mortecino que ni siquiera ha abierto de forma intermitente como el resto sea el pabellón de Aragón, obra de los arquitectos Olano y Mendo. Su remodelación para dotarle de plantas intermedias exigiría una importante inversión financiera que no está prevista a corto plazo. El pabellón de España, aunque sonó como posible sede del Instituto de Cambio Climático y de algún posgrado de la Universidad, tampoco ha corrido mejor suerte y continúa vallado para que no se desprendan sus piezas cerámicas.

Desde el colectivo Legado Expo sí echan en falta un mejor cuidado de otras obras menores, menos cuantiosas pero acaso más vulnerables, de la ribera del Ebro. El banco ecogeográfico, las pantallas espectrales o el bosque sonoro no atraviesan su mejor momento, a falta de que las administraciones (el Ayuntamiento de Zaragoza dice no tenerlas recepcionadas) se pongan de acuerdo para prestarles socorro.

Mención aparte merecería lo que se considera “legado inmaterial” de la Expo, como la llamada Carta de Zaragoza que se iba a presentar en Naciones Unidas y que quedó en más agua de borrajas que de oro líquido...

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