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Pilar Monzón, 37 años vendiendo castañas asadas en la plaza San Miguel: "Aquí damos alegría pero se nota el bajón de clientela"

Natural de La Puebla de Híjar, la castañera sigue acudiendo cada día a su puesto a pesar de la pandemia. “Estar aquí me da la vida”, asegura.

Pilar Monzón, encendiendo el fuego.
Pilar Monzón, encendiendo el fuego.
C.I.

¿Quién no ha pasado alguna vez por el emblemático puesto de castañas de la plaza San Miguel de Zaragoza? Con la llegada del otoño, este producto de temporada se convierte en un imprescindible para muchos aragoneses. Pilar Monzón lo sabe muy bien pues lleva nada más y nada menos que 37 años repartiendo castañas asadas en la capital aragonesa.

Ubicado en uno de los laterales de la plaza, al lado de la iglesia del mismo nombre, se encuentra este reducido puesto de color marrón que, con el paso de los años, se ha convertido en un elemento más de este espacio. Este año Pilar no pudo abrir hasta el 1 de noviembre. Algo raro para ella y para sus clientes más fieles, pues siempre llega a principios del mes octubre. “Este año nos han reducido tanto fechas -de noviembre a marzo en lugar de octubre a mayo- como horario -pasando de estar de 16.30 a 21.30 a cerrar a las 20.00-”, explica la turolense.

Pero no ha sido el único cambio. Una cinta adhesiva en el suelo, de color amarillo y negro, marca la distancia de seguridad de la clientela mientras que, a su equipo básico de trabajo, Pilar ha añadido un bote de gel hidroalcohólico y su mascarilla, la cual procura conjuntar con su atuendo. Sin embargo, ninguno de estos detalles parece importarle porque lo que ella quería era regresar a su puesto: “Estar aquí me da la vida, sobre todo por la gente”.

Luis lleva más de 20 años comprándole castañas a Pilar.
Luis lleva más de 20 años comprándole castañas a Pilar.
C.I.

Pilar se estableció en este puesto en el año 1983 cuando tenía 30 años. “Venía de vender castañas asadas en Huesca donde estuve desde el año 78. Estando allí me enteré de que el Ayuntamiento de Zaragoza iba a repartir permisos y me vine a conocer la zona. Recuerdo que me pegué una tarde entera viendo pasar gente por esta plaza. Me gustó, y hasta ahora”, explica, divertida.

Rememorar sus inicios le enciende una especie de chispa en los ojos, la misma que cuando prende el carbón de su asador con su ajado fuelle de madera, o cuando habla de su día a día en el puesto, al que acude los siete días de la semana desde hace casi cuatro décadas. “No sé cómo llegué a las castañas. Siempre lo he hecho y siempre me ha gustado. Simplemente te gusta y sigues”, explica.

Sin embargo, asegura que lo mejor de su trabajo es el contacto con la gente. “Me encanta sentir el cariño de tantas personas, hablar un rato, ponerse al día o simplemente que te digan ‘hola’ aunque no compren nada”, admite. Y eso es algo que, cada tarde, pasa en numerosas ocasiones. “Otra vez por aquí, que nos dure”, le dicen dos vecinas. “Pilar, qué alegría. Lo bueno es que nos veamos”, comenta otra.

Pilar, en su puesto de la plaza San MIguel.
Pilar, en su puesto de la plaza San MIguel.
Heraldo

“¿Cuánto vale media docena?”, pregunta una joven vecina del barrio. “2 euros, la docena es a 3.50”, responde ella. “Pues ponme media”, termina. A sus 13 años, Carlota lleva toda la vida comiendo las castañas asadas de Pilar. “Desde pequeñas mi abuela siempre nos traía y ahora seguimos la tradición”, explica. También se acerca Luis, que lleva más de 20 años siendo uno de sus más fieles clientes: “Las castañas están muy buenas y Pilar es muy agradable. Mi madre ha venido toda su vida casi a diario y ya llevaba varios días preguntando por sus castañas, es una alegría tenerla de vuelta en un año tan extraño”, añade.

También hay quienes se topan con el puesto por sorpresa, pero no dudan en echarse media docena al bolsillo. Como Laura, natural de Logroño que, a la salida del conservatorio y de regreso a casa, ha decidido comprar un cucurucho de papel reciclado con media docena de castañas. “Nunca la había visto pero me ha parecido entrañable, prefiero comprar esto que ir a un supermercado y hacerlas en casa. Esto es vida”, admite.

Y es que, como explica Pilar, las castañas “si se hacen bien, están muy ricas; son sanas y no engordan”. Además, a pesar de la que está cayendo, asegura que no tiene miedo al coronavirus, ni tampoco a coger un resfriado. “¿Aquí? Estoy calentica al fuego. En casa tampoco podemos hacer nada, aquí por lo menos damos un poco de alegría, aunque se nota el bajón de la clientela”, asegura la castañera.

“Estar aquí me aporta alegría”

Su puesto es parte de su historia y, como tal, contiene elementos importantes en su vida. Una castaña gigante que le fabricó un maestro fallero de Valencia, regalo de una sobrina; fotografías y dibujos que le hacen en los colegios a los que va de visita para asar castañas de vez en cuando -este año no ha podido ser, debido a la pandemia-, un calendario, varias pastillas de encendido y un transistor en el que suena de fondo ‘Kiss FM’ mientras azuza con gracia la brasa.

"Aunque este año es muy atípico, prefiero estar aquí que en casa"

Cada cierto tiempo hace un corte en un nuevo puñado de castañas y las hecha en la olla de carbón que tiene múltiples agujeros. “Tengo varias para estrenar, pero me gusta esta. Llevo usándola más de diez años”, reivindica. En cuanto al secreto del sabor de sus castañas, asegura que radica en la experiencia y, sobre todo, en el cariño que pone al hacerlas.

Por eso, a pesar de haber cumplido 67 años, Pilar asegura que no tiene idea de jubilarse ni de cerrar el puesto todavía. “Aunque este año es muy atípico prefiero estar aquí que en casa. Allí me aburriría. Estar en este puesto, a pesar de todo, me aporta mucha alegría. Sin duda, es donde mejor estoy”, concluye. 

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