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Las tiendas de barrio en pandemia en zaragoza

Comercio en Rosales del Canal: Entre negocios pioneros y nuevas aperturas

Aunque la pandemia ha provocado algunos cierres, los emprendedores más valientes han apostado por este barrio del sur para establecer sus comercios.

Comercios de Rosales del Canal
Comercios de Rosales del Canal
Francisco Jimémez

Los negocios que se han visto abocados a cerrar durante el último año debido a la pandemia se cuentan por decenas en la capital aragonesa. La crisis ha supuesto el final para muchos comerciantes y hosteleros, aunque para otros ha significado una oportunidad.

En los últimos meses, los vecinos de Rosales del Canal, en el sur de Zaragoza, han visto como algunos locales cerrados levantaban la persiana en los momentos más crudos de la emergencia sanitaria. Nuevas aperturas que conviven con los negocios que abrieron hace ya más de una década, cuando apenas habían llegado al barrio los primeros residentes.

Scarleth Salmerón ha sido una de las últimas en emprender. En diciembre de 2020 abrió la floristería Gabyflor. En pocos meses, el establecimiento ya se ha convertido en una referencia para los vecinos, que hasta entonces carecían de un negocio de este tipo. “Fue complicado, pero el barrio respondió desde el primer momento”, explica. Scarleth viven en Montecanal, aunque reconoce que Rosales del Canal siempre le había gustado. Vio un local en alquiler y decidió, como ella dice, “tirar una moneda al aire”.

Por el momento, esta comerciante no puede estar más contenta con la aceptación que ha tenido. “Hay mucha vivienda con terraza y gente que viene todas las semanas a comprar alguna flor para su casa”, señala. Además, las navidades, San Valentín, San Jorge y el Día de la Madre son fechas importantes para las floristerías. “El domingo teníamos cincuenta metros de cola y esperas de hasta una hora”, cuenta.

Scarleth Salmerón abrió la floristería Gabyflor en diciembre de 2020.
Scarleth Salmerón abrió la floristería Gabyflor en diciembre de 2020.
Francisco Jimémez

La venta online, la atención vía Whatsapp y la peculiar manera de tratar la flor son los aspectos que más valoran sus clientes. “Procuramos ambientarlas en lugar de sacarlas directamente de una cámara fría. Las dejamos a 18 o 19 grados para que cuando la gente se las lleve a su casa, le duren más”, apunta.

Sergio Blasco, del taller mecánico Blasco Bikes, fue otro de los que decidió establecer su negocio en el barrio pese a la complicada situación. “A mi la pandemia me atropelló, porque alquilé el local el 15 de febrero. Pusimos al mal tiempo buena cara. No podíamos dar un paso atrás”, dice. La afición de Sergio por las motos le hizo darse cuenta de que no había ningún taller así en el Distrito Sur. “Los que hay en otros barrios cercanos son bastante antiguos y no se meten en ciertas reparaciones”, comenta.

Pese a los problemas por el bloqueo de Italia, desde donde llegaba la maquinaria de taller, Blasco pudo inaugurarlo este verano. Comenzó estando él solo, aunque pronto necesitó ampliar la plantilla debido al volumen de trabajo. “La movilidad individual ha crecido por el miedo al transporte público. Vendemos motos nuevas, usadas y reparamos todo tipo de motos. Nos han traído algunas que llevaban cinco o seis años en un trastero”, señala.

En el centro, Sergio Blasco junto a dos de sus empleados en Blasco Bikes
En el centro, Sergio Blasco junto a dos de sus empleados en Blasco Bikes
Francisco Jimémez

La mayoría de quienes acuden al taller son vecinos de la zona, aunque ya están comenzando a recibir a clientes de pueblos cercanos. Blasco reconoce que, desde el primer momento, el taller despertó el interés de los amantes de las dos ruedas. Aún así, lamenta la falta de ayudas y los obstáculos a los que se enfrentan quienes como él, quieren hacer de su pasión su modo de vida. “Emprender en un taller mecánico es muy difícil. El primer año es para estar loco”, asegura.

“El secreto ha sido escuchar al barrio y adaptarnos”

Los negocios de Scarleth y Sergio han hecho crecer la lista de comercios con los que cuenta Rosales del Canal, que en sus inicios apenas tenía una panadería y una tienda multiservicio. Íñigo García, de La Tienda de al lado, fue de los primeros comerciantes de la zona. Provenía del sector de los gimnasios, aunque poco a poco se fue involucrando en el negocio que su hermano inició en el año 2008. Cuando este falleció, Íñigo se hizo cargo de la tienda. “Al principio no funcionaba porque la demanda era muy pequeña, ya que apenas había vecinos. Pero como el local era nuestro, seguimos apostando por ella”, explica.

La cosa cambió a partir de 2010, con el ‘boom’ demográfico. “Fue brutal. Nuestro secreto fue siempre escuchar al barrio y adaptarnos”, señala. En las estanterías de Íñigo se pueden encontrar desde artículos de papelería y material escolar hasta libros y juegos educativos, entre otras cosas. A día de hoy, 13 años después de su apertura, La tienda de al lado sigue sin tener competencia. “Podemos estar gracias al barrio y a que me autoempleo”, explica el dependiente.

Íñigo García, de La tienda de al lado.
Íñigo García, de La tienda de al lado.
Francisco Jimémez

Cuando la pandemia llegó, Íñigo cerró la papelería para no ser un foco de contagio. Sin embargo, los vecinos pronto empezaron a llamarle para decirle que necesitaban material e imprimir deberes, así que decidió abrir. “El hábito de venta cambió. El 75% de todo lo que vendía eran fotocopias y material escolar”, apunta el comerciante, que asegura que estos complicados meses le han servido para “afianzar muchos clientes”.

La mar de dulce, la panadería en la que trabajan los hermanos Nico y Ana Cebanu también fue pionera en la zona. Su madre la puso en marcha en el año 2007, y después abrió otras en Las Fuentes, Paseo de Las Damas y Salvador Allende, aunque ahora solo quedan esta última y la de Rosales. “Los primeros años fueron difíciles porque era un barrio pequeño y sin mucha gente”, reconoce Nico. Poco a poco, y gracias al boca a boca, fueron dándose a conocer. “Luego comenzó a venir gente de otros barrios como Miralbueno o Valdespartera”, dice.

Ana y Nico Cebanu, en la panadería que su madre abrió en 2007.
Ana y Nico Cebanu, en la panadería que su madre abrió en 2007.
Francisco Jimémez

Su especialidad son las tartas y pasteles realizados en un obrador propio, aunque la pandemia también ha afectado a la manera de consumirlos. “Notamos que la gente compraba harina para hacer repostería en casa. También hemos tenido que adaptar las tartas y hacerlas más pequeñas, tamaño unidad familiar”, explica. Por el contrario, las pipas y las patatas fritas fueron los snacks más vendidos durante el encierro.

Al ser un comercio esencial, apenas han notado las restricciones. De hecho, no han tenido personal en ERTE ni han tenido la necesidad de reducir horarios. Además, dicen sentirse muy a gusto en el barrio. “Estamos encantados. Nuestros clientes son muy amables”, concluyen.

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