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Bar-hostal Alamán, en La Puebla de Alfindén: “2020 ha supuesto un caos emocional terrible”

Nicolás Alamán y María Luisa Roche llevan el negocio desde hace 38 años. A raíz de la covid, las ventas han caído entre un 60 y un 70%.

El bar-hostal Alamán está en la calle Mayor de La Puebla de Alfindén.
El bar-hostal Alamán está en la calle Mayor de La Puebla de Alfindén.
Heraldo

Cuando Nicolás Alamán y su mujer, María Luisa Roche, cogieron el negocio familiar de hostelería, hace casi 40 años, nunca pensaron que tendrían que plantarle cara a una pandemia mundial. Es el tiempo que este matrimonio de La Puebla de Alfindén lleva al frente del bar-hostal Alamán, situado en calle Mayor, el centro del pueblo, en un edificio antiguo donde la actividad comercial se lleva a cabo desde finales del siglo XIX.

La familia de Nicolás siempre se había dedicado a la hostelería y cuando, junto a su esposa, tomó las tiendas del establecimiento, decidieron ampliar el servicio con un pequeño hostal. Por aquella época fue el primero que se abría en La Puebla, aunque después llegarían otras opciones de alojamiento.

“Con las idas y venidas que conllevan este tipo de negocios llevamos 38 años en la lucha”, explica María Luisa, quien reconoce que, a pesar de haber sufrido la crisis de 2008, la situación actual es mucho peor. “Entonces podrías trabajar, nadie te condicionaba en horarios ni en aforos ni en nada. Todo dependía de si entraban clientes o no, pero ahora afectan muchos más factores, como el miedo al virus”, asegura.

El bar-hostal ha atravesado malos momentos en este último año, sobre todo cuando solo se permitía prestar servicio en el exterior. Por su situación, en plena carretera nacional, no hay espacio para colocar mesas en la calle, por lo que la opción de la terraza es totalmente inviable. Para tratar de pasar este bache, al poco tiempo de estallar la pandemia, empezaron a preparar comida para llevar. Gracias a ello, en las etapas de mayores restricciones, desde el bar Alamán han podido seguir preparando cafés, desayunos, raciones o bocadillos para recoger. Aunque esta nueva vía de negocio está funcionando bien (en días buenos, se sirven entre 10 y 12 pedidos para llevar), solo es un extra que, ni mucho menos, ha compensado las pérdidas.

Como en el resto de negocios de hostelería, en el bar-hostal Alamán el frenético ritmo de trabajo se paró en seco en marzo de 2020. La noticia del cierre total cayó como un jarro de agua fría para la familia Alamán Roche. “Fue un palo muy gordo. Te quedas sin capacidad de reacción y cuando te dicen que al día siguiente no puedes trabajar no sabes qué va a ser de ti”, confiesa.

Nicolás Alamán regenta el establecimiento, un negocio familiar centenario.
Nicolás Alamán regenta el establecimiento, un negocio familiar centenario.
Heraldo

La situación obligó a este matrimonio a tomarse un descanso, aunque fuera por obligación. “Entonces descubrí que tenía bata y zapatillas de casa”, cuenta María Luisa, como anécdota. “Al principio lo vimos todo muy negro pero luego empezaron a llegar algunas ayudas económicas que nos sacaron un poco del primer apuro”, explica. Aun así, la situación le ha pasado factura. “2020 ha sido una locura y ha supuesto un caos emocional terrible para todos porque no sabíamos muy bien qué hacer”, reconoce.

Un estado anímico al que no benefician en nada los resultados económicos del negocio. Quizás por eso, en el bar-hostal Alamán han estado retrasando el momento de hacer el balance del ejercicio anterior. “Ha sido un año para olvidar, con unas pérdidas de entre el 60 y el 70% en ventas respecto a 2019”, dice, a grandes rasgos.

Tras estos duros meses, el horizonte se ve algo más despejado. “Ya notamos la euforia de las vacunas. Incluso viene gente a desayunar para celebrar que se la acaban de poner”, asegura María Luisa. Los principales clientes del bar son administrativos del Ayuntamiento, que se encuentra muy próximo, así como personas que van a hacer recados por el centro de La Puebla y, sobre todo, trabajadores de la construcción y otros gremios. Para este colectivo, el Alamán es el mejor lugar para tomarse el almuerzo de toda la vida, el de huevos fritos o bocadillo, vino con gaseosa y café para terminar.

Desde el principio hemos apostado por la comida tradicional con los platos que se elaboraban antiguamente, como macarrones con tomate, judías con oreja, rabo de toro…”, explica María Luisa. Para su sorpresa, reconoce que cada vez más gente joven llega al establecimiento y pide una ración de callos. En tiempos, ofrecían menú del día pero ahora su carta la componen raciones, platos combinados y bocadillos. “Nuestro fuerte son los almuerzos, aunque a raíz de la covid los clientes entran más por goteo. Antes se concentraban casi todo a las nueve o diez de la mañana pero ahora vienen más dispersos”, asegura.

La pandemia les ha hecho perder, por otro lado, al colectivo de personas mayores que cada día, a las 13.30, ya estaban tomándose el café de después de comer para echar la partida de guiñote de rigor.

Este cambio de tendencias en el cliente ha hecho que desde el bar-hostal Alamán hayan tenido que ajustar los horarios. Antes, cerraban los sábados porque tenían más demanda entre semana. Ahora, en un contexto irregular donde se ha observado que los almuerzos triunfan, abren todos los días y el descanso se lo toman los viernes, sábados y domingos por la tarde.

Para atender el negocio, hay tres personas contratadas a tiempo parcial. Una se ocupa más de la cocina, otra de la barra y la tercera, de la limpieza, tanto del bar como de las habitaciones del hostal. “Pero al final, todos hacemos un poco de todo”, apunta María Luisa. Y es que en este tipo de negocios familiares, la polivalencia es fundamental. Empezando por ella misma, quien tan pronto hace una factura como friega los platos o sirve un café.

En cuanto a la actividad en el hostal, la ocupación va “a golpes”. Actualmente solo hay dos habitaciones con huéspedes, uno es un pastor contratado para trabajar en un pueblo cercano, y el otro, un montador empleado por una empresa del polígono de Malpica. Este es el perfil más habitual de quienes se alojan en el Alamán, donde se puede optar a pensión completa, media o desayuno y, para ellos, se preparar un menú especial para comer. El hostal cuenta con doce habitaciones con baño completo, tele y aire acondicionado. “Son sencillas pero están bien equipadas”, explica María Luisa.

Sus esperanzas están puestas ahora en poderse beneficiar de la última partida de ayudas a la hostelería del Gobierno de Aragón. Mientras tanto, Nicolás y María Luisa intentan ver la luz al final del túnel, animados también por el ritmo de vacunación. “Esperemos que esto redunde en que la gente tenga ganas de gastar, de salir, de celebrar y que vuelvan los eventos”, clama María Luisa, sumándose así al deseo de tantos otros de recuperar la tan ansiada normalidad.

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